
Cuando Ben Kimpel, profesor de escritura creativa de la Universidad de Arkansas, leyó el borrador que le entregó Frank Stanford, quedó “físicamente agotado”. Era un poema épico de 15283 versos ininterrumpidos y sin puntuación titulado The Battle Field Where The Moon Says I Love You (El campo de batalla donde la luna dice te quiero). Lo empezó a escribir en la adolescencia; en 1977, luego de editar, recortar, reescribir, quedó en 542 páginas: nada mal, habrá pensado. En esa gran obra escribió: “Yo sé la historia y la cultura de Europa y Norteamérica (...) / Sé que los ricos son los únicos que gozaron de buenos viejos tiempos / Yo sé del cisne negro / Yo sé del pas de deux / Yo sé de las mujeres borrachas que disparan a sus maridos el sábado / por la noche”. El poeta Alan Dugan, 25 años mayor, también leyó ese borrador: “Esto es mejor que bueno, es genial... Un día explotará”. Pero nunca explotó, o, mejor dicho, nunca generó el estruendo que merecía.
Hasta lograr una vida sencilla
En diciembre, en un pequeño acto de justicia, Stanford apoyó su pie en el pecho de los lectores castellanos: la editorial valenciana Pre-Textos publicó en edición bilingüe Habla terreña (Field Talk), que originalmente salió en 1975 por el sello Mill Mountain Press. Es la primera vez que un libro de Stanford se publica en español. La traducción y las notas son de Patricio Ferrari y Graciela S. Guglielmone; el prefacio, de James McWilliams. ¿Qué tiene de particular este libro? En principio, se ubica en un punto intermedio de su corta vida como poeta: a cuatro años de publicar su primer libro, a tres años de morir. Tenía apenas 26 años y la convicción de que estaba escribiendo una gran obra, que se compone del largo poema épico mencionado —que no llegó a publicarlo en vida— y siete chapbooks, libros estilo folleto de bolsillo, algo que acá podría traducirse como plaquetas, entre ellos está Field Talk, acá Habla terreña.
Hablemos de Stanford. Lo parió una viuda y lo dio en adopción. Eso fue el 1 de agosto de 1948. No sabemos los motivos, pero su madre biológica y su madre adoptiva tenían el mismo nombre: Dorothy. La adoptiva, Dorothy Gilbert Alter, soltera divorciada, fue la primera mujer en llegar a gerente de Firestone. Se casó con el ingeniero Albert Franklin Stanford, quien le dio su apellido al niño. Tuvo una hermana, también adoptada: Bettina Ruth. A ella le decían Ruthie; a él, Frankie. Fue a la escuela en Memphis hasta los 13, cuando el señor Stanford se jubiló y se mudaron a Mountain Home, Arkansas. De ese gran estado no se movería jamás, salvo para hacer algunas travesuras, como pasarse un mes entero en Nueva York viendo cine. “Creo realmente que necesito irme de este lugar”, le escribió a Alan Dugan en una carta fechada en mayo de 1972. Nunca lo hizo. “Las verdes colinas que rodeaban el pueblo lo sujetaban como esposas de oro”, escribe McWilliams.

Estudió algunos años en la Universidad de Arkansas, en Fayetteville, pero no se recibió. En ese tiempo publicó poemas en la revista estudiantil Preview. Su primer libro, The Singing Knives, lo publicó en 1971, luego de conocer a Irving Broughton, editor de Mill Mountain Press, que además era docente universitario y cineasta. En ese tiempo tuvo un matrimonio fugaz de tres meses con Linda Mencin. Al poco tiempo conoció a la pintora Ginny Crouch y se casaron. Con ella a su lado escribió el resto de su obra: Shade (1973), Ladies from Hell (1974), Field Talk (1975), Arkansas Bench Stone (1975), Constant Stranger (1976) y el póstumo Crib Death (1978). Son años de “estabilidad doméstica”, sostiene McWilliams. Stanford, “un poeta cuya vida adulta estuvo marcada por el ritmo itinerante, el caos y la lucha”, de repente encontraba paz: “vivía en una cabaña aislada en las afueras de Rogers, Arkansas”, “llevaba una vida sencilla”. Trabajaba de agrimensor, aunque sin título ni licencia.
