
Joaquín Sabina hizo poner de pie en varias ocasiones a los espectadores del teatro del Madison Square Garden de Nueva York, el jueves por la noche. La escasa voz del cantautor español de 74 años fue perdonada por un público que estaba rendido de antemano.
Sabina no pronunció una palabra en inglés en las dos horas de concierto, tal vez porque sabía a qué público se estaba dirigiendo: una amalgama de todas las comunidades latinas de Nueva York, que conocían de memoria todas sus canciones, incluso las más recientes. “Este público latino tiene la misma patria que yo, que no es un territorio, sino una misma lengua”, proclamó al comienzo del concierto, para recibir una de las muchas ovaciones que le entregaron a lo largo de la noche.
Y más cuanto les agradeció que a la misma hora de su concierto, otro grande como Bob Dylan estuviera cantando en el Beacon Theatre y los allí presentes en el Madison -bromeó- hubieran preferido ver al cantante español por delante del estadounidense
Abundaban en la sala los mayores de cuarenta años, y aún más los mayores de cincuenta, que habían pagado cerca de 100 dólares hasta abarrotar los 5.500 asientos de la sala del teatro y que en algunos casos venían desde otras ciudades de Estados Unidos.

Aunque aplaudieron todas las canciones -veinte en total-, era obvio que ese público había acudido a escuchar los temas míticos de Sabina, y se entregó hasta el delirio cuando llegó el momento de “Por el bulevar de los sueños rotos” y el cantante calló para todos coreasen a voz en grito “... como llora Chavela”.
Sabina sabe que sus fuerzas no le sobran, y así como compensa con el micrófono su pobre voz quebradiza -que se siente más en los momentos en que habla y no canta-, también evitó el menor desgaste físico y pasó todo el concierto sentado en un taburete o en una silla baja mientras cantaba.

Hubo un par de ocasiones en que Joaquín Sabina se retiró al camarin para dejar que otros integrantes del grupo cantasen en su lugar, pero el público no se lo tuvo en cuenta: incluso en algún momento corearon su nombre con un “Oé, oé, oé, oé... Joaquín, Joaquín”. Fue en la segunda hora del concierto cuando el cantautor le dio al público lo que había venido a oír: grandes éxitos como “Un amor para la Magdalena”, “19 días y 500 noches” o “Princesa”, que con su ritmo rockero puso a todo el mundo a bailar.
Una despedida que nadie se creyó duró apenas unos minutos y toda la banda salió de nuevo al escenario: Sabina, ahora con su característica chistera negra, entonó “Contigo” y, como fin de fiesta, enlazó -lo que ya es un clásico- “Noches de boda” con “Y nos dieron las diez”. El público, abrazado, entonó a viva voz la última canción, sabedor de que será probablemente la última vez que vean a su ídolo en un escenario de la Gran Manzana.
Fuente: EFE
[Fotos: EFE/Ángel Colmenares]
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