
No le puede ir mejor a El tiempo de las moscas. La serie de Netflix, que se basa en dos novelas de Claudia Piñeiro, se estrenó en los primeros días de este año, enseguida se puso entre las primeras 10 de la plataforma en la Argentina y la semana pasada llegó al número 1. No le puede ir mejor y, sin embargo, hay ahí algo insoportable. Paso a desarrollar.
El tiempo de las moscas parte, dijimos, de dos novelas que tienen una misma protagonista: Inés. La primera novela es Tuya, donde Inés es una mujer de clase media alta, casada con un tipo atractivo y una hija con la que muy bien no se lleva. La segunda es El tiempo de las moscas, que empieza cuando ella sale de la cárcel. Si sale de la cárcel es porque pasó algo. Y ese algo -no spoilear, no spoilear- pasó en Tuya o entre una novela y otra.
Lo que se ve, en la serie, es que Inés -la hace Carla Peterson- está bastante en banda, que el marido tenía todo a su nombre y a ella no le va a tocar nada, que la hija cri cri. Lo que le queda es la Manca, una excompañera de presidio, que le va a tirar un cable. En las serie, la Manca tiene una empresita de fumigación. Le da a Inés casa, empleo, oreja y buen trato. No es poco. En la novela, la Manca es detective y la que fumiga es Inés. “Fumiga” será algo central en la trama.
La Manca es lesbiana -en la serie, le pone el cuerpo Nancy Duplaá, en una interpretación un poco subrayada del lesbianismo- pero la cosa no va por ahí o por ahora no va por ahí. Contra todo prejuicio, la Manca va a ser la voz de la prudencia. Y por ella Inés será capaz de arriesgarse más de lo que corresponde.

La serie hace un hermoso trabajo entrelazando las dos novelas. Arranca en el presente, irrumpe el pasado, vuelve. Es que este presente no se entiende sin ese pasado. Ni el personaje de Inés, que está entre dos mundos. ¿Ella es aquella señora? ¿No lo es más? ¿Se puede dejar de ser rotundamente de una manera y, de verdad, ser otra? Esta audacia que muestra Inés ¿viene de antes?
Seguramente es una buena idea que El tiempo de las moscas no tenga un director sino dos. Algunos capítulos los hizo Ana Katz -que ya hizo Mi amiga del parque, Sueño Florianópolis y El perro que no calla, entre otras- y otros los llevó adelante Benjamín Naishtat -Puan, Rojo, Historia del miedo-. Porque ellos van a jugar entre la trama policial que se arma en el presente y una tensión imposible que viene con Inés, como si la tuviera tatuada.
Es que Inés ha sido -en Tuya- una señora tradicional de esas que viven para la familia. El marido atractivo, bueno, es obvio que tiene sus aventuras. Se nota, lo sabemos los lectores, lo sabe Inés. Pero quizás eso no sea lo peor, quizás lo peor sea el desdén con que la mira, o con que no la mira. Si algo no desea el marido de Inés es a Inés, eso queda clarísimo.

“Para aquel entonces hacía más de un mes que Ernesto no me hacía el amor. O quizá dos meses. No sé. No era que a mí me importara demasiado. Yo llego a la noche muy cansada”, dice Inés en el arranque de Tuya y ahí está condensado casi todo: la falta de deseo de él, las justificaciones de ella. Un poco de nervios dan las justificaciones, es un intento desesperado de no ver nada.
O bueno, de ver y saber qué es lo que le conviene. ¿Tiene que hablar con Ernesto por el temita del sexo? Inés reflexiona: “(...) me dije, ¿y si me pasa como a mi mamá que por preguntar le salió el tiro por la culata? Porque ella lo veía medio raro a papá y un día fue y le preguntó: «¿Te pasa algo, Roberto?». Y él le dijo: «¡Sí, me pasa que no te soporto más!». Ahí mismo se fue dando un portazo y no lo volvimos a ver“.
Los señores se pueden cansar, se pueden ir. Las señoras que viven para la famlia ¿cómo viven si no hay familia? Mejor taparse los ojos.
Sin embargo, taparse los ojos puede ser poco. También hay que taparse la nariz -¿cómo no oler ese perfume de la camisa, cómo no sentir el olor rancio de la situación?-, hay que taparse las orejas y, sobre todo, hay que taparse la boca. Hay que callarse bien bien callada. Hay que callarse hasta el fondo para tener marido, tener hija, ir al gimnasio, vivir la vida que se tiene.

