Cuando Mario Benedetti estaba en sexto grado del Colegio Alemán de Montevideo, un profesor le comunicó que a partir de ese momento, cada vez que un docente ingresara al aula, ellos, los alumnos, niños de diez, once años, debían extender el brazo, mantener la mano abierta, los dedos juntos, la palma hacia abajo, y ofrecerle sus respetos. El saludo fascista, el saludo nazi. El colegio tenía dos divisiones por grado: en la A estaban los que pertenecían a familias alemanas y en la B el resto, los demás. Benedetti integraba la división B y, aunque aún era chico para comprender al detalle lo que se estaba gestando del otro lado del Atlántico, en Alemania, la muerte, el exterminio, tenía cierto orgullo de pertenecer a su grupo. “Casi todos los recreos nos agarrábamos a trompadas: la clase A contra la clase B”, contó en una entrevista de 1978 en el programa A fondo por la Televisión Española. Faltando quince días para que se termine el año escolar, su padre, farmacéutico, se enteró del saludo y en ese verano lo cambió a un liceo público. “Su admiración por la química alemana no llegaba al nazismo”.
Por entonces ya escribía. El virus estaba presente. Cuenta Hortensia Campanella en la biografía Mario Benedetti: un mito discretísimo: “La actividad literaria de Mario comenzó muy tempranamente. Aunque no quedan pruebas escritas, siempre habla de los poemas en alemán que le servían para responder a las tareas del colegio, para asombro de los maestros. Alimentado de lecturas obsesivas, poco después escribió una novela ‘de capa y espada’ llamada El trono y la vida, de la que sólo queda el recuerdo en los dos hermanos. Y con Raúl [su hermano, seis años menor] apenas crecido, escribía a máquina un periódico, haciendo copias con papel de calco, que su hermano vendía por el barrio”. Y aunque la infancia tenga, según las palabras del propio Benedetti, “geniales demagogos” y “impecables paleontólogos” que la vuelven un “estanque de azogada piedad”, también es, y sobre todo, “otra cosa”. Pero, ¿qué cosa? Ahí está, tal vez, una de las claves de su literatura; o mejor dicho: una forma de leerla. Como una luz que se posa sobre el punto exacto donde la fascinación infantil y el aturdimiento de la adultez se tocan.

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Dos ejemplos. En “Esa boca”, cuento de Montevideanos (1959), un niño le pide a su padre: “¿No habría forma de que yo pudiese ir alguna vez al circo?” Ya habían ido sus hermanos mayores y sus compañeros de la escuela. “Cada día se le iba siendo más difícil soportar su curiosidad”. El problema eran los trapecistas: no quería que viera su peligrosidad. Finalmente le da el permiso, pero al momento del número se iría. Y así fue, pero antes, los payasos: uno de ellos, “el más cómico”, “se acercó a la baranda que limitaba la pista, y Carlos lo vio junto a él, tan cerca que pudo distinguir la boca cansada del hombre bajo la risa pintada y fija del payaso”. Otro cuento, “Datos para el viudo”, La muerte y otras sorpresas, 1968. Un hombre llora a su esposa recién fallecida. Un desconocido lo visita y le cuenta cosas de su mujer. “Qué diferente cuando ella le dijo, antes de casarse, no eres el primero, qué diferente a imaginarla ahora junto a hombres concretos, altos, bajos, imberbes con caritas de manzana y granos asquerosos, y otros más varoniles, con duros ojos de codicia y manos que no imaginan, manos que recorren simplemente la carne”.
¿Y qué hacer frente a esa decepción que se desparrama en medio de las expectativas? En un haiku de 1999 escribió: “un pesimista / es sólo un optimista / bien informado”. La escritura, su literatura, sobre todo la poesía, es una respuesta a la pregunta por el sentido siempre escurridizo de la existencia, donde la nostalgia y la esperanza forman parte del mismo ovillo, del “mismo hilo”. En ese juego de luces y sombras, de caras y contracaras, donde conviven el humor y la tragedia, lo cotidiano y lo mítico, se proyecta una obra que adquirió popularidad por sus ingenios y su facilidad de lectura. Para muchos, una puerta de ingreso al continente de la imaginación no automatizada que es la literatura; lo que no es poco. Ahí, en sus libros, en su obra, hay de todo: cabe el lenguaje universal del amor con piezas ya clásicas como “Mucho más grave” —”Todas las parcelas de mi vida tienen algo tuyo...”— y el de las pequeñas resistencias cotidianas que se permiten “buenos odios esos que ennoblecen”. Aún reducido a frasecitas con amaneceres de fondo y ediciones pastiche, en la vasta e inabarcable obra de Mario Benedetti hay oro.

Por peso y por tradición, pertenece a una generación donde es muy difícil separar vida y obra. Son dos caras que se enlazan y que se leen como lo mismo. Claro que hay diferencias, claro no tendrían por qué tocarse, pero incluso él mismo se ha encargado de abogar al malentendido; o, mejor dicho, dejarlo fluir entre las manos de los lectores. En la segunda mitad del siglo XX, los escritores de América Latina formaban parte de un clan hoy cada vez más extinto: los intelectuales. Eso, a Benedetti, le costó muy caro. Con el Golpe de Estado en Uruguay de 1973 se exilió en Argentina. En un viaje a Perú fue detenido, deportado y amnistiado, entonces se instaló en Cuba. Ahí vivió desde mediados de 1975 hasta finales de 1979. Luego vivió en España hasta que en 1985, ya sin dictaduras en el cono sur —salvo la de Paraguay, que terminaría en 1989—, regresó a Uruguay. Siguió escribiendo, no sólo narrativa, también artículos periodísticos, pero sobre todo poesía (”mi género predilecto”), hasta que el 17 de mayo de 2009, pasadas las seis, cuando todavía el sol no se había metido en el horizonte, murió en su casa, en Montevideo, a los ochenta y ocho años.
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