
Después de una exitosa temporada en el otoño de Madrid, Leonardo Sbaraglia trae al verano porteño el unipersonal Los días porteños, que se estrena este viernes y se presentará de miércoles a domingos hasta el 1 de febrero en el Teatro Cervantes. Bajo la dirección de Daniel Veronese, la adaptación de la novela de Jacobo Bergareche explora la intimidad de las relaciones humanas a través de un relato sobre el final del amor, impulsado por la lectura de cartas inéditas de William Faulkner.
En diálogo con Infobae Cultura en octubre de 2025 desde la capital española, Sbaraglia abordó el impacto del montaje sobre el público y la naturaleza universal del texto. “Creo que casi nadie no se puede sentir identificado con el tema. Si bien habla de cuestiones que tienen que ver con los vínculos, ¿no? Porque es una carta que este hombre le escribe a su amor, a su pareja, a su rutina de diecisiete años... Es algo que trasciende y resulta transversal a todas las relaciones: con uno mismo, con los padres, con los hijos o con amigos. Y la medida del tiempo. Cómo uno puede aprender a entender y valorar los buenos momentos de la vida”.

En aquella oportunidad, el actor argentino subrayó la relevancia del tiempo como recurso dramático central y relató cómo el texto conducía a los espectadores a un terreno de identificación genuina. Basó su interpretación en una directriz clara de Veronese: “Siempre me decía: ‘No quiero que parezcas un actor. Quiero que esto sea completamente llano y natural’. Esto entre comillas, ¿no? O sea, para ser natural también hay que hacer un laburo. Es difícil subirse a un escenario y no parecer que uno está actuando”, afirmó. Sobre el proceso interno del personaje, destacó el punto de inflexión que generan las cartas del escritor estadounidense que dieron lugar al relato de Jacobo Bergareche: “Estas cartas de Faulkner me iluminaron fatalmente todo aquello que yo no sabía que necesitaba”. Según Sbaraglia, las misivas desencadenan en el protagonista una cadena de reflexiones sobre el paso del tiempo y las transformaciones inevitables tras treinta años de vínculo amoroso.
El director Daniel Veronese, al explicar el eje conceptual de la obra, precisó: “Jacobo Bergareche escribió una historia sobre el amor y el desamor; un bello paisaje que invita a detenerse y a pensar sobre lo inevitable. Y no solo se trata de una hermosa historia literaria sino también de algo que bien puede ser imaginado para la mágica transmutación que nos permite el escenario. Los deseos en movimiento, las inseguridades en juego, los miedos del personaje narrador al alcance de la mano”.
Veronese también planteó la identificación inmediata que la obra provocó en el público: “Una de esas crónicas que peligrosamente se vuelven propias, que producen empatía, afinidad al instante. Porque, ¿quién no teme perder lo más valioso que posee? ¿Quién no ambiciona recuperar lo perdido? ¿Quién no desea volver a vivir esos días en los que la existencia se sentía plena y la felicidad posible?”.

Por su parte, el autor Jacobo Bergareche reveló cómo la versión teatral le demostró el potencial escénico de su texto. “Hace unos meses Leo Sbaraglia, a quien no conocía más que por su trabajo en la pantalla, me visitó en casa. Nos sentamos a comer una tortilla de papas y de repente entró Belén, mi mujer. Sin avisar, Leo empezó entonces a hablar con total naturalidad un fragmento de mi novela, que merced a esa prodigiosa capacidad memorística que desarrollan los buenos actores de teatro, había aprehendido en un par de tardes. Digo que hablaba la novela, porque no estaba recitando ni parecía que actuase, había hecho suyo el texto sin impostación y sin esfuerzo”.
El escritor describió el grado de fusión entre actor y personaje: “Hasta el punto de que mi mujer tardó un buen rato en entender que las palabras que salían de su boca ella ya las había leído en otro lugar, y que lo que estaba presenciando era una representación. Leo se había transformado en Luis inadvertidamente, y la persona que estaba ante nosotros había logrado encarnarse en un personaje que hasta entonces solo existía como un fantasma en la imaginación de los lectores y en la del escritor que primero lo pensó. No hizo falta más para convencerme de que esta adaptación era algo de lo que debía de alegrarme”.
[Fotos: archivo personal L.S.; Sergio Parra]
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