
“Esta es una película sobre el fin de una amistad”. ¿Lo es? ¿Qué significa eso? Empecemos. El tríptico de Mondongo, dirigida por Mariano Llinás, es una obra divida en tres partes. Podría ser una serie de tres capítulos, un film largo —en 2018 Llinás estrenó La flor, de casi catorce horas de duración— o directamente tres películas autónomas que forman una saga. Pero su exhibición es así, en bloque: Mondongo: el Equilibrista (73 minutos), Retrato de Mondongo (124) y Kunst der Farbe (90).
Tres piñas a la amistad
En el año 2021, el director de Arthaus, Andrés Buhar, le encargó a Llinás un documental sobre el Baptisterio de los colores, obra que Mondongo empezaría a montar y que sería adquirida por el espacio. No parecía ser una tarea difícil: el cineasta y los miembros del grupo, Juliana Laffitte y Manuel Mendanha, se conocían hacía décadas, eran grandes amigos, y esa amistad se había desarrollado en largas noches de conversaciones, bebidas y karaokes en el taller de los artistas. Bueno, pero no.
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El Baptisterio, inspirado en el libro El arte del color del artista y teórico suizo Johannes Itten, es una “obra-arquitectura”: una estructura de hierro, espejos y luces que alberga 3276 bloques de plastilina. Llinás les propone a los Mondongo un juego “al estilo de las novelas de Julio Verne”, un desafío: él también hará su interpretación de la obra de Itten pero desde el cine. Busca, entonces, recrear una “noche falsa”, que es la sumatoria de todas las noches que vivieron juntos, donde se baten a duelo.
“No estaba previsto que fuera así”, dicen. Con el guión en la mano, escuchando las proposiciones de Llinás, Laffitte sentencia: “Yo no voy a decir esto”. “¿Qué es esto? Es rarísimo", arremete Mendanha. Todo está siendo filmado, mientras tanto. Y así, con la cámara filmando desde el trípode, las escenas se tensan, y poco a poco el proceso se va truncando hasta terminar sin concluir. Se escuchan los gritos. “Te pegaría una piña”. Llinás llora. La piña —se dice, más no se muestra— existió. Y fueron tres.
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La máquina de la deshumanización
En el principio de este largo viaje, la primera película, El equilibrista, presenta dos “situaciones”: el montaje del Baptisterio de los Colores en la galería Barro (antes de que la adquiera Arthaus) y una entrevista con la historiadora del arte Gabriela Siracusano. El tema: la materialidad de las obras. Mondongo es, por sobre todas las cosas, un grupo que experimenta con eso: usa desde hilos y plastilina hasta caramelo y clavos. Tríptico de Mondongo también es una película sobre la materialidad del cine.
Al promediar esta primera parte —una que se perfilaba como predecible— Llinás filma la pantalla de su computadora, una ventana celeste, un archivo de Word, una poesía que empieza a escribirse. Mientras ofrece detalles de las obras de Mondongo, escribe, sugiere, plantea que qué pasa si “tus plastilinas de colores / que forman casitas de chapa / Villas Miseria” terminan siendo “una opulenta mercancía / resplandeciendo /en la Casa de los Ricos / con el rabioso rencor / de una ciudad conquistada”.
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La pregunta es demoledora porque Mondongo es, además de un grupo de artistas de fino nivel y de asombroso ingenioso, una marca internacional. Tienen, además, el récord local: la instalación Argentina (paisajes) (quince paneles que suman 45 metros lineales, creados entre 2009 y 2013) fue adquirida en noviembre último por Buhar —justamente: para el espacio cultural Arthaus— por 1.270.000 dólares. Es la más cara de la historia del arte argentino superando el cuadro de Emilio Pettoruti vendido en 2012.

La pregunta no solo le apunta a Mondongo —a esta altura la amistad ya estaba rota y, por lo que se lee, por lo que se ve, eso es insalvable—, sino al arte contemporáneo. Incluso, entre líneas, es una pregunta a la propia película. Pero claro, el cine es otra cosa. Pero, ¿qué cosa? Uno podría pensar que el verdadero desafío que Llinás propone es este: ¿cómo hacer para que una obra profundamente humana no termine deglutida por la máquina de la deshumanización? Entonces acelera.
