
Este año he tenido el privilegio de ver en el Festival Grec de Barcelona tres espectáculos extraordinarios que mezclan diversas artes vivas. Tres obras magnéticas que nos recuerdan que en el laboratorio colectivo de cuerpos que actúan, danzan e imaginan juntos se abren vías utópicas de futuro.
Para destripar sobre el escenario las contradicciones del deseo, en Carnación, la bailaora Rocío Molina dialoga tensa con una silla, una violinista, un vestido rojo, un coro, una soprano, el ex flamenco Niño de Elche y el arte del shibari (los nudos eróticos japoneses).
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En una propuesta de circo metafísico, el francés Boris Gibé explora la nada y el vacío, en L’absolu, mediante acrobacias y efectos visuales, sumergiéndose y buceando en una gran montaña de arena.
Y en Ink, el griego Dimitris Papaioannou también juega con los límites del lenguaje performativo inundando literalmente el escenario y creando un horizonte postapocalíptico donde conviven dos náufragos que bailan o luchan o se quieren o qué sé yo.
En su ensayo Estética de laboratorio (Adriana Hidalgo Editora), el escritor argentino Reinaldo Laddaga afirma que buena parte de los artistas más relevantes de nuestra época convergen en una serie de rasgos definitorios. Como la autoexposición; las colaboraciones y estructuras anómalas; el relato de relaciones difíciles entre personajes y objetos que no comparten un horizonte común; o el uso de materiales menores. La cuerda, la arena, el agua.
Yo añadiría que también coinciden en una naturaleza extrañamente utópica. No me refiero al segundo significado de utopía (“Representación imaginativa de una sociedad futura de características favorecedoras del bien humano”), sino al primero: “Plan, proyecto, doctrina o sistema ideales que parecen de muy difícil realización”. Los nudos de Molina, el cilindro metálico donde tiene lugar L’absolu o la manguera siempre borboteante de Papaioannou trabajan con la dificultad técnica extrema. La armonización de elementos discordantes en un mismo espacio y con un tempo determinado supone un reto brutal.
El objetivo de la mejor experimentación artística es que un proyecto muy arriesgado se realice, exista, pese a que pareciera imposible cuando solamente era una idea. En el proceso creativo se van encontrando las estrategias, las fórmulas para que lo imaginado se vuelva real. E impacte en los espectadores que cocrean la esfera en que esa coreografía de cuerpos, voces, músicas, luces y objetos performan y adquieren sentido.

No sólo las artes vivas más innovadoras y desafiantes se impregnan de ese espíritu utópico. Es intrínseco desde siempre a las obras colectivas, las orquestas, las compañías de danza y teatro. Tal vez por eso los espectáculos en vivo no sólo siguen gozando de una capacidad particular para llevarnos a la emoción y a la comunión, en un mundo dominado por las pantallas; sino que también mantienen activo un latido político que cada vez es más infrecuente en otras manifestaciones culturales.
El 40.° aniversario del Grupo de Teatro Catalinas Sur, en el barrio de la Boca de Buenos Aires, es un buen pretexto para considerar estas cuestiones, en el otro extremo del espectro: el del teatro y el circo populares, hechos por vecinos y vecinas, en la zona amateur que, por su rigor y entrega, se confunde con la profesional.
Cerca de 500 personas colaboran actualmente en las actividades que organizan en su Galpón y en otros espacios, desde las obras de teatro comunitario como El Fulgor Argentino o Venimos de muy lejos, hasta los talleres de títeres y música.

La iniciativa del director Adhemar Bianchi –que dirigió el Teatro Circular de Montevideo antes de su exilio en 1973– ha inspirado proyectos similares en toda Iberoamérica. El teatro es una forma natural de cohesión social. Y Catalinas Sur no es sólo capaz de llevar a cabo en su propia sede obras en las que actúan cien personas, también intervienen en las plazas y en las escuelas de La Boca y tejen redes con otros barrios y otras ciudades.
La codirectora de la actividad teatral es ahora Nora Mouriño, que empezó como actriz y creció como coordinadora de actividades y asistente de dirección. Vive en un conventillo cerca de la cancha de Boca Juniors. Cuando regresé junto a ella al Galpón el pasado mes de marzo, había un grupo de jóvenes tomando helado en la vereda. Una docena de chicos y chicas que habían crecido juntos, en la órbita de las obras y los talleres. Ella entró a por cucharas. Y yo me quedé pensando en que durante los últimos veinte años, gracias en buena parte a Catalinas Sur, esas calles han sido cada vez más seguras y, sobre todo, más hospitalarias e interesantes.
El Fulgor Argentino se representó en 2001 en el Festival Grec de Barcelona. El viaje a Europa de 89 vecinos forma parte de la mitología del grupo de teatro.
La obra cuenta, con mucha música y algo de tango, la historia del país desde 1930 a través de la evolución de un club de barrio. Evita y Perón, la dictadura militar y los desaparecidos, la euforia espejismo del gobierno de Menem, el “Corralito”. Pero al final el pasado concluye y el espectáculo se abre al futuro. La obra finaliza en 2030, con una utopía. Y con una canción que dice: “Y a cantar/que estamos vivos y esto hay que celebrar/ somos la historia que el futuro va a contar/ y mal o bien nos recordarán./ Con la memoria/ la esperanza/ resistirá”.

Aunque se refieran a la ficción y los hechos históricos que se han ido sucediendo en el escenario, con ritmo y fuerza emocional, en verdad remiten también al propio proyecto. Durante cuatro décadas, Catalinas Sur ha construido mundo a su alrededor. Ya es historia que el barrio del futuro contará. Más bien que mal. Pura y constante resistencia.
Dice el filósofo italiano Giorgio Agamben en Desnudez (Adriana Hidalgo Editora): “el contemporáneo no es solamente aquel que, percibiendo la oscuridad del presente aferra la inamovible luz; es también aquel que, dividiendo e interpolando el tiempo, está en grado de transformarlo y de ponerlo en relación con los otros tiempos, de leer de modo inédito la historia, de citarla según una necesidad que no proviene en algún modo de su arbitrio, sino de una exigencia a la cual no puede no responder”.
En el núcleo de nuestro momento histórico se encuentra el conflicto entre la utopía y la distopía, esas dos nociones polisémicas que se confunden en un pantone intermedio de grises. De las infinitas intervenciones artísticas que se realizan en ese marco conceptual, las teatrales y performativas, tanto si son experimentos vanguardistas como si son sociales y comunitarias, tienden de un modo particular hacia lo utópico por su carácter de difícil creación colectiva. Aunque exista un director o una líder, sobre el escenario responde un nosotros, que nos incluye.
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