
Si el algoritmo “nos conoce mejor que nuestras mamás y que nosotros mismos”, como dijo el investigador alemán Martin Hilbert, ¿no es acaso una ventaja cuando nos encontramos en el sillón del living, reventados por la jornada, con el control remoto en la mano? Abrimos una plataforma y elegimos sin pensar. Lo primero, las tendencias: masividad, estrenos, sorpresas. Pero, ¿puede algún producto audiovisual sorprendernos hoy en día? ¿Pueden las series pasatistas hacer algo más que entretenernos?
Paraíso animal
Animal es el título de la serie que hace unas semanas lideraba la lista y que hoy en Argentina aparece en el puesto seis. Un producto hecho por Netflix para ser consumido en Netflix y que responde a su nueva estrategia comercial: contenidos localistas. Serie española, transcurre en Galicia, nueve capítulos de menos de media hora que siguen el andar de un veterinario que debe pasar del trabajo con animales en el campo a una “tienda boutique” para mascotas en el centro de la ciudad.
El problema del protagonista, Antón (Luis Zahera), es económico: al campo no le está yendo bien, sus clientes le empiezan a pagar con huevos y leche, las facturas impagas se acumulan, la plata no alcanza. Su sobrina, Uxía (Lucía Caraballo), dirige una sucursal de una cadena de tiendas para mascotas. Necesita un veterinario. El choque de mundos es lo que le da el tono sarcástico, por momentos nihilista, a la serie. “¡300 euros un desfogador para el perro, el cojín de toda la vida cojín!, ¿puedes creer?”
La serie parece ser más gallega que española. El dialecto cerrado de los personajes y los paisajes rurales arrastran hacia lo pueblerino. La historia se centra en Antón, un poco en Uxía, y de ahí no sale. Se parece más a un cuento que a una novela; mejor dicho, a una nouvelle, que una novela de largo aliento. Como por un embudo, la narración avanza sin grandes fugas ni obstáculos, y en ¿un día?, ¿dos? ¿tal vez tres?, el producto está completamente consumido y a la espera —o quizás no— de una segunda temporada.
Lo primero que descoloca de Animal es el tono irónico contra el capitalismo más doméstico, más ramplón, más superficial, más de compra online, más de chuchería. Hay que reconocer que el primer recorrido que hace Antón por Kawanda, así se llama la cadena (“Suena como a paraíso animal, ¿verdad?”), es divertido: libros, arneses, jaulas, camas, collares, discos voladores, correas antitirones, reflectantes, extensibles. “Lo que busques para las mascotas nosotros lo tenemos”, le dice Uxía.

Humanizar mascotas, deshumanizar al prójimo
La punta de la crítica que esboza la serie es eso que Horacio Gris, en un profundo y extenso texto publicado en Revista Polvo titulado El mejor amigo del goce, llama la humanización de los animales. El problema no radica solo ahí, sino en la otra cara de la moneda: “El intento de humanizar cada vez con mayor vehemencia a las mascotas no es más que la contracara de la deshumanización acelerada del prójimo, de la ausencia de piedad para con él; y, también, del aumento de certezas con que se juzga su accionar”.
Mientras la población humana se reduce, las mascotas aumentan. Las estadísticas son alucinantes: la Encuesta Anual de Hogares de 2022 estimó 493.676 perros y 368.176 gatos en los hogares de la Ciudad de Buenos Aires: 16 perros y 12 gatos cada 100 personas; un perro cada seis personas, un gato cada ocho. “El hombre es un lobo para el hombre mientras que el gato o el perro son lo único humano para uno. Y en la toma de distancia por preservación, se ahonda en la soledad”, escribe Horacio Gris.
El infinito en una góndola
No hay dudas: Animal es una serie pasatista, hecha para entretener, para generar alguna carcajada, para pasar el rato. Sin embargo, desliza cuestiones que, de piso, siembran conversación. La depresión que crece en Antón puede que esté más trabajada en otras series, sin embargo acá encuentra el límite perfecto: la anulación de la palabra. No se trata solo de una negación, sino de la falta de diálogo para con sus vínculos, la imposibilidad, ya no de “poner en palabras”, sino de disponer siquiera de la palabra.

El choque entre los dos mundos, entre el campo y la ciudad, es en realidad entre la tradición y la modernidad, entre lo viejo y lo nuevo. Mientras lo viejo se ahoga en una economía del trueque, lo nuevo ofrece el infinito en una góndola. Es en el contraste aparece la farsa de lo nuevo: la proliferación de “necesidades creadas”, lo ridículo de que “el cliente siempre tiene razón”, la superficialidad de la cultura del like, la precarización, la sobreexplotación, la falta de derechos laborales, la depresión.
En el fondo de la “tienda boutique” para mascotas, más atrás de la estallada sala de espera —“¿qué crees que prefiere la familia Kawanda: un perro feliz o un dueño feliz?“—, encerrado en su consultorio, acariciando a una cobaya que debe cuidar porque su dueña cree que tiene un embarazo psicológico, Antón mira con ternura al animal y le dice: “¿Sabes que las cobayas en libertad viven aproximadamente la mitad que tú? ¿Es una ironía o no, Leslie? Lo que te quita la libertad... te puede alargar la vida”.
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