
Según la web de La Furia del Libro, feria de editoriales chilenas, un 52,8% de los chilenos se declara “no lector”, y la tasa de compra anual de libros por persona es menor a dos libros al al año. A diferencia de Argentina, Colombia, Uruguay, Perú y Brasil, en Chile no solo los libros tienen IVA, sino que es una tasa del 19%, casi cuatro veces mayor a la media mundial.
Este año, la Feria del Libro de Buenos Aires tuvo a Santiago como ciudad invitada. El objetivo es, en parte, posicionar a Santiago como polo cultural y editorial, y destacar su oferta literaria. Dentro de la feria participaron, además de diversas editoriales: Raúl Zurita, Nona Fernández, Alejandro Aravena y Claudio Alvarado, entre otros.
El pasado 13 de mayo anunciaron que el año que viene le tocará a Lisboa, destacada por Enrique Avogadro como “ciudad amiga, integrante de las redes de ciudades culturales de las que también participa Buenos Aires”.
Infobae Cultura conversó con editores de cuatro editoriales independientes chilenas, en relación a sus proyectos y el contexto de producción y difusión de la literatura en Chile:

La Pollera
La Pollera arrancó en 2007 como un proyecto universitario. Nicolás Leyton y Simón Ergas, en ese momento estudiantes de Letras en la Universidad Católica, buscaron hacer una revista cultural que no fuera especializada ni densa, sino con la idea de sacar producción cultural de la academia al público general. Recién en el 2010 nace la editorial y, desde entonces, publican narrativa, poesía, ensayo y crónica. Cuenta Nicolás Leyton: “Le dije a Simón que hiciéramos una empresa para imprimir la revista. Armamos la maqueta, invertimos plata, salimos un año a conseguir auspicios y no conseguimos nada. En los primeros años ni Simón ni yo ganamos un peso. En ese transcurso, nos encontramos unos manuscritos de José Edwards, a raíz de lo cual ganamos un Fondo y editamos tres libros. Ahí empezamos a producir”.
La línea editorial, vía esta experiencia, se estrena con el “rescate patrimonial”. El catálogo incluye autores extranjeros reconocidos como Stephan Zweig o Anne Carson, y otros insurgentes como Andrés Montero, Constanza Gutiérrez o Álex Saldías. “Apostamos mucho a primeras obras, aunque también con el tiempo empezamos a publicar autores con más de una publicación sobre el cuerpo. Hasta el día de hoy, que nos va un poquito mejor, seguimos apostando a autores que nadie conoce. Es muy gratificante construir editorialmente a un escritor”.

Kindberg
Kindberg es una editorial de narrativa, fundada en 2015 en Valparaíso. El nombre surge a raíz de “Lugar llamado Kindberg”, cuento de Julio Cortázar. Su editora, Arantxa Martínez, afirma que: “El proyecto surgió ante la necesidad (o, mejor dicho, el deseo de leer a autores que no estaban publicados en Chile o la distribución de cuyos libros en el país era muy minoritaria; en concreto, queríamos leer a Sergio Chejfec y era casi imposible encontrar sus libros”. Antes de fundar Kindberg, Martínez trabajaba para otras editoriales, como Planeta, Salamandra o Wolters Kluwer.
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Los autores publicados provienen de todo el mundo: desde los chilenos Diego Armijo, Fernando Mena, María José Navia y Andrés Nazarala, hasta autores extranjeros como Enrique Vila-Matas, Roque Larraquy, Laia Jufresa, Andrea Abreu y el mismísimo Sergio Chejfec. Concretamente, lo que buscan al momento de enfrentarse con un manuscrito es que el texto tenga una voz propia. “Que no parezca como si estuviera leyendo el diario o cualquier texto estándar”, cuenta Martínez.

Alquimia
Alquimia es una editorial autónoma que nació oficialmente el año 2011, aunque desde el 2007 publicaron libros en formato artesanal. El nombre, tal cual su definición, lo entienden como “un compromiso con los materiales que están en movimiento: la palabra, la cultura, la imagen y la posibilidad crítica del lenguaje”. El equipo entero está compuesto por escritores y autores, destacándose en cada uno el amor hacia la literatura.
Publicaron hasta la fecha más de ciento cuarenta libros, incluyendo narrativa, poesía, ensayo, crónicas, diarios de vida y artes visuales. Guido Arroyo, director editorial, comenta que “Alquimia siempre se ha caracterizado por una pulsión hacia las obras experimentales. Buscamos libros que nos perturben, que generen rarezas, que desafíen las estéticas, que tengan una búsqueda contracultural”.

Montacerdos
La editorial Montacerdos nace en Santiago en 2012, como iniciativa de tres escritores: Juan Manuel Silva, Diego Zúñiga y Luis López-Aliaga. El primer título que publicaron fue Cuando hablábamos con los muertos, de la argentina Mariana Enriquez. Sobre los inicios, nos cuenta Diego Zúñiga que “nos pareció interesante poner en discusión esas ideas y apostar por un proyecto editorial en un tiempo en que este tipo de proyectos en Chile recién comenzaban a tomar más fuerza”.
El catálogo incluye géneros diversos: cuento, poesía, novelas, ensayo y cómic. Además, va desde Henry David Thoreau, escritor y filósofo del siglo XIX, hasta autores contemporáneos como María Moreno, Jazmina Barrera, Juan Cárdenas o Margarita García Robayo.
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La edición en Chile
Desde hace ya más de una década Chile sostiene políticas públicas que auxilian a la cultura literaria. Existe, por ejemplo, la Política Nacional de la Lectura, el Libro y las Bibliotecas, que, desde 2006, aborda de manera sistémica los desafíos que presenta el ecosistema del libro. Este proyecto reconoce la importancia del acceso a la lectura y el libro como un derecho de todas y todos, a ser garantizado por el Estado.

