
La Bienal de San Pablo, la mayor muestra de arte contemporáneo del hemisferio sur, abre este miércoles sus puertas con un número récord de artistas de color y una llamada a imaginar lo imposible tras el paso de la pandemia y del expresidente ultraderechista Jair Bolsonaro.
En el emblemático pabellón de la Bienal, diseñado por Óscar Niemeyer, hay un bosque bajo asedio. Una carabela con un inquisidor al frente se estampa contra el dios indígena del agua, mientras un Mickey Mouse con la máscara de Darth Vader se dispone a cortar con una motosierra el falo de un espíritu de la naturaleza.
Pero no todo está perdido. En un rincón, la divinidad filipina del viento llena sus pulmones de aire para llevarse lejos a una “diosa” del panteón hollywoodiense, Marilyn Monroe.

“Matándonos suavemente con sus canciones, rezos, alfabetos, mitos, superhéroes…” es una instalación de madera tallada del filipino Kidlat Tahimik, de 80 años, con la que busca reivindicar las “historias locales” frente a las referencias de Occidente. “Estamos cansados de sus historias: tenemos las nuestras propias”, afirmó Tahimik, que se ha vestido con un taparrabos tradicional con motivo de la inauguración de la 35ª edición de la bienal, la segunda más antigua del mundo después de la de Venecia.
La muestra de este año lleva por título “Coreografías de lo imposible”, una invitación a cuestionar a través del arte aquello que es tachado como fuera de límites por las esferas de poder. Aunque Bolsonaro, conocido por sus declaraciones racistas y misóginas, ya no gobierna Brasil, la Bienal no baja la guardia y propone una crítica a la violencia ejercida contra aquel que es diferente. Hasta el 10 de diciembre, el pabellón desplegará en sus 30.000 metros cuadrados 1.100 obras de 121 artistas de todo el mundo.

La bienal más diversa
Más del 80 % de los que participan en esta edición no son blancos, un porcentaje que no ha parado de crecer en los últimos años. El equipo de curadores refleja este reequilibrio. Tres de los cuatro responsables de la exposición son personas de color: la curadora Diane Lima y el antropólogo Hélio Menezes, ambos brasileños, y la artista y psicóloga Grada Kilomba, portuguesa de ascendencia africana.

El cuarto es el historiador del arte español Manuel Borja-Villel, exdirector del Museo Reina Sofía en Madrid, quien habla de la necesidad de romper con la “episteme occidental”. “El europeo se imaginó universal, pero la ‘libertad, igualdad, y fraternidad’ de uno significaba la ‘desigualdad’ del otro”, señaló.
Pese a la amplia presencia de indígenas, personas negras y minorías sexuales en la muestra, Kilomba niega que hayan elegido a los artistas en función de categorías. “No trabajamos con conceptos como raza o género. Queremos ir más allá de estas categorías que a veces limitan. Trabajamos con artistas que tienen respuestas imposibles a cuestiones urgentes”, afirmó.

A veces, la respuesta a los debates actuales implica volver la vista atrás. La instalación de la brasileña Luana Vitra, artista negra de 28 años, reflexiona sobre la esclavitud en las minas coloniales de su región.
Unas flechas de hierro, símbolo de buena suerte en las religiones afrobrasileñas, cuelgan del techo y apuntan hacia unas figuras de canarios, que avisaban a los esclavos de los escapes de gas tóxico en la mina. “Veo el arte como un proceso de cura de toda esa violencia histórica”, explicó.

Curar y también resistir. El artista y activista indígena Denilson Baniwa, de 39 años, ha instalado un campo de maíz de 250 metros cuadrados en la planta baja del pabellón. Es un recordatorio de la capacidad del pueblo guaraní para sobreponerse a la violencia de los colonos y continuar cultivando, con la certeza de que “un nuevo día surge después de la pesada noche”.
Parte de un trabajo titulado “Kwema / Amanecer”, los tallos, todavía verdes, irán creciendo a lo largo de los tres meses que dura la muestra. Cuando el maíz esté maduro, se cosechará y se servirá en un almuerzo colectivo, porque ¿quién dijo que una Bienal dedicada a imaginar lo imposible no podía cosechar?.
Fuente: EFE
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