
En Escena de bandidos, cuatro ladrones asaltan a un anciano labrador, quien montado en una mula en un entorno rural, luce abatido. Tres van quitándolo las posesiones, otro hace de “campana” en la parte de atrás. El anciano no se resiste, sabe que su destino está sellado. Es poco lo que tiene, mucho para él, y por eso su cuerpo parece consumirse en la tristeza.
La pintura del español Leonardo Alenza, de quien la semana que viene se cumplen 180 años de su muerte, el 30 de junio de 1845, retoma un tema mil veces representado, extendido desde que el mundo es mundo y que, sin pruebas a la vista, hasta podría asegurarse como parte de la esencia humana de la vida en sociedad, y que incluso que comenzó aun antes de la colaboración y el trueque, allá por el Neolítico.
Más allá de la cuestión material, que podría pensarse como eje de la obra, y su título meramente descriptivo, que se centra en los malhechores, hay algunos otros aspectos que me resultan llamativos de esta obra, que se encuentra en el Museo de Bellas Artes de Bilbao, España.

El primero, el uso de la mula como transporte. Este animal híbrido y estéril, que nace del cruce entre una yegua y burro, del que se dice que tienen orígenes en la antigüedad, que transitaba los caminos desde Turquía a Egipto.
En estos días, siguen siendo aliados del campesinado pobre, llevando mercadería, siendo el motor del arado, como también se lo utiliza para definir a aquellas personas que, en su necesidad, aceptan pasar drogas a través de las fronteras, en general a través de cápsulas dentro del cuerpo.
Por otro lado, la mula y el campesino se convierten en uno. Hay un cuerpo que transporta, que hace gran parte del trabajo y es esencial en la labor, pero que desconoce lo que sucede a su alrededor, que no llega a comprender la importancia de su aporte, mientras que otra usufructúa esta capacidad o incapacidad, pero a su vez tampoco es un privilegiado, debe sacrificarse de sol a sol.

Ambos son, en ese sentido, víctimas de un sistema de bandoleros, de una organización que va más allá de los ladrones, ya que la pieza retrata un estado de situación que era común en aquellos años de la España isabelina, en la que los atracadores tenían una protección local, que se denominaba caciquismo. Básicamente, lo que hoy entendemos como protección, zona liberada, etcétera.
Por otro lado, regreso a la expresión del hombre y a la pérdida de la ilusión que es, creo, el tema subyacente de la pieza. Todo el entorno denota algo que resulta inevitable, casi como una fuerza natural del estado de las cosas, y no es nada caprichoso pensar cómo, en la vida postmoderna, altamente tecnologizada, la sensación continúa siendo la misma.
En tiempos en que nos vuelve a unir el espanto, repasar el maravilloso tríptico cinematográfico del canadiense Denys Arcand -El declive del imperio americano y sucedida, La edad de la ignorancia y Las invasiones bárbaras- como signo de estos bucles históricos puede ser la mejor o la peor decisión.
Las películas, a grandes rasgos, van de lo personal a lo social, tocando los ciclos de la ilusión, de la inteligencia, las luchas de clases, la ideología, la dualidad juventud-muerte, y también sobre todo aquello en lo que alguna vez se creyó, en algún momento, se termina derrumbando. Es, en ese sentido, tanto esperanzadora como todo lo contrario.
Ahí allí un retrato sobre el robo de aquellos que no aparecen en la obra (tanto los filmes como la pintura de Alenza), que amparado por un sistema mucho más grande al que las mulas y los labradores no tienen ni tendrán acceso -aunque crean que sí suceda-, siempre tiene un brazo armado -que también mular-, busca no solo quedarse con lo material sino, especialmente, la destrucción de toda esperanza y que se acepte que las cosas son así.
La pintura, hay que decirlo, no es de las más lindas en cuanto acabado y técnica del pintor español, pero hay en esa no terminación una belleza metafórica. Ese borramiento del detalle, esa no definición, le otorgan un poder que trasciende el tiempo y a su vez, como en una entrevista dijo el curador español Gilberto González a Infobae Cultura, toda obra del pasado es contemporánea porque la miramos con los ojos del hoy. Y Escena de bandidos, por su tema, por su tratamiento, lo continúa siendo.
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