Sin embargo, hacer una editorial no es sin desafíos y conflictos. Guido Arroyo destaca la dificultad de crecer: “El mayor desafío fue atravesar la crisis y estabilizarnos. La editorial al principio era algo anexo a mi vida, y me terminé viendo enmarañado en crecer. Ese tránsito hacia una editorial sólida fue lo más complejo. No fue crear una comunidad de lectores o publicar obras premiadas, sino encontrar la identidad propia que atraviese a las subjetividades. Crear un organismo autónomo que no tenga rostro, lograr que el proceso siga en marcha independientemente de quienes estamos ahí”.
Otra dificultad que puede aparecer es la del oficio. No es cuestión de saber únicamente corregir un texto, o diseñar una galera, incluso resolver la distribución. Como afirma Diego Zuñiga: “Creo que el mayor desafío ha sido aprender a entender cómo funciona una editorial en un campo cultural y un mercado determinado como el chileno, y partir de ahí definir qué es lo que queremos ser dentro de ese entramado”.
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La economía no siempre acompaña a los proyectos independientes. Al igual que como sucede con Buenos Aires, hay una centralización en Santiago, y la distribución es costosa por las largas distancias. Además, el mercado chileno es más chico que el argentino, aún estando en crecimiento, por lo que editoriales como Montacerdos han expandido su oferta más allá de la ficción. Guido Arroyo, que, además de editor de Alquimia es distribuidor de Big Sur, afirma que: “Cada vez hay más espacios para la bibliodiversidad, para temáticas más disruptivas, para textos que hace diez años se veían como under. El ecologismo, el feminismo, los textos político-críticos o sobre música experimental, o mismo la literatura asiática parecían lejanos y ahora están apareciendo cada vez más en la industria del libro”.
Al igual que en Buenos Aires existe la FED, la Feria de Editores, en Chile existe la Furia del Libro. Con el objetivo de reivindicar la lectura y la producción editorial, y pensando a la literatura como “la memoria de un pueblo”, organizan el evento desde 2009. Simón Ergas, editor de La Pollera y director de La Furia del Libro, compartió que: “Es un espacio para editoriales muy colaborativo, en donde no compiten entre ellas sino que levantamos la feria entre todos. Todos tenemos libros distintos, al final. Este año vamos a dar un pequeño avance político, porque vamos a hacer la Feria de independientes en donde se hace la FIL, la Feria del Libro. Es como si hicieran la FED en la Rural. Van a haber 206 mesones, y va a ser gratuita al público”.

Otro problema que identifican los editores tiene que ver con la accesibilidad de los libros para el público. El envío de región a región puede salir más caro que el libro mismo. Al igual que la argentina, la industria chilena también se está viendo afectada por la crisis del papel, que aumenta mucho los valores del libro y vuelve más difícil su acceso a las clases más bajas. En palabras de Arantxa Martínez: “Si se tiene en cuenta que el sueldo mínimo en Chile es de $450.000 pesos chilenos y un libro promedio cuesta alrededor de $15.000, el acceso a los libros sigue siendo minoritario (con uno de los IVA más alto de Latinoamérica, además)”.
Lo económico, lógicamente, no afecta solo al lector, sino también a los editores. Es, en parte, lo que subraya Nicolás Leyton respecto de los desafíos más grandes a la hora de construir una editorial: “La planificación comercial es la más difícil. Administrar presupuestos, calcular tirajes. Tuve que hacer cursos para no fundirnos a los tres meses”.
Otra iniciativa mencionada por los entrevistados es la asociación de Editoriales de Chile, organización que, habiendo arrancado en el año 2000 con siete sellos editoriales, hoy abarca más de ciento treinta. Editoriales de Chile busca promover el desarrollo de la industria nacional y latinoamericana, además de democratizar el libro y la lectura en la sociedad chilena.
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El siguiente paso sería reforzar los vínculos con la educación. Según Guido Arroyo: “En general no se trabaja en simbiosis entre la educación y la cultura. Más que subvencionar ciertas cosas, lo que ayudaría es generar más y mejores lectores. Es lo que muchas veces falla”.
En este mismo sentido, afirma Simón Ergas: “Un año, en la Furia del Libro usamos como lema ‘No basta con leer’. Hay muchos centros comerciales en Santiago que toman la bandera de la lectura para hacer marketing. Nos falta entender qué es leer y qué no lo es. Leer como acto está muy bien. De repente, con los lenguajes sintetizados de WhatsApp, con el emoji y la síntesis gráfica, algo de eso se pierde”.
En este sentido, cierra Diego Zúñiga: “Las trasnacionales tienen un poder económico que dificulta la posibilidad de discutir -en términos de mercado- con ellas, y las políticas públicas tampoco ayudan mucho como para emparejar en algo esa cancha. Es difícil, pero no hay que perder el optimismo”.
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