
Como se desprende de las columnas de Cómo se construye un lector de este año, la conformación de la identidad lectora está muy ligada a la experiencia sensible y emotiva de un encuentro con libros. Cada quien podrá matizarla por sus propias vivencias, pero es innegable que algo se moviliza en ese encuentro, se activa.
Florencia Gattari, escritora y licenciada en psicología, es una apasionada por los libros y por lo que sucede en torno a ello, al punto que dedica el primer capítulo de su flamante Tengo hasta ahí: Escribir para chicos y chicas (La Crujía, 2024) a su propia experiencia lectora en la infancia. Desde ahí hará pie para analizar desde dónde y cómo pararse para escribir para esos destinatarios.
En el mismo capítulo y en relación con los libros, comparte un relato acerca de una niña-paciente –que funcionó como puente para sumergirse, la Florencia adulta, en el vastísimo mundo de la literatura infantil y juvenil– en el que evidencia el poder de los libros.
Además de a la actividad clínica, se dedica a la escritura y a la coordinación de talleres literarios. Algunos de sus títulos son Bruno a las patadas, Nadar perrito, Vestido nuevo y la crónica familiar Tan temprano. En la anteúltima entrega de 2024 de esta columna, se la invitó a profundizar sobre cómo se construye un lector.

—¿Cómo se construye la identidad lectora?
—Con los libros que otros nos ponen por delante y con los que nos encontramos por fortuna, pero sobre todo con los que nos conmueven. Ema Wolf dice que todos empezamos siendo lectores zapalleros, me gusta esa imagen. Hay primero azares y después intuiciones: trazos que vamos siguiendo porque sospechamos que ahí hay algo para nuestra sed. Creo que la identidad lectora se revela cuando miramos para atrás más que con un plan o una estrategia hacia adelante, casi como un sistema de relevamiento de marcas: “Sí, esta soy; sí, esta lectura en aquel momento fue una bisagra para mí.”
—¿Creés que un libro podría despertar el interés por leer?
—Creo que las ganas de leer pueden venir de cualquier lado, también de los libros si las páginas que tenemos entre manos nos leen bien. Si nos dicen algo que no sabíamos nombrar de nosotras mismas o del mundo, entonces vamos a querer buscar más. Sin duda.
—De un hogar sin madre ni padre ni familiares lectores ¿puede surgir un ávido lector?
—Yo creo que sí, y que esa es una de las maravillas de lo humano: que lo que nos precede, lo que hay antes, deja su huella en nosotros, pero no tiene por qué ser un destino. Muchas veces es justamente la lectura lo que nos permite forjarnos una ruta distinta de la familiar.
—Pensando en esto, ¿hay un momento para empezar a leer?
—Si pensamos en políticas públicas, en mediaciones, diría que cuanto antes mejor. Desde bebés podemos y queremos ser acunados por las palabras de los otros. Después, en cada biografía, el momento es el de la curiosidad, el del propio impulso. Se va a un libro a buscar algo: información sobre un asunto; despejarse para no pensar en otro tema que una no quiere; sacarse una buena nota en una materia; seguirle la pista al deseo. No siempre se encuentra lo que se busca, claro. Y por suerte. Desde esta segunda perspectiva más personal, no hay tarde ni temprano. Cada quien llega a la lectura cuando llega, y creo que está bien.

—¿Qué es ser mediador de lectura? ¿Es algo ligado a la educación o creés que hay otros tipos de mediadores?
—Creo que ser mediador es algo ligado sobre todo al entusiasmo. A la transmisión de un entusiasmo. Eso puede darse en una escena institucional -escolar por ejemplo- o en cualquier otro lado. Un librero, una bibliotecaria, una tía, un amigo, alguien que comparte lo que le gusta en una red social. Por supuesto que son distintas las capacitaciones en cada caso y supongo que las maneras, pero lo cierto es que a los entusiasmos no les preocupa para nada el encuadre.
—¿Recordás tu primer encuentro con libros?
—Recuerdo un cuento muy favorito de la infancia. Se llamaba “Las vacaciones de Marisa”, me lo leía mi mamá antes de ir a dormir. Cuando lo fui a buscar hace poco me asombró la sencillez de la trama: Marisa va a lo de su abuelo, se muere de ganas de regar las plantas y su abuelo la deja. Eso es todo. A su modo fue divertido encontrarlo, porque muchas veces me pregunto por la peripecia, por los arcos narrativos, por el argumento en general. Me pregunto, digo, porque no me sale, o me resulta menos sencillo de lo que querría. Pero entonces encuentro “Las vacaciones de Marisa” y resulta que el asunto viene conmigo: ya de nena era proclive a la jardinería textual y a los libros del puro devaneo.
Foto de la autora: gentileza prensa La Crujía.
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