
Augusto Torres pintó Libro y cajas en 1989, tres años antes de su muerte, con óleo sobre tela en un formato de 60 x 73 centímetros. La obra forma parte de la colección de la Fundació Joan Miró de Barcelona por donación de Elsa Andrada, la pintora uruguaya que fue su compañera de vida y de taller durante cuatro décadas, desde que ambos coincidieron en el Taller Torres García de Montevideo, a mediados de los años cuarenta.
El título es una descripción literal: un libro y unas cajas sobre una superficie. Torres tomó esos objetos del entorno más inmediato —el estudio, la mesa de trabajo— y los sometió a una lógica pictórica que no buscaba la ilusión sino la estructura. La naturaleza muerta como género fue uno de sus territorios más sostenidos, y en él condensó las preocupaciones que atravesaron toda su obra: la proporción, la relación entre los objetos y el espacio que los rodea, el peso visual del color como entidad independiente de la forma que ocupa.
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Torres llegó a ese vocabulario por una vía poco frecuente. Nació en Terrassa, en la provincia de Barcelona, en 1913, hijo del pintor Joaquín Torres García y de Manolita Piña. Su infancia fue la de alguien criado entre artistas y ciudades: Nueva York, Fiesole, París, Madrid. En la capital francesa, donde vivió durante sus años de formación, conoció a Pablo Picasso, Piet Mondrian y Joan Miró. A los 15 años, el Musée du Trocadéro lo contrató para ilustrar e inventariar su colección de vasijas incas y nazca, lo que despertó en él un interés duradero por las culturas precolombinas. En 1930, trabajó en el estudio del escultor Julio González, donde Picasso era visita frecuente.
Cuando la familia se instaló en Uruguay en 1934, Torres se integró al Taller Torres García, el proyecto pedagógico y artístico que su padre fundó en Montevideo y que se convirtió en uno de los focos del constructivismo latinoamericano. Allí enseñó, pintó murales y desarrolló el lenguaje que lo acompañaría el resto de su vida: composiciones organizadas a partir de la sección áurea, objetos tratados como volúmenes en tensión, paletas que oscilan entre lo sombrío y lo luminoso.
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La tensión entre fidelidad y distancia define Libro y cajas: los objetos están ahí, reconocibles, pero el cuadro no pretende reproducirlos sino organizarlos en una superficie que tiene sus propias leyes.
La madurez de Torres como pintor llegó en los años sesenta, durante una estadía prolongada en Nueva York financiada por una beca de la New School. Fue entonces cuando consolidó su estilo: el énfasis en la estructura ortogonal, los objetos tratados como unidades autónomas, las sombras convertidas en formas con peso propio. Libro y cajas, pintado décadas después, pertenece a esa misma línea. A esa altura, Torres alternaba entre Barcelona y Montevideo, y la obra de sus últimos años muestra una economía de medios que no es austeridad sino depuración.
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La obra de Torres integra las colecciones del Museum of Modern Art (MoMA) de Nueva York, el Museo Nacional de Artes Visuales de Montevideo, el Santa Bárbara Museum of Art y el Houston Museum of Fine Arts, además de la Fundació Joan Miró, donde Libro y cajas se conserva.
Fotos: archivo y Manaure QUINTERO/ AFP.
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