
Con Concierto barroco, un collage realizado en el centro histórico de La Habana, el artista francés y pionero del arte urbano Ernest Pignon-Ernest se hace eco tanto de su propia historia como de su admiración por la obra del escritor cubano Alejo Carpentier.
“El papel malo es lo mejor que hay”, explica con picardía a la AFP Pignon-Ernest, mientras da los últimos toques a los dibujos que está a punto de colgar en una pared de La Habana Vieja.
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Trozos de papel periódico recuperado de las rotativas del diario Le Monde, carboncillo y piedra negra: el estilo de Pignon-Ernest es inconfundible.
En los siete rollos que compondrán la obra final destacan una serie de personajes históricos, de Vivaldi a Haendel, pasando por el emperador azteca Montezuma o el compositor cubano Joseíto Fernández, autor de la célebre “Guantanamera”.
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Para participar en la decimoquinta edición de la Bienal de La Habana (noviembre 2024-febrero 2025), este artista de 83 años ha decidido vincular su obra con un acontecimiento personal: su primer viaje a La Habana para asistir al funeral de Alejo Carpentier (1904-1980), fallecido en París, donde vivió sus últimos 15 años.
“Sucedió algo increíble”, recuerda Pignon-Ernest.
“En 1980, una mañana, me llamaron de la embajada de Cuba. No entendía lo que decían, porque no hablaba español. Volví a llamar poco después y les pregunté: ‘¿Me han pedido que vaya a la embajada o que vaya a Cuba? No, Alejo Carpentier ha muerto, nos gustaría que vinieras’”.
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Subraya que entonces “no conocía a nadie en la embajada ni en ningún otro sitio” y también desconocía el “porqué” le requerían. “Así que me fui al aeropuerto”, resume el artista aún sorprendido.

En La Habana, la viuda de Carpentier lo esperaba al pie de la escalerilla del avión. “Ella me dijo: ‘A mi marido le gustó tanto su exposición (en el Museo de Arte Moderno de París), que quería conocerle’.
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“Me derretí, porque Carpentier era como Gabriel García Márquez, un poco inaccesible”, precisa sobre el cubano que ganó el Premio Cervantes en 1977.
“Textura”
De ahí que Pignon-Ernest haya decidido evocar en su collage habanero Concierto barroco, una novela corta del escritor cubano, publicada en 1974 y en la que se mezclan épocas y continentes.
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La historia narra el viaje de un mexicano rico que, tras una escala en La Habana, va a Venecia para el Carnaval, donde aparecen Vivaldi, Haendel, Scarlatti y Luis Armstrong.

“Es una novela absolutamente excepcional. Él afirma, con la música, la dimensión universal de la cultura”, agrega con entusiasmo.
El protagonista “lleva simbólicamente la música del Caribe y de África” a Venecia. “Es el encuentro de todas esas músicas. Es una especie de metáfora magnífica”, acota.
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En La Habana, a la que no había regresado desde 1980, Pignon-Ernest, con la ayuda de un puñado de asistentes, fijó su “balcón” de los artistas en una pared que da a la Plaza de Armas, una de las más antiguas de la ciudad.
El objetivo es siempre que la obra se integre totalmente al lugar. “Cuando está mojado con cola, el papel se vuelve muy fino, muy frágil, y puedo encajarlo en la más mínima hendidura de la pared. Hay una especie de textura”, precisa.
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Una vez seca la cola, la obra adquiere un relieve inquietante, que juega con la perspectiva, con un Carpentier que mira desde la ventana a los transeúntes, no lejos de sus cómplices, el poeta francés Robert Desnos (1900-1945) y el poeta cubano Nicolás Guillén (1902-1989).
La Habana se suma así a la lista de ciudades –Charleville-Mézières, París, Nápoles, Brest, Soweto, Argel, Puerto Príncipe, Santiago, Ramala...– donde Pignon-Ernest ha pegado sus retratos de tamaño natural, algunos de los cuales se han convertido en íconos como su Arthur Rimbaud, el “joven caminando”, o su Pasolini sosteniendo su propio cadáver.
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En la década de 1980 realizó una instalación en la capital chilena con un centenar de imágenes de Pablo Neruda. “A menudo, los poetas, a través de su obra y su destino, encarnan a su país”, señala Ernest Pignon-Ernest.
“¿Qué sabríamos de Chile sin Pablo Neruda?”, cuestiona.
Pignon-Ernest no se desvía de la línea que ha marcado su carrera: hacer hablar a la historia con obras efímeras que solo tienen valor en el lugar donde existen.
En La Habana, como en todas partes, “la obra es el lugar conformado por la presencia de mi dibujo”, resume el artista.
Fuente: AFP.
Fotos: Adalberto Roque/ AFP.
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