
“Estaba todo en nuestra imaginación”, dicen que dijo García Márquez. ¿Todo? No sé si el cariño que se muestra estos días de aniversario, diez años sin Gabo, también es cosa de la imaginación o es un sentimiento más hondo, labrado en el alma a base de lecturas, de compañía y revelaciones compartidas, como aquella mañana que juntos vimos el mar y supimos, porque una mano maestra lo escribió, a qué saben sus aguas y cuanta paz pueden aportar a los espíritus ansiosos, esos que solo se consuelan con descubrimientos, hoy uno, mañana otro. Gabo era, es, el maestro que nos lleva de sorpresa en sorpresa porque ni él ni su literatura acaban nunca.
Contaba García Márquez que una señora, al verlo desde su coche, él sentado en el de al lado, esperando un cambio de luz en el semáforo, le espetó admirada: “¡Pero si usted no existe!” y siguió su camino, tal vez acreditando que había asistido a una nueva e inmortal resurrección. No, no había sucedido ningún milagro, el hombre que transitaba por una avenida mexicana era el que antes había vivido en Barcelona, pasado hambre en París, reconocido como un Dios en México y amado en Colombia como solo se ama la propia sangre. Y algo de eso hay, porque Gabo somos todos desde el día que leímos Cien años de soledad” y supimos lo que era el vértigo de lo infinito.
¿Dónde estaba usted cuando acabó de leer Cien años de soledad? ¿Cómo fue su primera respiración tras cerrar el libro? Quien esto escribe confiesa que le faltaba aire, que pensó que nunca nacería el sol porque aquella madrugada inhóspita se había adueñado del universo para que ningún Buendía tuviese lugar en el mundo. Fue necesario mucho dominio, mucha serenidad para volver a incorporarse a la cotidianidad de los mortales, arduo trabajo si se ha rozado el misterio.

¿Qué decirle a Gabo diez años después de su desplante? Que sigue desasosegando, que de sus libros nacen mariposas y que no podemos ver una flor amarilla sin pensar en él. Que gracias por habernos regalado estos días la historia de una mujer que visita la tumba de la madre muerta y deja en el mundo, y en esa isla donde reposa, el amor y el sexo necesario para que la vida continúe. Y que ha sido un honor haber compartido con él amigos, almuerzos, tardes de tertulia interminables y los comentarios más jocosos, atrevidos y llenos de ingenio.
“¿Estás vestido?” le pregunté una mañana antes de llamar a la puerta de su habitación para despedirnos quienes partíamos de la Feria del Libro de Guadalajara antes que él. “Sí, pero si quieres, me desnudo”, respondió ante la carcajada general de los amigos que oían la conversación. No se desnudó o tal vez no se vistió nunca porque cada libro suyo era un recorrido por lo más intimo de una persona, los sueños, las aspiraciones, la alegría de estar vivo, el denodado intento de superación.

Gabriel García Márquez está en mi casa junto a José Saramago, Carlos Fuentes, Tomas Eloy Martínez y Belisario Betancurt en una foto, en fotos, y en el corazón abierto de la biblioteca. Está en mi memoria con palabras exactas, está en la Casa Cien Años de Soledad de México, en sus artículos periodísticos, en su Fundación maravillosa en Colombia y en el alma de los mejores periodistas. También en nuestro común temor a viajar en avión, en la mejor poesía y en las mil versiones de un mismo acontecimiento, seriamente contado una vez tras otra, siempre con rigor y seriedad aunque con datos contradictorios, como corresponde a un inventor de prodigios. Y está en mi pasión lectora, tal vez en la suya, querido lector, querida lectora. ¿Brindamos por su bendita presencia justo estos días? Vale, levanto la copa por Gabriel García Márquez porque hay motivo y para que nos proteja con su espíritu, y hasta con su sarcasmo, de lo innombrable que nos rodea.
* (Pilar del Rio es presidenta de la Fundación José Saramago)
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