
Luego de mi primera novela, distópica, La equilibrista que llegó del espacio, quise volver a conjugar mis conocimientos de economía, política y relaciones internacionales, con todo lo que he absorbido a través de las lecturas sobre escenarios de distopía.
Tal como lo he hecho en esa primera novela, ello implicó plasmar la dinámica social de un modo diferente; que los dilemas morales y las pasiones que existen en cada ser humano lleguen al lector a través de una historia de ciencia ficción que los atrape, por un lado, pero que también los haga reflexionar sobre el complejo mundo en que vivimos.
No creo que las ideologías estén muertas; sí en confusos imperativos ideológicos que buscan condicionar nuestros pensamientos. Podrán encontrarse escondidas, o mismo embebidas en ‘micro luchas’ de seres humanos que no tienen tiempo ni herramientas para reflexionar sobre ‘cómo funciona el mundo’. Pero se encuentran allí, siempre latentes.
En consonancia, los poderes fácticos saben que las mayorías ‘anestesiadas’ son necesarias. Necesarias para consumir y producir en un sistema que requiere de una retroalimentación permanente. Todo para vivir bien. ¿Pero que es vivir bien? ¿Y cuantas personas en el mundo viven realmente con las necesidades materiales cubiertas, disfrutando de la vida como se merecen a estas alturas del siglo XXI?
Difícil respuesta, sobre todo en un mundo donde las fake news y la información subjetivada emanada por los diversos medios de comunicación con intereses espurios, son la norma y no la excepción. Los que controlan las banderas de la derecha y la izquierda lo saben perfectamente; será por ello que su lucha primaria –para muchos principal- es por el control de la posverdad y no por cumplir con lo que prometen en campaña electoral para con el verdadero bienestar del pueblo.
Pero desarrollar la explicación requiere de un ejercicio teórico que, para quienes buscan tanto el disfrutar de la lectura, como el vivir un poco mejor día a día, se torna muchas veces lejano y desgastante. Entonces escribí una novela que pueda contraponer las creencias instaladas con la verdad que implica el pragmatismo de lo micro, lo cotidiano. Para ello, me propuse contar una historia que gira alrededor de la pasión de un grupo de jóvenes que simplemente desean lo mejor para sus vidas, con historias familiares donde las miserias socio-económicas se conjugan con el ocultamiento y las mentiras que genera la tecnología.
Este escenario además se embebe en una guerra mundial, entre el capitalismo más despiadado y un enmascarado comunismo tardío. Todo ello observado a través del prisma de un nacionalismo que propugna el clonar para matar, una política internacional falaz que busca atemperar las tensiones sociales, la utilización de la ciencia y la difusión de la información para lograr ‘discutidos’ cometidos, y la promoción permanente de incentivos marginales que buscan generar una fantasía de progreso dentro del ‘modo de vida’ sistémico venerado.
La reflexión necesaria llega en un ‘clímax’, un punto de inflexión donde se conjuga la amistad más profunda con la muerte. Ello es plasmado en un monumento que refleja una foto de la historia; y allí, en el trascender de la memoria, es donde se genera un proceso de comprensión holístico, con el amor como faro que alimenta la esperanza de los protagonistas.
Concluyendo la novela, se percibe en cada vuelta de página expresiones de pasión y de cariño; variables que se tornan fundamentales para poder ‘respirar’, tomar distancia de las problemáticas que parecen estructuralmente irresolubles. Quise que mis últimas palabras conlleven el anhelar de un próspero futuro colectivo, algo mucho mejor que el presente. Urge que nuestros hijos y nietos vivan mejor que nosotros. Estoy convencido que sería inmoral y anti natura conformarse con menos.
Al finalizar esta segunda novela distópica, me puse a pensar en el futuro de Malena y Camila, mis pequeñas hijas: solo espero que puedan desarrollarse en aquello que las apasiona, que materialicen esos sueños convertidos en deseos. Que puedan reflexionar libremente sobre qué tipo de injusticias estén dispuestas a tolerar; en un mundo donde, lamentablemente, reina la ambición por el poder y la riqueza. Siempre con altruismo, con ética, y con amor. Mucho amor.
Quiero que mis hijas vivan en un país y en un mundo con mucha menos crueldad que el actual. Tengo claro que la felicidad, en medio de tanta miseria colectiva, no es sustentable. Entonces el legado de lucha, de nunca rendirse ante las injusticias, vuelve una y otra vez a interpelar mi pensamiento: ojalá Los cisnes no solo saben amar sirva para envalentonar tanto el espíritu de Malena y Camila, como el de todos los lectores que entienden las novelas distópicas como la oportunidad de vislumbrar un mundo mejor.
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