
El hallazgo de los tesoros de Tutankamón no solo transformó la egiptología, sino que también planteó un desafío sin precedentes: cómo preservar más de 5.000 objetos de una fragilidad extrema, rescatados tras siglos de aislamiento en la tumba del joven faraón.
La apertura de la tumba por Howard Carter en 1922 reveló piezas de un esplendor intacto, desde la célebre máscara funeraria de oro hasta un trono engastado con piedras preciosas, un carro dorado, un escudo ceremonial y guantes bordados, todos ellos destinados a convertirse en el eje central del nuevo Gran Museo Egipcio de El Cairo.
La conservación de estos artefactos, muchos de los cuales permanecen en un estado de preservación excepcional, fue posible gracias a la intervención inmediata de expertos. Entre ellos destacó Alfred Lucas, un químico británico cuya reputación en Egipto le valió el apodo de “el Sherlock Holmes de Egipto”.

Nacido en Manchester en 1867, Lucas se trasladó a Egipto en 1898 y ascendió en la administración local hasta ocupar cargos como jefe de química del Departamento de Estudios Geológicos y director del Laboratorio Analítico del Gobierno. Su experiencia en ciencia forense y su participación en juicios de alto perfil lo convirtieron en una figura reconocida en el país.
Cuando la noticia del descubrimiento de la tumba de Tutankamón se difundió en noviembre de 1922, las autoridades egipcias enviaron a Lucas para colaborar en la excavación. El químico instaló un laboratorio provisional en la tumba vacía de Seti II, donde evaluó cada nuevo hallazgo en cuanto emergía. Los objetos, extremadamente vulnerables a daños y deterioro, requerían tratamientos de conservación inmediatos antes de ser trasladados al Museo de Antigüedades Egipcias en El Cairo.
La limpieza y restauración de las piezas exigía un conocimiento profundo de la química involucrada. En una columna para The New York Times, Lucas detalló que su labor consistía en “determinar la composición del objeto” y “identificar la causa de cualquier deterioro, que generalmente es resultado de una acción química”.

Entre las medidas de emergencia aplicadas se incluyeron el secado de objetos húmedos, la disolución de acumulaciones salinas y el uso de ácido diluido para tratar piezas “desfiguradas por concreciones calcáreas”, según explicó Lucas en el mismo medio. El propio especialista advirtió: “Cualquier error, ya sea en la naturaleza o en el método de tratamiento utilizado, puede causar daños incalculables”. Añadió que “no existen ni pueden existir reglas fijas para el tratamiento, ya que la naturaleza de los objetos y las condiciones que han causado el daño son tan variadas. Cada artículo debe ser objeto de un estudio especial”.
Los objetos de madera, un material orgánico que rara vez sobrevive en excavaciones arqueológicas debido a su tendencia a descomponerse, representaron uno de los mayores retos. Cuando la madera se había secado y encogido, la capa exterior de pintura o yeso comenzaba a ampollarse y desprenderse. Lucas empleó métodos minuciosos, rellenando los huecos con cera de parafina disuelta en bencina, que luego se enfriaba y solidificaba.
Las piezas sueltas de pintura o yeso se fijaban nuevamente con una solución de celuloide en acetato de amilo. En casos extremos, cuando la fragilidad era tal que el simple cambio de temperatura y humedad fuera de la tumba podía causar daños, la pieza se recubría completamente con cera de parafina, que penetraba y preservaba la madera.

Lucas también documentó que casi todo el cuero había desaparecido, y los fragmentos que sobrevivieron se habían vuelto “negros, quebradizos y de aspecto resinoso”. Estos restos se desintegraban al tocarlos, pero el químico realizó experimentos con aceite de ricino y vaselina para intentar suavizarlos y conservarlos.
El proceso de conservación se extendió durante nueve años. Lucas regresaba cada invierno al laboratorio de campo hasta 1930, cuando tenía poco más de sesenta años. Durante los veranos, el calor impedía trabajar en la tumba, por lo que se trasladaba a El Cairo para continuar los análisis químicos y preparar los objetos para su exhibición.
Según relató Lucas, este trabajo requería a menudo recubrir los artefactos con una capa protectora para que fueran “impermeables a las influencias atmosféricas” y pudieran “resistir las condiciones perjudiciales de una ciudad moderna”. Señaló los gases nocivos y la humedad como amenazas a evitar.

Además de sus colaboraciones con The London Times y The New York Times, Lucas publicó numerosos artículos y libros sobre la composición, fabricación y conservación de materiales del Antiguo Egipto, textos que se convirtieron en referencia para generaciones posteriores de especialistas.
La experiencia adquirida en la conservación de los tesoros de Tutankamón marcó el resto de la carrera de Lucas. En 1923, se incorporó al Servicio de Antigüedades como químico consultor, participando en nuevas excavaciones y contribuyendo a la protección de objetos en el Museo de Antigüedades Egipcias durante la Segunda Guerra Mundial. Tras su jubilación, mantuvo un cargo honorario en el Servicio de Antigüedades hasta su fallecimiento en 1945, a los 78 años.
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