Yo sí tenía cosas que decir
“Cuando caminas por las calles no te conoce nadie”, escribe Stanford en Habla terreña: un poemario rebalsado de una vitalidad oscura, que contiene la paz de un hombre en llamas. ¿Cómo lidian con la armonía los disonantes, cómo transitan el silencio los ruidosos, cómo descansan en la tranquilidad los que nacieron para gritar? El primer poema, “Joven arriero”, vale cada verso en dólares. Empieza así: “encontré a la muerte y al amor / colgados como perros en mi huerto / no tenía ni escoba ni agua fría”. Y luego de una breve descripción, sigue: “así que les dije / fuera de mis siembras / lo que realmente quise decir fue qué quieren”. Los textos se encadenan en imágenes ambiguas, entre el día y la noche, lo bonito y lo cruel. Hay “sangre y polvo de estrellas sobre el río / violetas africanas y capas / Chopin y carreteras secundarias”, así como también “ese blues real / que las montañas retienen / bajo los pies” y “un cuerpo se deshace en la ciénaga / como cartón”.
Hay un poema titulado “Nana para una niña que dicen no sobrevivirá esta noche”. Hay otro donde imagina diferentes formas de bajar una larga escalera: una de ellas es con su “hermano del alma haciendo sonar el cuerno del castigo”. Recuerda que “un beso fue todo lo que / bastó / un beso frío como monedas de plata”. Escribe: “en mi huerto ya no se ara / en mis cuartos ya no se duerme”. También: “tenía todo el día / cuando llegó la hora de partir”. En el texto que funciona como prólogo de Habla terreña, James McWilliams habla del “apetito lexical insaciable” de Stanford, y dice que su “magia escondida” está en “la forma en la que maneja influencias tan aparentemente inconexas como la poesía guerrera japonesa, las tradiciones americanas de jazz y blues, el surrealismo francés y español, las leyendas del rey Arturo y de Chaucer, el misticismo Zen y los yodels populares de los bosques más recónditos del sur”. Los últimos versos de Habla terreña son estos:
miré hacia la pronunciada pendiente de esos días
esquiador que se prepara para un salto
yo sí tenía cosas que decir

La electricidad y la siesta
El tiempo le dio la razón: para Allen Ginsberg, su poesía es “electrizante”, y Eileen Myles destacó su “carácter mítico”. Por su parte, James McWilliams escribe: “El alcance de Stanford, tal como su comportamiento, era a veces frenético. Impulsado por un hábito voraz de leer, una ética de trabajo incomparable y una memoria fotográfica, se deja llevar de lo macrocósmico (la historia de Europa y Norteamérica) a lo microscópico (mujeres borrachas disparando a sus maridos), del registro bajo (esos bellacos) a lo alto (un paso de ballet), de lo político (la esclavitud, el privilegio de clase) a lo inspirador (el cisne negro). Esta fluidez sin límites entre géneros deja aún más en evidencia la vasta y extraordinaria cultura que poseía Stanford. Revela cómo su consumo de tradiciones literarias (y cinematográficas) del mundo se reducía finalmente a la forma en que el sonido llegaba al oído. El encanto de Stanford depende del hábito que más lo definía: escuchar”.
El año que publicó Habla terreña conoció a Carolyn D. Wright, estudiante de la Maestría en Bellas Artes de la Universidad de Arkansas. Era poeta: años después publicaría una docena de libros y obtendría premios como la beca Guggenheim y la condecoración de poeta laureada del estado de Rhode Island. Juntos fundaron la editorial Lost Roads con el objetivo de, en palabras de Stanford, “reclamar el paisaje de la poesía estadounidense”. Se volvieron amantes. Pero un día todo terminó. Algo tuvo que haber pasado la noche del 3 de junio de 1978. Algo no cuadra. Stanford recibe un llamado. Estaba en Nueva Orleans, ¿haciendo qué? Llega a Fayetteville, entra a su casa. “¿Por qué tardaste tanto?” Su esposa y su amante lo estaban esperando. Discuten. Discuten mucho. En un momento pide una pausa, tiene que “ir a su oficina de agrimensura a recoger algo para el trabajo”, cuenta McWilliams. ¿Las dos mujeres lo esperan? ¿Confían en alguna explicación?
“Al llegar a casa, Stanford dijo que necesitaba una siesta”, reconstruye McWilliams. ¿Las mujeres deciden esperarlo: que duerma, que descanse, que vuelva? Lo que fue a buscar no tenía que ver con el trabajo: era una pistola de tiro al blanco calibre 22. Entonces se acuesta, pone el arma sobre su pecho y dispara una, dos, tres veces. Le faltaban unos meses para cumplir 30. Nunca quiso cumplir 30. Lo dijo varias veces: nunca alcanzaría los 30. Cumplió. Fue una de las tantas promesas que cumplió.
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