
Entre los griegos, Saturno reinaba detrás de su hermano Titán quien lo había condenado a comerse a cada hijo suyo para mantener sus privilegios, pues cada hijo era una amenaza a su status quo. Su mujer escondió de la voracidad del padre a Júpiter, Neptuno y Plutón. Adulto, Júpiter le hizo la guerra a Titán y a Saturno y los venció. En su triunfo también habían vencido los hermanos asesinados. Entre los romanos, Júpiter fue conocido como Zeus.
Siglos después el español Francisco de Goya, uno de los grandes pintores de la península ibérica de todos los tiempos, pintaría en uno de los muros interiores de la casa que había comprado Saturno devorando a su hijo, tal vez una de las imágenes más terribles realizadas por hombre alguno. Miren la mirada desorbitada, desesperada y a la vez insatisfecha. Miren el cuerpo del recién nacido cuya cabeza devora el padre. La fuerza inútil con que aprisiona el cadáver infantil.
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Tal vez sea, para siempre, el signo demencial del infanticidio. Por los tiempos de los tiempos.

Los infanticidios no son fenómenos aislados y secretos. Es conocido que en la China de la política de un solo bebé por familia, si del vientre materno es expulsada una niña no es infrecuente que se la ahogue. Así en varias otras culturas en las que la mujer es considerada inferior al hombre.
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No hay que viajar al otro lado del mundo. En 1977 una serie de intelectuales franceses encabezados por Michel Foucault pidió que se deroguen articulos de la edad de consentimiento para las relaciones sexuales y se despenalicen todas las normas sobre el consentimiento entre adultos y menores a la hora del sexo. Firmaron, luego de Foucault, Louis Aragon, Jean-Paul Sartre, Jacques Derrida, Louis Althusser, Roland Barthes, Simone de Beauvoir, Gilles Deleuze, Félix Guattari, Michel Leiris, Alain Robbe-Grillet, Philippe Sollers, Jacques Rancière, François Châtelet, Jean-François Lyotard, Francis Ponge, y varios destacados médicos y psicólogos destacados. Con el tiempo la mayoría renegaría de esta manifestación colectiva.
Tal vez la difusión de las imágenes de abusos contra niños y niñas que se convirtieron en una parte sofisticada del mercado sexual hizo que el punto de vista de los intelectuales cambie.
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Seguramente recordarán los versos de la canción “Todas las hojas son del viento”, de Luis Alberto Spinetta, incluida en el álbum Artaud, de 1973. Dicen así: “Cuida bien al niño / Cuida bien su mente / Dale el sol de enero / Dale un vientre blanco / Dale tibia leche de tu cuerpo”. Para una parte de la generación de aquellos años se volvió una guía sobre cómo criar a un hijo en libertad y con amor.
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Un objetivo heredado históricamente por generaciones de padres y madres que hacían todo lo posible porque sus niños vivieran en el mejor de los mundos posibles, o al menos, en uno mejor que el que les había tocado vivir a esos padres y compartir, de las muchas maneras que existen, el camino amoroso –y a veces ríspido– del crecimiento. ¿Quién no desearía realizar ese recorrido junto al hijo elegido para nacer?

Para no ir tan lejos y regresar a la pacifica La Pampa, para salir de la academia francesa o los infanticidios en el Oriente, ¿qué pasaba en la casa de Lucio Dupuy cuando su madre y su novia lo golpeaban, lo abusaban, fracturaban sus brazos, causaban hematomas, se paraban en sus espaldas de cinco años hasta que el cuerpo ya no pudo más, no pudieron más los pulmones, debió abandonar la existencia?
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No se debería atribuir a la demencia, porque no podrían ser las culpables juzgadas con las leyes de los hombres las madres de Lucio: Abigail Paz y Magdalena Espósito, una natural, otra por elección. Habría que separar también la cuestión de la pareja lésbica de esas madres asesinas como causa, pero sí se debería indagar sobre el qué.
Saturno devoraba a sus hijos porque de otro modo perdería sus privilegios. ¿Qué privilegio representaba Lucio a ganar o perder por estas mujeres?
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¿Qué desesperación insaciable en su mirada desorbitada se instalaba cada vez que salían a golpear a Lucio?
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