
Como un speak easy, un secreto revelado, la exposición Todo lo sólido abrió sus puertas en un sótano de Buenos Aires, oculta -casi- de las luces, como un inframundo que plantea, a partir de la obra de cinco artistas, un diálogo en tono de confidencia con lo que sucede en el afuera, en la Ciudad.
Apenas se ingresa al recién inaugurado Espacio Un Congreso se atraviesa los talleres de los artistas Camila Lamarca y Gonzalo Beccar Varela, quienes acondicionaron el sitio donde alguna vez funcionó un restaurante peruano, y la luz de la calle que tiñe la atmósfera de una crisálida nebulosa comienza a esfumarse justo en la antesala del baño, donde a través de un rectángulo en el piso se ingresa al subsuelo.
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Allí, lo etéreo se vuelve rústico, crudo, la temperatura desciende y entre esas cuatro paredes, carcomidas por la humedad, que revelan una fragilidad estructural, las obras de Aurora Castillo, Emilia de las Carreras, Denise Groesman, Carlos Gutiérrez, Julia Padilla y Federico Roldán Vukonich convierten a la muestra en una experiencia inquietante, abierta a los sentidos o despojada de ellos.

Con la curaduría de Carla Chasco, Paloma Beracochea, Pilar Santos y Manuel Maquirriain, Todo lo sólido propone una mirada sobre la ciudad contemporánea, a partir de una disposición en la que se crea un microbioma, como si allí, abandonados por una devastación distópica, habitaran organismos, mutaciones de una vida que ha dejado de existir o que está surgiendo.
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Es interesante, en ese sentido, cómo el espacio funciona con las obras, que de ser puestas en un cubo blanco perderían la potencia que generan al trabajar en conjunto.
Por otro lado, la sala se encuentra en una zona de Buenos Aires, que por su proximidad al Congreso, parece muchas veces habitada por el olvido, en constante mutación por las protestas y marchas, una especie de trinchera viviente, una cicatriz en el mapa de la Ciudad que nunca cierra.
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En este contexto, el barrio mixtura una parte de casco antiguo, cercana al proyecto modernista y europeo que llevó al desarrolló de la Avenida de Mayo durante el centenario, con edificios posteriores, que revelan el avance del hormigón, le hierro y el vidrio, lo funcional y económico por sobre lo bello.
Aún antes de descender, al costado de la abertura del baño, una obra de Julia Padilla marca el pulso hacia la extrañeza, al combinar materiales orgánicos -como pelo- con ensamblajes híbridos en un objeto que se anuda sobre si mismo y parece haberse autofagositado (o alguien más). Debajo de la escalera, un ser ovalado y cornudo de Padilla emana luz, como un insecto que espera, en algún momento, salir de su escondrijo.
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Bajados los escalones, una caja de Federico Roldán Vukonich invita a ingresar el brazo en una especie de glory hole infinito, ya que a medida que se avanza en su interior se genera una expectativa por llegar hacia algún lugar, pero al nunca suceder la tensión por ese encuentro va in crescendo.
En otra pared, el artista repite este procedimiento, pero ya allí la experiencia no se vuelve inacabada, sino táctil, ya que en cada una de las cinco cajas se choca con diferentes elementos biológicos, convirtiendo así a las piezas en una metáfora del allá afuera, donde la geometría de los edificios oculta diferentes tipos de vida, muchas veces desagradables, y, en algún caso, que nos llevan a la nada.
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Por su parte, Emilia de las Carreras utiliza materiales residuales para construir formaciones que evocan geologías humanas, convirtiendo desechos en huellas culturales y afectivas que aspiran a ser leídas como futuro pasado.
En uno de sus textiles, pestañas de tiro, los pequeños anillos metálico que abren una lata de bebida, forman una cota de malla donde cohabitan alimañas como parásitos, mientras en otras, se estructuran a través de cristales de autos rotos o doblados, que sirven como lienzo, al que se incorporan algunos insectos.
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En su quehacer, Denise Groesman concibe instalaciones como organismos vivos, estableciendo un vínculo simbiótico entre la obra y el espectador. En la muestra, se presenta con dos instalaciones realizadas a partir de látex, con pedazos que formaron parte de Dendrita, una obra de grandes dimensiones en la que se ingresaba como en una senda espiralada que se presentó hace algunos años en Móvil Arte Contemporáneo, de Parque Patricios.
Aurora Castillo crea entornos a partir del diálogo entre pintura, hierro y látex, inspirándose en conceptos biológicos para generar paisajes imaginarios: una escultura flota en la sala sobre un charco que parece haberse generado, como si fuera saliva o desperdicios, de la figura y, a un costado, dialoga con una video instalación realizada a partir de capturas del interior más profundo de un río, que reflejan las potentes vibraciones de lo microscópico. La existencia, que se manifiesta, más allá de lo visible.
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Carlos Gutiérrez, por otro lado, se presenta con dos esculturas que remiten a osamentas, a la columna vertebral de algo, de alguien, que allí quedó, a la espera de una salida, y que el tiempo, o algunas de las otras obras, terminó por consumir hasta el tuétano.

La muestra parte de la premisa, escribe Federico Felipe Pérez en el texto de sala, de que la ciudad es un “diálogo de fuerzas materiales”, donde infraestructuras, sujetos, residuos y sedimentos interactúan en un sistema de tensiones antagónicas.
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Esta perspectiva rechaza la idea de una urbe orgánica e integrada, y en su lugar, invita a pensar en la posibilidad de microtopías: espacios modestos y experimentales que surgen en las grietas de la decadencia urbana.
En ese sentido, Todo lo sólido se presenta así como una construcción espacial colectiva, en la que las obras generan una nueva vitalidad, donde lo orgánico convive con lo materia muerta, en una reflexión sobre las mutaciones de una ciudad que ya no existe. O, más bien, sobre una ciudad que emerge.
*Todo lo sólido, en Espacio Un Congreso, Hipólito Yrigoyen 1386, Congreso. Jueves y sábado 29, de 18 a 21. Hasta el 13 de diciembre. Entrada gratuita
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