El público porteño volverá a encontrarse con el océano musical de Egberto Gismonti el jueves 28 de agosto, en un espectáculo titulado Celebración Universo Gismonti en donde estará acompañado por dos virtuosos compatriotas -el guitarrista Daniel Murray y el violonchelista Jaques Morelenbaum- y el armoniquista argentino Franco Luciani. Será una nueva oportunidad para asistir a una masterclass con las composiciones de un inclasificable músico todoterreno —así, con doble adjetivación— que abarca, con su estela e influencia, más de medio siglo de la música latinoamericana en una doble variante difícil de conseguir. Erudita y popular, vanguardista y tradicional.
La palabra “exploración” define el sentido de la música que Gismonti ha creado en estos 50 años de plena actividad. Esa búsqueda va más allá de los límites convencionales, logrando una sofisticada armonía con instrumentos como el piano, el violonchelo, las guitarras e incluso la flauta. Virtuoso solista e inspirado improvisador, siempre adopta un enfoque intensamente polirrítmico, pleno de contrapuntos. Quienes lo hayan visto en escena, puede dar fe de ello. Por suerte Buenos Aires ha sido un destino más que recurrente (y siempre amistoso) para sus actuaciones.
Nacido en Carmo, Estado de Río de Janeiro, en 1947, creció en un entorno donde la música era omnipresente. Su familia, con influencia tanto libanesa como italiana, y su formación rigurosa en piano y jazz, moldearon sus primeros pasos en la música. Inicialmente se dedicó al estudio del piano, pero en su adolescencia descubrió la guitarra. Este camino lo llevó posteriormente a París, donde estudió composición, orquestación y análisis bajo la tutela de renombrados maestros como Jean Barraqué y la mítica Nadia Boulanger, maestra de Piazzolla y Barenboim.

Fue precisamente ella quien —según cuenta la leyenda— en su última clase le aconsejó que fuera “un poco irresponsable” con su música. Los mandamientos: confiar en sí mismo y desafiar las normas establecidas. En los años setenta y ochenta, su carrera lo llevó a recorrer Europa en una camioneta, vendiendo discos después de los conciertos, y creando para el sello alemán ECM icónicas grabaciones como Sol do meio dia y Mágico, que destacan por su refinado trabajo tímbrico.
Un momento crucial en la evolución artística fue su encuentro con las comunidades indígenas del Amazonas. Este contacto le brindó una nueva perspectiva sobre las posibilidades expresivas del lenguaje musical, influyendo profundamente en su obra. Su inmersión en la música autóctona no solo amplió su comprensión sino que nutre e inspira sus composiciones.
A lo largo de su carrera, ha mantenido una integridad musical que lo distingue, logrando éxito sin comprometer su visión artística. Su obra es una celebración de la diversidad y riqueza de la música brasileña, por eso captura la esencia emocional de su país y la muestra al mundo. Con cada nueva grabación, Gismonti empuja los límites de la experiencia auditiva.

Su influencia no es circunstancial. Y está estrechamente vinculado a Heitor Villa-Lobos, un gigante de la música brasileña de todos los tiempos, con quien comparte la habilidad de integrar sonidos nativos en un contexto clásico. Gismonti no solo destaca por su virtuosismo, sino también por su habilidad para la improvisación y un enfoque innovador de los instrumentos, como si abordara el diapasón de la guitarra con la perspectiva de un teclado. Su técnica evoca una gama casi orquestal de colores musicales.
Es uno de esos artistas relativamente poco comunes. Cada nuevo disco suyo ha traído consigo algo imprevisto que va un poco más allá y su obra en general posee una vitalidad duradera —una cualidad poco común llamada “universalidad”— y invita a ser comprendida y apreciada por varias generaciones. Un hombre capaz de conmover a tanta gente en un abanico tan amplio de experiencias emocionales, debe tener una existencia plena. Larga vida a Egberto Gismonti. Por suerte, una vez más en Buenos Aires.
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