
Desde un rincón verde en el corazón del barrio de Belgrano R, en la ciudad de Buenos Aires, Carlos Rodríguez ha encontrado un espacio para reflexionar y compartir sus ideas con el mundo. Este economista argentino, conocido tanto por su labor académica como por su participación en la política económica del país -fue viceministro de Carlos Menem y asesor de Javier Milei- ha publicado recientemente un libro electrónico titulado Recuerdos de un economista de pizarrón, bajo el sello editorial Leamos, de Infobae. El texto ofrece un recorrido por su vida profesional y personal, destacando su paso por instituciones clave y su influencia en el debate económico nacional e internacional.

Recuerdos de un economista de pizarrón
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Rodríguez es una figura que combina dos facetas fundamentales: la del “economista de batalla”, involucrado en la práctica política y económica, y la del “economista de pizarrón”, dedicado al análisis académico. Su carrera comenzó en la Universidad de Buenos Aires durante los años setenta, donde ya se destacaba como un estudiante brillante. Posteriormente, su formación lo llevó a la prestigiosa Universidad de Chicago, cuna de los llamados “Chicago Boys”, un grupo de economistas que abogaban por políticas de libre mercado y que influyeron en diversas economías de América Latina.
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Además de su participación en la política, Rodríguez ha tenido una destacada trayectoria académica y profesional. Fue director del Centro de Estudios Macroeconómicos de Argentina (CEMA), una institución clave en el análisis económico del país, y ha trabajado como consultor para numerosos gobiernos y organismos internacionales.
¿Cómo vio el gobierno desde adentro este hombre a la vez teórico y práctico? Lo cuenta en un capítulo de su libro, que se puede descargar gratuitamente desde Bajalibros. Aquí, un fragmento:
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Las manos en el barro: Menem 1996-98
Hacia mediados de 1996 las relaciones entre el “padre de la convertibilidad”, Domingo Cavallo y el presidente Carlos Menem estaban muy debilitadas y todo el país hablaba de quién podría ser su sucesor. Yo tenía una enorme presencia en los medios escritos y televisivos. Era muy crítico de Cavallo, no tanto por lo que hacía sino por sus modales y por lo que faltaba hacer.
Las reformas de segunda generación no llegaban (y no llegaron muy a pesar mío) y la Convertibilidad peligraba.
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Una mañana, hacia marzo de 1996, recibí la visita de dos enviados de Eduardo Bauzá, el ministro de Interior, que quería verme esa tarde para luego fuéramos juntos a ver a Menem. Tanto Pou como Roque, ambos cabezas del BCRA, se encantaron con la posibilidad de que yo fuera ministro. A mí no me pareció buena idea la de juntarme con un presidente con quién jamás había hablado y de quien, francamente, aún desconfiaba. Pedí a mis interlocutores (un exalumno y un conocido periodista, ambos amigos) que le pidieran disculpas a Menem pero que yo opinaba que antes de colaborar en nada sería bueno que nos conociéramos mejor.
“Que me invite antes a pescar,” sugerí. Debo decir que en ningún momento se mencionó la posibilidad de oferta alguna. Eso solamente fue mi deducción de una invitación muy atípica.
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Tiempo después conocí a Menem y mucho. Llegué a escribir algunos de sus discursos, los cuales leyó literalmente, sin cambios. Para mí Menem era un personaje agradable, pero indescifrable. Muchas veces nos quedamos los dos solos en su oficina, y yo no sabía de qué hablarle.
A fines de junio de 1996 Cavallo renunció y Menem, apurado, buscó un reemplazo. Se decidió por Roque Fernández, que era el presidente del BCRA. Ese viernes a la tarde recibí un llamado de Roque, que me llamó no bien salió de la oficina de Menem. “Ayudame, flaco”, me dijo. Yo no pude negarme.
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A la mañana siguiente, sábado temprano, estábamos reunidos Roque, Pedro y yo en el despacho de la presidencia del BCRA. Pedro estaba con problemas familiares y no quería para nada ir al frente en el Ministerio. Pidió quedarse como presidente del BCRA. Como vinieron las cosas, el que fue al campo de batalla fue Pou, que fue despedido, con De la Rúa, con la ridícula excusa de “mala conducta”.

