
Como el protagonista de su recién publicada novela, Pablo Solberg es hijo de un noruego. Se nota en la foto de tapa: rubio de ojos celestes y piel muy clara. Con 30 años, el autor argentino acaba de publicar su primer libro, La vida de los cangrejos (Mansalva, 2023), con una pluma muy propia, lejana al estilo coloquial al que tiende la literatura argentina joven contemporánea. En cierto sentido, es una novela de transformación, que transcurre en un pueblo de pescadores llamado Picinguaba (San Pablo, Brasil). En una etapa de reflexión sobre la muerte de su madre, el protagonista emprende un viaje y se encuentra allí con un antiguo novio de ella. En ese contexto, se consagra a realizar un osado experimento.
Pablo Solberg está instalado en Madrid desde hace dos años, después de haber vivido toda su vida en Buenos Aires -salvo por una fugaz temporada en Oslo durante 2019, donde escribió la novela-. En la capital española recibió a Infobae Cultura, en un departamento que alquila en Chamartín, un barrio alejado del centro y pintado de celeste, con piso de madera y muchos muebles de diferentes estilos. Allí conversamos sobre su libro, su vida y el proceso de escritura de la novela en Oslo.
Escribir como ejercicio
Acerca de cómo comenzó a escribir La vida de los cangrejos, Solberg comenta: “El libro surgió del propio ejercicio que hago cuando escribo. Yo me siento a escribir, por la mañana, con una meta determinada que es llevar adelante un ejercicio de profundización. El otro día, leía algo de Blanchot sobre Mallarmé. Mallarmé decía que se sentaba a ‘profundizar el verso’. Al menos en la teoría, creo que hago algo parecido. Ese mismo ejercicio de profundizar tiene que ver con un viaje al interior de mí mismo donde busco extraer reflexiones, situaciones o escenas que representen algo de una intimidad. La idea del libro es un desprendimiento de ese ejercicio”.

Como muchos escritores, reconoce a Marcel Proust como una de sus influencias más determinantes a la hora de encontrar una voz para su personaje protagónico. “Creo que tomé a Proust como el escritor a través del cual entendí cómo iba a escribir yo, en particular con el uso de la primera persona. De ese ejercicio de intimidad se desprende necesariamente una primera persona, y no una tercera. Proust me dio un poco eso, y también su recolección de hechos del pasado y la reflexión”. Y, entre otros aspectos que le interesan de Marcel Proust, casi se reserva para sí mismo lo siguiente: “Tanto Schopenhauer como Proust, dos autores que me acuerdo que leía en ese momento, suelen utilizar la comparación como recurso literario, y a menudo el elemento comparativo aporta una belleza singular a la idea que transmiten. Es un recurso en el que me apoyé bastante, por puro placer, porque me gusta descubrir esas comparaciones”.
Una vez que recolectó varios fragmentos, también como parte de ese ejercicio de profundización que describe, comenzó a unir las partes, “a modo de piezas de rompecabezas”. La primera vez que reunió esos fragmentos estaba en Noruega, en un tren desde Bergen a Oslo. Con algunos de aquellos fragmentos diagramó el primer capítulo.
Ese viaje lo realizó hace cerca de cuatro años. “Mi padre es noruego y siempre me llamó la atención entenderlo a él y entenderme a mí a través de él. Fui a buscar el entorno en el que él nació, a ciertos familiares, a la idiosincrasia de ese país”.

Fue fundamental haber estado en Noruega para el proceso de escritura de La vida de los cangrejos, porque le permitió tener el tiempo necesario para trabajar en el libro. “Pude obtener un seguro de desempleo porque tengo pasaporte noruego. Entendí que iba a tener bastante tiempo para escribir. A partir de ese momento, me armé una rutina que consistía en ir a escribir por la mañana a la Biblioteca Pública. Era un lugar bastante sombrío, contrariamente a lo que uno puede imaginarse de una biblioteca en Oslo: ahora la biblioteca es moderna, al lado del mar y al lado de la ópera. En aquel momento, era un edificio pintado de un verde triste, albergue de indigentes y vagabundos que iban a buscar un poco de WiFi o un lugar donde estar. Había cierto clima de desánimo. Me pregunto si eso habrá colaborado con el espíritu de la novela, con ese personaje al que la realidad se le hace bastante cuesta arriba...”.
Luego de haberse quedado brevemente en la casa de una tía en Bergen, se mudó a un departamento en Oslo, compartido con tres estudiantes más jóvenes que él. “Cuando vivía ahí, había que abrigarse mucho para ir y volver del baño, que estaba fuera de la casa, y en el pasillo no había calefacción. Era invierno”, agrega. En el invierno noruego, igual de problemático que el frío es la falta de sol: solamente hay cinco horas de luz por día. Así, mientras atravesaba el invierno noruego describía e imaginaba el verano brasileño.

“El seguro de desempleo me permitía tener una pequeña remuneración económica y tiempo para escribir. Más adelante, obviamente tuve que empezar a buscar trabajo porque me lo exigía el Estado, así que tenía que ir a unas oficinas tres veces por semana. Escribía por la tarde y durante la mañana del día siguiente, en lugar de buscar trabajo, me dedicaba a corregir lo que había escrito el día anterior. Al cabo de unos cinco meses volví y terminé de escribir la novela en Buenos Aires”.
Lo exótico como literatura
Respecto a la elección de Picinguaba -un pueblo pesquero de la costa del estado de San Pablo- como territorio en donde se desarrolla la novela, Solberg dice: “Que sea en Picinguaba se me ocurrió cuando estuve de vacaciones ahí, y también la idea del experimento que realiza el personaje. Es un lugar exótico que representaba algo para mí. Creo que tiene que ver con que estoy acostumbrado desde chico a leer literatura extranjera y traducida. La literatura siempre representó para mí un escape a algo lejano, fuera del costumbrismo y lo que tengo a mano. Picinguaba representaba un poco eso”.
El protagonista de la novela, apático, sin nombre, parece sacado de una época irrastreable. “Tenía muchas ganas de escribir sobre ese experimento desproporcionado. Con esa idea como punto de partida, tenía que construir un personaje que decidiese avanzar en esa dirección, tomar esa vía de escape como única posibilidad de sobrevivir en el mundo. Un personaje que tuviese que llegar a una determinación semejante tenía que estar desesperado y, por eso, tuve que privarlo de las vías de escape más comunes: amistades, una pareja. Para él esas puertas están cerradas”.

La autoficción y la literatura compartida
El hecho de la muerte de su madre en su temprana infancia y en condiciones muy similares a las narradas en su novela fue un punto de partida autobiográfico. Sin embargo, afirma que “nunca fue una meta escribir las cosas tal cual me pasaron a mí. La idea fue valerme de algunos puntos autobiográficos para luego desarrollar una historia. Hubo algunos familiares que me dijeron que se acordaban de algunos hechos de manera diferente, lo cual no me molesta en absoluto”.
Sobre el miedo a escribir en un mundo donde cada vez lee menos gente, Pablo Solberg dice no tenerlo. “Me parecía importante lanzar una obra al mundo porque iba a volver social un ejercicio solitario por excelencia. Pero el número de personas con las que entre en contacto la obra no me resulta tan relevante. No me preocupa que ahora se lea menos”.
Actualmente, se encuentra empezando una novela nueva que va a transcurrir en Noruega. Sobre si planea volver a Buenos Aires me respondió igual que el personaje de su libro —en aquel final tan frío—: por el momento no planea volver.
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