Memorias de Vuelta de Obligado: la trama secreta de las negociaciones de Rosas frente a Inglaterra y Francia

La firmeza del gobernador de Buenos Aires frente a las exigencias extranjeras marcó un precedente en la defensa de los intereses nacionales y en la configuración de la política regional sudamericana

Monumento Batalla Vuelta de Obligado
Monumento Batalla Vuelta de Obligado
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El 20 de noviembre, Día de la Soberanía en honor al combate de la Vuelta de Obligado, viene a punto recordar las férreas y ejemplares negociaciones que siguieron al triunfo criollo ante las mayores potencias mundiales de entonces.

El 2 de julio de 1846 el barco que conducía al enviado británico Thomas Hood, el “Devastation”, atracó en el puerto de Buenos Aires. La Corona lo había designado para lograr un acuerdo lo más digno posible con Rosas y así retirarse de esa campaña tan desafortunada que había comenzado con el combate de la “Vuelta de Obligado”

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  • Las condiciones que traía en su maletín eran:
  • Rosas suspendería las hostilidades en la Banda Oriental.
  • Se desarmarían en Montevideo las legiones extranjeras (sobre todo francesas y mercenarias) que se oponían al sitio de la Confederación, establecido por el Restaurador para recuperar la Banda Oriental ominosamente cedida por los unitarios rivadavianos.
  • Se retirarían las divisiones argentinas del sitio.
  • Efectuado esto se levantaría el bloqueo británico al puerto de Buenos Aires, devolviendo la isla de Martín García y los buques secuestrados “en lo posible en el estado en que estaban”.
  • Se reconocería que la navegación del Paraná era exclusivamente argentina “en tanto que la República continuase ocupando las dos riberas de dicho río”.
  • Habría amnistía general en Montevideo, debiendo excluirse a “los emigrados de Buenos Aires cuya residencia en Montevideo pudiese dar justas causas de queja”, en referencia a los unitarios que habían colaborado con la intervención europea.
  • Sería desagraviado el pabellón argentino con 21 cañonazos.
VUELTA-DE-OBLIGADO
Batalla de la Vuelta de Obligado

Era una claudicación británica, lisa y llana. Poco y nada quedaban de los presuntuosos ultimátums y declaraciones de meses atrás.

Rosas exigió que el bloqueo se levantase sin esperar el desarme de las legiones extranjeras y el consiguiente retiro de la división argentina. Entendía además que la frase “en tanto la República continuase ocupando las dos riberas de dicho río” encerraba la posibilidad de una inaceptable independencia entrerriana, lo que había sido una de las intenciones de la invasión de las armadas anglo francesas. También argumentó que el acuerdo debía ponerse a consideración del general Oribe, presidente uruguayo según la Confederación, de quien las fuerzas argentinas serían solo “auxiliares”.

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Hood aceptó las imposiciones argentinas y el 18 de julio se firmó un acuerdo que el Restaurador reivindicaría de allí en más en cada una de las negociaciones con las naciones europeas. Francia rechazó el acuerdo, que demasiado se parecía a una rendición, acosada por reproches de los chauvinistas del Parlamento que no aceptaban la humillación sufrida. Gran Bretaña fue solidaria con su aliada.

Decidieron entonces probar con sus mejores diplomáticos: Londres eligió a John Hobart Caradoc, barón de Howden, miembro distinguidísimo de la Cámara de los Pares; por Francia iría nada menos que Alejandro Florian Colonna, conde de Walewski, hijo de Napoleón el Grande.

Arribados al Río de la Plata en mayo de 1847 anuncian al canciller de la Confederación, Felipe de Arana, que han viajado para poner en vigencia las bases Hood adaptadas a las formalidades de estilo de la diplomacia europea. Pero Rosas desconfía cuando le son presentadas las actas reacciona con furia: “Los proyectos dirigidos por SS.EE. los señores ministros diplomáticos están tan alejados, son tan diferentes de las bases Hood, como el cielo lo es del infierno”.