Inés -la de antes de la cárcel- tiene un máster en eso. Si algo sabe, es callarse: "Fui a buscar una lapicera y como no encontraba ninguna, abrí su maletín y ahí estaba: un corazón dibujado con rouge, cruzado por un «te quiero», y firmado «tuya». Una reverenda grasada, pero la verdad es que en ese momento me dolió. Estuve a punto de ir ahí mismo y refregarle el papel por la cara y decirle: «¡Pedazo de hijo de puta, ¿qué es esto?!». Pero por suerte conté hasta diez, respiré hondo, y dejé todo como estaba“.
La figura es clara: si está cerrada la boca, tapadas las orejas, apretada la nariz... la explosión va a ser un desastre. Va a ser una explosión no por todos lados sino como un destrozo.
Mientras tanto, la presión sube y sube y sube. Y eso es lo insoportable. Ver las imposiciones de siglos condensadas en un cuerpo, el de Inés, es insoportable. Ver cómo se hace cargo de los discursos que la dañaan es insoportable. Cómo las tratan los demás. Cómo se hace la tonta o se ha vuelto tonta. Cómo se queda en el pero lugar para no quedarse sin ningún lugar. “Me saqué de encima el mote «la hija de Blanca» cuando pasé a ser «la mujer de Ernesto». Y me encanta que me llamen así, siento que me da mi lugar en el mundo", dice Inés. Imagínense si eso en realidad es una porquería.
En la serie, todo esto estará narrado en el tercer capítulo, Tu vida no termina acá, que dirigió Naishtat. Un capítulo que dan ganas de agarrar un ladrillo y romper un vidrio para que entre un poco de aire, para que salga el aire viciado, para que alguien se escape por ahí o por lo menos para que suene a desastre y deje de estar todo tan ordenadito.
Es insoportable el capítulo porque lo que pasa es insoportable. Y no se trata, lástima, de la serie o del as novelas. Claudia Piñeiro siempre ha tenido -la novela es de 2005, antes de que ella ganara el Premio Clarín y se hiciera conocida con Las viudas de los jueves- una antena para conectar con lo que pasa y una agudísima observación de conductas, costumbres, formas de hacer las cosas ,engaños, maldades de la vida real. Lo que muestra no se soporta porque todos lo conocemos.
Esto es lo que se ve en la vida de Inés. Que podría vivir así -muy mal, muy mal- para siempre. Pero, tranquilos, Claudia Piñeiro no la va a dejar. A veces pienso que Inés se lo agradece. Y, a veces, no estoy tan segura.
Últimas Noticias
Tute contra la “subestimación del público infantil”: “La infancia es una etapa muy potente y muy delicada a la vez”
El humorista gráfico, que acaba de publicar ‘La niñez’, habla sobre un libro familiar que guarda como un tesoro, sus inicios leyendo ‘Mafalda’ y la fe en los niños, donde brilla “la potencia de la imaginación”

Semyon Bychkov, el encantador narrador de historias que será el próximo director de la Ópera de París
El maestro ruso que vivió en Estados Unidos más de 50 años, está por asumir el puesto más prestigioso de su larga historia. “Es existencialmente importante para mí”, asegura

Paul Mescal se pone en la piel de William Shakespeare: “Hasta ahora, no tenía idea de lo que querían decir sus obras”
El actor irlandés, protagonista de ‘Hamnet’, revela las claves de su trabajo: poesía, entrenamiento físico y una visión sobre el dolor. “Hicimos una película que hace llorar feo a la gente,” admite

Un documental sobre el guionista de la película ‘La Bamba’ resaltó en la primera jornada del Festival de Sundance
‘Pachuco americano: La leyenda de Luis Valdez’, relatado por Edward James Olmos, está centrado en la vida y el legado del director, dramaturgo y activista de la cultura latina en Estados Unidos

Londres: exhiben cartas de amor ilustres y anónimas
La muestra gratuita refleja el poder del sacrificio y la permanencia del afecto en la cultura, con piezas inéditas de figuras históricas y relatos desconocidos









