Los tonos mayores, la ópera prima de Ingrid Pokropek, se estrenó en salas de todo el país tras haber cosechado premios en festivales internacionales como Jeonju, Málaga y Mar del Plata. La película tuvo su premiere internacional en la Berlinale y ha sido aclamada por su abordaje único de un relato de fantasía ambientado en Buenos Aires.
La trama de Los tonos mayores gira en torno a Ana, una adolescente de 14 años interpretada por Sofía Clausen, quien, tras un accidente, lleva una prótesis metálica en su brazo. Durante las vacaciones de invierno, Ana comienza a recibir extraños mensajes en código Morse a través de su prótesis. Movida por la curiosidad y el misterio, la joven, junto a sus amigos, se embarca en una búsqueda para descifrar el origen y el significado de estos mensajes, cuya frecuencia varía a diario, avivan la curiosidad de Ana y sus amigos. La película mezcla elementos de la realidad con el género fantástico, siguiendo una narrativa que explora la adolescencia en un entorno evocado en la Ciudad de Buenos Aires.
La película también da importancia a elementos geográficos y culturales locales. Desde las calles y avenidas de Buenos Aires hasta lugares emblemáticos como el Planetario, cada escenario tiene un papel crucial en el viaje de auto-descubrimiento de Ana. Pokropek, que ha trabajado en múltiples producciones de El Pampero Cine, conserva un estilo que mezcla tramas geográficas con historias que parecen sacadas de novelas de espionaje.

La intervención del personaje de un joven soldado, representado por Santiago Ferreira, introduce una nueva dimensión en la narración. Al identificar los sonidos como Morse, este personaje ayuda a Ana a desentrañar el enigma. Durante su investigación, Ana ve cómo su padre (Pablo Seijo) inicia una relación con una vieja amiga (Mercedes Halfon), lo que añade un nivel de complejidad a su vida emocional.
Pokropek, conocida por su labor como productora en filmes como Trenque Lauquen y Clementina, incursiona en la dirección mostrando su interés por las experiencias de la adolescencia. “Me gustaba que la travesía de la niña la invitara a descubrir que el mundo, o la ciudad, están plagados de misterios”, comentó la directora sobre su intención narrativa.
La película se destaca también por su uso innovador de la música y el sonido. La banda sonora, compuesta por Gabriel Chwojnik, está basada en el código Morse, jugando un rol crucial en la trama al convertirse en la clave para desentrañar el misterio. Además, el diseño sonoro de Miguel de Zuviría, Javier Fernández Jensen y Gabriel Real añade profundidad al relato, mezclando elementos realistas con toques de fantasía.
Los tonos mayores, un relato de coming of age con pinceladas de género fantástico, invita al espectador a una aventura urbana llena de enigmas, en la que el entorno de Buenos Aires se convierte en un personaje más dentro de la historia. La integración de lo cotidiano con lo sobrenatural refleja la compleja relación de Pokropek con la ciudad, destacando lugares que parecen surgir de una fábula, también juega con elementos del realismo mágico y los cuentos de hadas, sin caer completamente en estos modelos. En su esencia, la película es un relato de crecimiento y descubrimiento.

La simbología de la antena en el brazo de Ana representa algo más profundo. Es un reflejo de cómo las personas pueden sintonizar con las señales emocionales y sociales de su entorno. La película invita al espectador a un viaje con un objetivo claro, combinando desafíos propios de la adolescencia con un misterio que estimula la imaginación.
La película no se esfuerza en crear mundos alternativos de magos, brujas o vampiros. En lugar de eso, Pokropek apuesta por “hacer que en lo cotidiano irrumpiera un elemento extraño.” Además de la trama principal, la directora sumerge al espectador en relatos secundarios, como un edificio protegido por lo que aparenta ser un libro mágico y personas que escuchan la radio a través de una muela. Cada uno de estos elementos contribuye a que Ana descubra que el mundo y la ciudad están plagados de misterios.
El recorrido geográfico de la película fue crucial para la narración. La directora señaló que “muchos de los puntos geográficos que aparecen formaron parte del entusiasmo de verlos filmados.” Otros sitios fueron seleccionados por parecer salir de una fábula o de un clásico relato de aventuras. “Fue así que se construyó el recorrido que haría Ana, la protagonista,” puntualizó.

La directora eligió que Ana, de 14 años, no fuera “del todo niña ni tampoco adulta,” lo cual refuerza la idea de que la independencia y la autonomía son algo a descubrir. La idea de “deambular por una ciudad que uno está empezando a conocer, lejos de casa, inconsciente del peligro” es una constante a lo largo de la película. Esta fase de la vida de Ana se refleja en actos como viajar con “poca plata en el bolsillo, poca batería en el celular, poca capacidad de previsión.”
Uno de los aspectos fundamentales de la película es la música, que desempeña un papel crucial no solo estético y rítmico, sino también narrativo. “Es la clave para luego poder descifrar el misterio,” aclaró la directora. Esto fue posible gracias al músico Gabriel Chwojnik, quien compuso “La canción del latido”, el leitmotiv del film. “Chwojnik verdaderamente tuvo que partir de un código cifrado para luego construir una melodía”, contó la realizadora.
La narrativa encuentra equilibrio entre misterio y aventura, donde lo fantástico se mezcla con la cotidianidad. Pokropek introduce una obra que no sólo cuenta una historia, sino que también se convierte en una alegoría de la experiencia humana y la búsqueda de identidad en un escenario urbano en constante cambio.
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