Óliver Laxe ha sacudido el Festival de Cannes con Sîrat, una película que define como “un rito de paso para el espectador”, que entra “en otra dimensión” de la mano de un padre que busca a su hija en las ‘raves’ de Marruecos durante un viaje frenético pero cargado de simbolismo e introspección.
La cinta obtuvo el premio del jurado en el festival de cine francés, un país en el que nació Laxe hace 43 años de manera circunstancial, hijo de dos gallegos que trabajaban en París como porteros y volvieron a España cuando él tenía 6 años.
Tras Lo que arde (2019), Laxe ha presentado esta especie de ‘road movie’ con “sabor de cine de género de los años 70, 80 y 90”, pero que huye de “fuegos de artificio” en favor de impactos fuertes y duraderos. “Ni la muerte ni la vida llaman a la puerta y siempre aparecen en el momento más inesperado”, señala al respecto.

Producida por Movistar y El Deseo, se trata de una aventura épica que deja al espectador sin aliento y en la que “el simbolismo opera de una manera muy orgánica, muy natural, no está subrayado”, explica. “Como espectador sientes que estás yendo a otra dimensión. Ese espacio que es un desierto podría ser también un espacio mental, la dimensión del alma”, sugiere.
Un efecto hipnótico que consigue sobre todo con las imágenes y el sonido, y nunca de un modo evidente. “El artista tiene que esconder su mano. No hay nada más desagradable cuando estás viendo una peli que entender las intenciones del autor o su ideología, aunque te identifiques con ella”, opina.
Puente entre el paraíso y el infierno
Laxe define ‘Sîrat’ -en árabe, el puente que conecta el infierno y el paraíso- como una suerte de relato de caballerías en la que la aventura exterior surge de forma muy natural, pero al mismo tiempo el héroe (la película está protagonizada por Sergi López) está forzado a mirar adentro.

“¿Y qué es mirar adentro? Intentar que los valores estén por encima del ego. Ese es el honor de caballería y de eso va un poco la película. Gente que intenta morir de manera grandiosa, con dignidad, que vigila sus pasos por la Tierra. Que cuando llegan al desierto se descalzan con respeto”, subraya.
El reparto se completa con una serie de personajes que se han abandonado a la cultura ‘rave’, y que no están interpretados por actores profesionales sino por auténticos integrantes de esa comunidad, “gente que con sus imperfecciones intenta trascender, mirar adentro, aunque lo hagan torpemente o de forma más o menos sana”, dice Laxe en referencia al uso de drogas.
“No soy un ‘ravero’, aunque me gusta, obviamente, bailar”, dice el director, que ve en este tipo de encuentros neotribales “un eco de ese pasado del ser humano, que durante miles y miles y miles de años ha orado, ha rezado, ha ido a bailar, a cantar, a recitar palabras que vibran”.
Matiza que la película no nace expresamente con la idea de plasmar este tipo de encuentros multitudinarios en los que hay más compañerismo y hermandad que tensión erótica. “El tema de la ‘rave’ es ‘a posteriori’ y lo que me interesa no es tanto la fiesta, que también, sino más bien el viaje, que es parte de esa cultura”.

Una idea de la deserción, de la huida de la modernidad, que le interesa porque, pese a agradecer ser hijo de la Ilustración cree que ha llegado el momento de “coger otro camino” y de “intentar ser de este mundo sin ser este mundo. Un equilibrio difícil hoy en día”, admite.
“Muchos tenemos fe en que la vida nos va a poner en nuestro sitio, nos va a hacer crecer con dureza, pero con también con mucho amor. No tengo duda de que la vida se manifiesta muchas veces a través del accidente y del infortunio”, reflexiona.
Esta película está concebida para el cine, “un templo que hemos abandonado, donde se celebran ceremonias colectivas”, asegura Laxe con su tono pausado. Es el espacio adecuado para disfrutar de las imponentes imágenes de los desiertos y montañas de Marruecos, donde el director vivió una década, y el sonido que se reproduce con un sonido envolvente en la sala.
Fuente: EFE
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