Manuelita Rosas
Manuelita Rosas (Museo Histórico Nacional)

El protagonismo de los diplomáticos europeos lo asumiría el barón Howden. Se propuso causar una buena impresión en los porteños por su informalidad y franqueza organizando cabalgatas a Santos Lugares acompañando a Manuelita y vistiéndose como paisano con poncho y sombrero de ala corta. Montaba caballos con la marca de Rosas que ensillaba con recado y apero criollos.

El 24 de mayo de 1847, cuando ella cumplió treinta años, le dirigió una ardiente nota: “Este día jamás se irá de mi memoria ni de mi corazón”. Los exiliados en Montevideo y los opositores en tierra argentina seguían con comprensible inquietud los avatares del romance entre la “princesa federal” y el barón inglés.

Las negociaciones no avanzaban porque detrás de la falacia del “lenguaje diplomático” Inglaterra y Francia no eran garantes de la independencia del Uruguay, lo que para el acertadamente suspicaz Restaurador significa que muy pronto se reanudarían los intentos de anexión por parte de Brasil.

Tampoco aceptaba suprimir el desagravio al pabellón argentino, “estipulación esencial porque a ese saludo circunscribía el gobierno argentino las satisfacciones debidas al honor y soberanía de la Confederación ultrajada por una intervención armada que capturó en plena paz la escuadra argentina, se posesionó por la fuerza de sus ríos, invadió el territorio y destruyó vidas y propiedades en una serie de agresiones injustas”.

Juan Manuel de Rosas
Rosas tenía una relación muy particular con la población negra de Buenos Aires.

Además debería decirse claramente, como se leía en su acuerdo con Hood, que la navegación del Paraná era exclusivamente argentina, sujeta a sus leyes y reglamentos, lo mismo que la del Uruguay en común con la República Oriental

Otro punto clave: que se mencionara expresamente el rechazo a la posibilidad de una independencia de la República de la Mesopotamia (las Misiones, Entre Ríos y Corrientes), uno de los objetivos de la invasión, sin escaparse con la frase “ley territorial de las naciones”. Howden y Walewski adujeron que la fórmula propuesta por ellos “había sido objeto de largas correspondencias entre los gobiernos de Inglaterra y Francia” y que se “consultaron varios jurisconsultos”.

Inglaterra, ansiosa ya por terminar con el bochorno internacional insiste y envía al prestigioso diplomático Henry Southern. Rosas, escaldado y deseoso de fijar sin rodeos las condiciones de lo que es indisimulablemente una capitulación enemiga, se niega a recibirlo hasta tener claras sus intenciones.

En Londres, el primer ministro Lord Aberdeeen se indignará el 22 de febrero de 1850 ante el Parlamento británico:

“Hay límites para aguantar las insolencias y esta insolencia de Rosas es lo más inaudito que ha sucedido hasta ahora a un ministro inglés. ¿Hasta cuándo hay que estar sentado en la antesala de este jefe gaucho?¿Habrá que esperar a que encuentre conveniente recibir a nuestro enviado? Es una insolencia inaudita”.

Juan Manuel de Rosas
Juan Manuel de Rosas

Como si don Juan Manuel hubiera leído a Clemenceau: “Hay que hacer la guerra hasta el fin, el verdadero fin del fin”. Finalmente mister Southern y el Restaurador firmarán el acuerdo que aceptaba casi la totalidad de las cláusulas Hood.

Ante la emoción de porteñas y porteños apiñados en la ribera las naves de guerra enemigas se alejaron del río de la Plata saludando al pabellón de la Confederación Argentina con veintiún cañonazos.

Francia tardará en rendirse, pues muchos querían continuar la guerra, mientras don José de San Martín se esforzaba por convencer que “todos (los argentinos) se unirán y tomarán una parte activa en la lucha”, por lo que la invasión se prolongaría “hasta el infinito”.

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