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Si lo verdaderamente humano es la acción de preguntarse por la condición humana, entonces el arte, para escapar de las máquinas y las góndolas, tiene que preguntarse por su condición artística. Una forma: indagar en la materialidad. En una gran olla vemos girar las ventanas de YouTube, el recurrente archivo de Word, una crítica en Letterbox que termina siendo un poema, la ruta interminable, las obras de Mondongo... todo se desarma en el avance hacia una metafísica en la tercera película: Kunst der Farbe.
Valioso desconcierto
En la gran olla de este tríptico, los trozos de carne y verduras se van descomponiendo. Una amistad que se termia y un documental que se estira, se fragmenta y se deshace hasta formar otra cosa. Absorbido en ese remolino, el espectador se sumerge en el desconcierto ingresando en una zona confusa, perdiendo referencias y coordenadas, dudando si lo que está viendo es una genialidad o una bazofia. En estos tiempos de empaquetada previsibilidad, esa instancia, la del desconcierto, es valiosísima.
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Las tres películas —sobre todo la última, pero cada cual a su modo— ofrecen una infinidad de puntos de fuga. Posibilidad imaginarias de salir del film y volver a entrar. ¿Quién es Johannes Itten, el autor suizo del libro El arte del color, qué dice ese libro, qué innovaciones ofrece? ¿Qué contiene la Materioteca que está construyendo Siracusano? ¿Qué son esas imágenes de Les Vampires, de Louis Feuillade, estrenado entre 1915 y 1916? ¿Pilar Gamboa imitando a Juliana Laffitte?
¿Por qué se fue Agustina Picasso de Mondongo en 2008, la tercera miembro, la ausente? Esa ausencia late. ¿Acaso su exilio dice algo de la personalidad de los dos restantes, de los actuales? Alcanza con un ligero googleo: Agustina Picasso se casó con Matt Groening, creador de Los Simpson, y tuvieron ocho hijos (tiene un noveno, del matrimonio anterior con Edo Costantini). Vive en Estados Unidos. En su Instagram no hay obras: está completamente tomado por su desaforado instinto maternal.
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Entonces se vuelve al origen de todo arte visual: las formas, los colores. Y es en este punto donde consta la prueba irrefutable de que, tras una pelea, una discusión final, una ruptura, hay uno que —siempre— se queda hablando solo. Pero en este caso, hay algo más que un hombre refunfuñando blasfemias al cielo. Ni siquiera se trata de un largo y empedernido soliloquio rencoroso. Hay un poco de todo, es cierto, pero en definitiva lo que queda es una obra, una película, que son tres: experimentación y desconcierto.

Autorretrato y autodestrucción
Volvamos al nudo emocional. Vemos a los artistas de Mondongo, a Llinás, al partenaire del director, Agustín Mendilaharzu. Los vemos jóvenes, en escenas viejas, con el vintage que da lo juvenil de otra época, con sonrisas más espontáneas, con carreras en crecimiento, con todo por hacer. ¿Qué de todo ese fulgor condujo a este desenlace? “Todo retrato es un autorretrato”, escribe Llinás en su Word recurrente. “En todo autorretrato hay, debe haber, no puede no haber, autodestrucción”.
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Lo que se suponía retrato se vuelve autorretrato: el creador trastabilla en la obnubilación creativa y se vuelve creación. Un efecto de desdoblamiento que roza lo involuntario pero que se percibe, finalmente, como gesto estético. Como en un circo donde los malabaristas renuncian y el dueño sale a explicarle público, pero algo lo anima e improvisa su propio espectáculo. La obra terminó. Aparecen los créditos. Deberían llegar los aplausos. Luego de unos segundos de silencioso desconcierto, los aplausos llegan.
* “Tríptico de Mondongo” se puede ver en Arthaus: Bartolomé Mitre 434, CABA. Estos son los días y horarios:
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“El equilibrista”
Viernes 28 de marzo - 20H
Jueves 3 de abril - 20H
Viernes 11 de abril - 20H
“Retrato de Mondongo”
Sábado 29 de marzo - 19H
Viernes 4 de abril - 20H
Sábado 12 de abril - 19H
“Kunst der Farbe”
Domingo 30 de marzo - 19H
Sábado 5 de abril - 19H
Domingo 13 de abril - 19H
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