Yo quería seguir como rector de UCEMA (no era incompatible la docencia con la función pública) y Roque no quería que tuviera firma para no comprometerme (él ya tenía varios juicios desde el BCRA). Quedé en colaborar como parte del equipo y ayudarlo, con oficina, en el cargo de jefe de asesores del Ministerio de Economía. Inmediatamente convoqué a formar parte de mi equipo a Guillermo Calvo, Humberto Petrei y Carola Pessino.
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Calvo dijo que “el gobierno estaba bailando en la cubierta del Titanic” y se volvió a USA a los pocos días, en muy buenos términos. ¡Pero los dejó a todos temblando!
Cuando Jorge Rodríguez fue designado jefe de Gabinete, se llevó a Carola Pessino como vicejefa de Gabinete.
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Roque mantuvo a mucha gente de Cavallo e incorporó a Pablo Guidotti como secretario de Hacienda. Alieto Guadagni fue el nuevo secretario de Comercio y Eugenio Pendás asumió como secretario de Programación Económica (cargo al que la tradición asignaba el rol de viceministro).

La verdad es que el puesto fue interesante porque conocí a mucha gente, los mismos que antes veía en televisión. Las internas políticas del peronismo dominaban cualquier discusión racional y posibilidad de cambio significativo.
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En un momento le dije a Roque: “estamos durmiendo con el enemigo…”.
“Mi día transcurría muy simple: llegaba a la mañana temprano. Charlaba con mi gente y luego al mediodía llamaba a conferencia de prensa y decía todo lo que se me ocurría. Almorzaba un sándwich solo en la oficina y enseguida me iba para la UCEMA donde estaba más cómodo como rector.
Periódicamente salía en la tapa de los diarios con grandes titulares diciendo que Menem (y Duhalde) estaban molestos con mis declaraciones. Debo decir que Menem jamás me dijo nada al respecto. Con Duhalde sólo nos dimos la mano una vez, creo que pensábamos muy distinto.
Por supuesto que esa rutina se rompía cuando tenía una entrevista o Roque me pedía, muy a menudo, que lo reemplazara en las reuniones de gabinete en Olivos. En esos casos tenía que hacer yo la presentación de los temas económicos.
También iba a la Rosada a menudo a recibir con Menem a visitantes o lobbies. Los dos nos parábamos en fila junto a los visitantes para la foto de rigor. Luego todos charlábamos. Si le pedían algo que no quería dar, me los pasaba mí. Yo los veía a mi despacho y les decía que no.
Menem se dio cuenta de mi habilidad y cada vez que quería sacarse a alguien de encima, me lo mandaba a mí directamente. Era un NO automático. Es increíble la cantidad de “no” que uno tiene que decir cuando está en el gobierno. Roque me dijo que gobernar es el arte de decir NO.
Debo ser un tipo raro, jamás se me ocurrió pedir una foto mía con Menem. Dos años en el gobierno y no tengo ni una foto con él.
Las reuniones en Olivos empezaban muy temprano y a media mañana se servía un refrigerio que consistía en pizza y gaseosas. Doy fe que jamás se sirvió champagne.
En junio de 1997, Pendás, agotado, renunció como secretario de Programación y viceministro. Ahora vive feliz en el campo en Córdoba.
Roque me pidió que asumiera el cargo de secretario de Programación Económica. Dos horas antes de jurar me di cuenta de que yo no podía “programar” y le dije que quería cambiar el nombre de la Secretaría de Programación por el de Secretaría de Política Económica. Roque llamo por teléfono a Menem y salió el decreto inmediatamente.
Como “primer” secretario de Política Económica tenía a mi cargo las empresas del Estado. Privaticé algunas. Claro que yo sólo era el iniciador del trámite. Finalmente era el Congreso el que decidía. Privaticé la Caja de Seguros, el Banco Hipotecario, en Correo, inicié la privatización competitiva de las acciones de YPF (se adjudicó directamente todo a Repsol a los días de mi renuncia).
Traté de liderar la privatización del Banco de la Nación. Todos en Economía la queríamos y Menem estuvo inicialmente de acuerdo. Me lancé con todo a esa tarea. Enfrenté a los medios, contraté equipos de valuación, etc. Hubo mucha protesta de los empleados y al campo tampoco le gustó quedarse sin su prestamista de primera instancia. Hubo abrazos populares al BNA. Un día Menem cambió de idea y se acabó el proyecto de privatizar el BNA.”
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