
La investigación de Jen Percy en su libro Girls Play Dead. Acts of Self-Preservation (Las niñas se hacen las muertas. Actos de autopreservación) explora cómo la respuesta ante la agresión sexual, lejos de corresponder siempre a una lógica de defensa o escape, puede adoptar formas inesperadas cuya comprensión resulta vital para el tratamiento legal y social de estas situaciones. Jen Percy subraya que el estrés crónico asociado al trauma afecta la estructura cerebral, impactando el comportamiento de las víctimas y generando situaciones en las que quienes actuaron en defensa propia acaban condenadas, una consecuencia que profundiza la injusticia para muchas mujeres.
En su análisis, Percy destaca el concepto de “inmovilidad tónica”, un mecanismo de autoprotección que paraliza tanto el cuerpo como la voz durante un ataque. Este fenómeno, observado tanto en el reino animal como en el humano, lleva a muchas mujeres a relatar experiencias en las que su reacción primaria fue la parálisis absoluta.
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Percy identifica en sus entrevistas un patrón recurrente: frente al peligro, algunas optan por la pasividad, una reacción evolutiva que busca reducir el daño, aunque después resulte difícil de justificar ante el ámbito legal. La autora recopila testimonios en los que, tras haber sido violadas, algunas mujeres cuidaron a su agresor, ofrecieron consuelo o incluso expresaron deseos de repetir el encuentro, lo cual evidencia la compleja relación entre el trauma, los comportamientos y las expectativas sociales.
Al analizar los procesos judiciales, Percy concluye que las exigencias de coherencia y linealidad en el relato muchas veces contradicen la experiencia caótica y “desordenada” del trauma. La autora pone como ejemplo el juicio a Harvey Weinstein, donde la defensa utilizó la continuidad de la relación de las víctimas con el agresor para desacreditar sus testimonios, destacando la declaración de Jessica Mann ante el tribunal: “Muchos no pueden entender por qué esperaba que intentar una conexión humana con el hombre que me agredía sexualmente fuera una forma agotadora de supervivencia”. La expectativa de una reacción “lógica” por parte de la víctima genera un marco en el que cualquier conducta que escape de los estereotipos establecidos puede ser interpretada como inconsistente o sospechosa.
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La narrativa de Jen Percy se nutre de historias que, ensambladas, conforman una suerte de “lengua franca” del trauma. Su aproximación dista de entregar manifiestos; más bien, ofrece una colección minuciosa de comportamientos, historias de supervivientes de abuso sexual, mujeres encarceladas por matar a sus agresores y personas cuya percepción del afecto y la intimidad se vio distorsionada por el abuso en la niñez.
Percy introduce testimonios de figuras públicas como Lady Gaga y Brooke Shields para ilustrar cómo el congelamiento ante el abuso es una reacción más común de lo que muchos suponen: “Simplemente me congelé”, recuerda Lady Gaga; “Me congelé por completo”, repite Brooke Shields sobre su propia experiencia.
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La autora sostiene que la tendencia a socializar a las niñas para ser complacientes y evitar conflictos juega un papel en la incapacidad de reaccionar con violencia o huida ante el acoso o la agresión sexual. Entre las opciones de respuesta al peligro, organizaciones de apoyo a víctimas han añadido al “luchar o huir” otras modalidades como “congelarse”, “desplomarse” o tratar de congraciarse con el agresor. Percy observa: “La autoprotección no siempre se presenta como imaginamos”. Como ejemplifica en su relato sobre un viaje a España, el deseo de no incomodar puede llevar a ceder, confundiendo incluso a la propia víctima respecto a su experiencia.
El enfoque legal y social, según destaca Percy citando a la jurista Robin West, deja a las mujeres muchas veces desprotegidas, malinterpretadas y estigmatizadas. El único contrapeso, sostiene West, es “contar la verdadera historia de la vida de las mujeres” con la suficiente magnitud para que el sistema judicial deba reconocer lo que suele ignorar. Así, Girls Play Dead se erige como una continuación de ese esfuerzo por relatar, visibilizar y resignificar el relato de las víctimas frente a la incomodidad colectiva con la que la cultura sigue abordando la condición de víctima.
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