
“Cada niño es un artista”, solía decir Picasso. “El problema es cómo seguir siendo artista una vez se crece”. La pintura se ha maravillado con aquella escena universal donde los niños permanecen ensimismados en el juego. Un mundo construido con imaginación, a partir de unos juguetes, pelotas o cualquier elemento similar.
Lo sabemos todos: el juego cumple un papel central en la infancia, impulsando el desarrollo emocional, cognitivo y social de los niños. Interactuar con objetos físicos, compartir roles, desafiar los límites que impone la realidad contribuye a construir herramientas para comprender el mundo y establecer vínculos.
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A pesar de la expansión de los videojuegos y del acceso a entornos digitales, los juguetes tradicionales mantienen un lugar irremplazable en la formación de los más pequeños. Estos objetos propician experiencias tangibles que estimulan la creatividad. A continuación, algunas pinturas maravillosas que invitan a jugar.
El encanto lúdico
El Retrato de Varya Adoratskaya, pintado por Nicolai Fechin en 1914, ofrece una mirada sensible al universo infantil: una niña —sobrina de un amigo y alumno del artista ruso— sentada en una mesa, rodeada de objetos que evocan el mundo del juego y la curiosidad propia de la infancia. Todo transmite el rastro de la actividad lúdica.
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El cuadro no representa únicamente a una niña posando, sino que captura la atmósfera de un espacio protegido y luminoso, capaz de contener la espontaneidad y la libertad del juego. El reflejo de la infancia aparece como un tiempo de exploración, donde los juguetes son parte activa del proceso de descubrir y comprender el mundo.
“Feshin usa una técnica de composición extravagante: la niña se sienta en la mesa. Esto le da a la imagen un encanto especial y enfatiza el aislamiento del espacio”, escribió Alena Esaulova. El retrato trasciende la imagen individual y propone una reflexión sobre el valor de la imaginación y la creatividad en la infancia.
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Enciclopedia visual de la infancia
Juegos de niños, pintado por Pieter Brueghel el Viejo en 1560, presenta una escena llena de vitalidad donde más de doscientos niños ocupan una plaza con una variedad asombrosa de juegos y juguetes. La obra, realizada en óleo sobre tabla y conservada en el Museo de Historia del Arte de Viena, es como una enciclopedia visual.
Es algo completamente inédito para la época. Como si Brueghel tuviera la imaginación de otro mundo. Una enciclopedia visual de la infancia del Renacimiento flamenco que documenta unos ochenta juegos diferentes que incluyen desde el uso de aros y muñecas hasta competiciones, procesiones y simulaciones de actividades adultas.
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Brueghel sitúa a los niños como verdaderos protagonistas del espacio público, entregados por completo a sus actividades lúdicas, borrando la presencia de adultos en la escena. Entre los juegos representados, caminar con zancos, saltar la pídola, disfrutar del columpio, hacer rodar aros, jugar con peonzas o montar caballitos de madera.
Cada grupo de niños representa una pequeña aventura y una forma particular de interacción, reflejando la importancia que tenían los juegos físicos como medio de aprendizaje, exploración y desarrollo emocional en el siglo XVI. Se cree que es la primera de una serie de pinturas que representan las diferentes edades, aunque no hay pruebas.
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Jugar a la guerra
Francisco de Goya pintó Muchachos jugando a soldados entre 1778 y 1779: un grupo de niños totalmente sumidos en un juego que imita una escena militar. Dos sostienen fusiles, mientras otros dos se recuestan en el suelo: uno toca un tambor y el último maneja un pequeño campanario de juguete. Juegan a la guerra.

La escena se desarrolla sobre unos escalones y la composición, con perspectiva baja y gran dinamismo, coloca a los pequeños en un primer plano. Goya logra capturar el carácter marcial e infantil del entretenimiento, resaltando la manera en que los niños transforman objetos simples en elementos imprescindibles.
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Los uniformes improvisados refuerzan la importancia del juguete en la construcción de relatos y mundos imaginarios propios de la infancia. Los gestos y la disposición de los niños sugieren complicidad y alegría, dotando a la obra de un tono vivo y accesible. Este cartón para tapiz forma parte de una serie dedicada a la infancia.
Autohipnosis
El niño de Niño jugando con un camión de juguete se llama Paloma. Es la hija de Picasso, que en ese momento tenía cuatro años. El genio español pintó muchas obras donde los protagonistas eran sus hijos. En esta ocasión, vemos a la niña completamente hipnotizada por el mundo que ella misma creó con apenas un camión de juguete.
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Primeros vínculos con el mundo material
Bebé jugando pintado por Thomas Eakins en 1876, plasma una escena íntima de la infancia en un entorno doméstico. La protagonista es Ella Crowell, sobrina del artista, de apenas dos años y medio. Sentada sobre el suelo de ladrillo de una veranda soleada, la niña tiene a su alrededor varios juguetes sencillos.

El interés de Eakins por captar la naturalidad en la infancia se refleja en los detalles: la postura de la niña, los colores vivos de sus medias a rayas y el juego de luces y sombras que dotan a la escena de una atmósfera realista. El artista elige una perspectiva baja, situando al espectador a la altura de la niña para transmitir una identificación.
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La obra pone en valor el juego físico y el contacto con juguetes simples —bloques alfabéticos, una pelota de lana, una muñeca y un pequeño carrito rojo tirado por un caballo de juguete— como parte fundamental del desarrollo. Con objetos cotidianos, Eakins resalta la importancia de estos primeros vínculos con el mundo material.
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