
Escribir para amplificar la visión del mundo, para dejar una huella diferente a la hegemónica, es lo que lleva una vida haciendo el tanzano Abdulrazak Gurnah y por eso obtuvo el Premio Nobel de Literatura en 2021, y lo hace por una “necesidad de denunciar lo que no está bien”.
“Cuando los que están en el poder están falsificando la narrativa, tú quieres decir que así no son las cosas”, asegura el autor de Paraíso y La vida, después.
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–¿Siempre quiso ser escritor?
–No, no siempre porque me parecía una ambición muy grande para aspirar a ella. Yo crecí en la generación de la descolonización, y todo el mundo -nuestros profesores, nuestros padres- nos decían que teníamos que hacer algo útil para la sociedad, aún lo dicen, y escribir un libro no era útil para nadie. Teníamos que hacer ingeniería, medicina, derecho, etc.
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Así que nunca pensé que esto podría ser una carrera por dos razones: la primera, me parecía una ambición muy grande y la segunda, porque pensaba que debía hacer algo útil. Y de lo que me di luego cuenta es que necesitamos la literatura tanto como necesitamos el resto.

–Además, la cultura suajili es de tradición puramente oral y no hay tanta gente que se dedique a escribir, ¿no?
–Sí se escribe, pero se transmite oralmente porque no todo el mundo puede leer ni tiene acceso a los textos. Pero la gente se sabe las historias, los poemas y las canciones, y las recita. Por ejemplo, hay un poema famoso en suajili llamado “al-inkishafi” (Despertar del alma) que es probablemente del siglo XVII. Nos mandaban a estudiarlo en el colegio y como era de esperar, un poema del siglo XVII en cualquier idioma dado a estudiantes tres siglos después es difícil de entender porque el idioma ha cambiado.
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Los deberes consistían en analizar el poema, mostrar que habías entendido lo que esos versos querían decir. Estaba trabajando en ello y mi madre me preguntó qué me pasaba. Y yo le dije: “No entiendo esta línea que dice blablabla” y ella me recitó los siguientes versos. Y puede parecer normal, pero ella nunca fue a la escuela, no sabía leer, pero se sabía el poema. Este es un ejemplo de cómo la literatura se transmite.
–¿Qué le hace seguir escribiendo?
–¡Estoy enganchado! Es como con todo, cuando empiezas, cuando has dedicado tu existencia a algo, ya sea fútbol o escribir, se convierten en tu vida. Lo que me hace seguir escribiendo es la necesidad de hacerlo, de hablar sobre las cosas que veo y que necesitan ser contadas. Y cuando haces estas cosas seriamente las haces hasta que ya no puedes hacerlas.
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–En sus libros, quizás porque se fue de su país muy pronto, habla mucho de la no pertenencia, ¿qué es para usted el desarraigo?
–Es algo que nunca te abandona. Me fui cuando tenía 18 años, pero a esa edad tienes formada la mente y la forma de ver el mundo, incluso si no sabes demasiado. Estoy seguro de que en la gente que se va de los sitios donde creció, ya sea por voluntad o porque se han visto forzados, ese sentimiento nunca se va, nunca te olvidas y nunca lo superas; simplemente continuas viviendo con eso.
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Si eres escritor, vas a visitar esos lugares constantemente y a recordarlos, ya sea porque piensas en ello o porque vuelves ahí. Y es muy importante entenderse a uno mismo, de dónde vienes y qué significan estas cosas (...) para comprender un contexto más amplio lo que significa y cómo se relaciona con el lugar donde vives ahora. Así que el viaje nunca acaba, estás constantemente viviendo en los dos lugares.
–En un mundo de movimiento constante, donde hay exiliados, refugiados, migrantes, ¿el desarraigo se torna un sentimiento universal?
–En el mundo contemporáneo creo que este es uno de los principales acontecimientos. No porque sea nuevo porque la migración hace parte de la historia humana, lo que sí es nuevo -o relativamente- es el movimiento que proviene del sur, de territorios colonizados, hacia las sociedades prósperas del norte.
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En el siglo XVIII hubo millones de europeos viajando al resto del mundo y apropiándoselo porque lo necesitaban y tenían el poder para hacerlo, y nadie podía oponerse. Lo de ahora es una migración muy diferente con gente sin poder diciendo “ahí hay prosperidad y queremos un poco” o “nuestras vidas corren peligro, queremos escapar y el lugar más seguro son esos países donde la gente vive vidas tranquilas y prósperas”.
No hay nada inmoral en eso, hay un deseo de seguridad, de mejorar, las mismas razones por la que millones de europeos migraron en su momento. ¿Qué hay detrás de este pánico? Racismo. Piensan: “van a venir estos cabrones ambiciosos a robar nuestra prosperidad, a arruinarnos la vida. No importa si antes nosotros fuimos a arruinar sus vidas o incluso matarlos, era nuestro derecho porque teníamos el poder”. Es ese estúpido desconocimiento del significado del movimiento de personas que se ha producido desde hace años.
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–¿Puede la literatura de escritores africanos no hablar de colonialismo?
–Claro que se puede. Se puede hablar sobre otros temas más íntimos o sobre historias de amor y no mencionar el colonialismo, pero no se pueden obviar las consecuencias del colonialismo cuando piensas sobre los países africanos porque fueron fundados por el colonialismo. Todos estos territorios y las dificultades que tuvieron para convertirse en naciones de verdad son resultado de la forma arbitraria en la que el mundo se dividió para adecuarse a lo que le venía bien a las colonias.
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–¿Qué piensa sobre la exotización de la literatura sobre África?
–Le sirve a la gente que vende libros, pero no creo que la gente que vive en estos países se vean como animales exóticos o personas exóticas. Es una forma de mercantilizar a las personas y sus vidas por otras razones.
–¿Qué cambió en su vida después del Nobel?
–He conocido a mucha gente, hay nuevas ediciones (de mis libros) saliendo, traducciones, he visitado muchos países nuevos. Pero al final lo que espero cuando las cosas se calmen es poder volver a escribir.
Fuente: EFE
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