
Una boda es un ritual. Puede ser por amor, por necesidad, por conveniencia, pero siempre se festeja. En la Edad Media se decía que daba buena suerte llevar algo viejo, algo nuevo, algo prestado o usado y algo azul (el color representaba la fidelidad). Superstición o no, todos se esmeraban por respetar esta regla. En algún momento de la celebración se olvidaban de todo eso que llevaban puesto. La boda ha sido representada en todas las artes, incluso en la pintura.
Los rituales de unión no tienen un comienzo, —es imposible determinar un origen—, pero podría decirse que en Occidente, durante el tercer siglo, se estableció que el matrimonio era una institución fundamental. En las sociedades no cristianas, judías o musulmanas, no era la norma, de hecho sólo se usaba en las clases altas. Poco a poco se convirtió en algo natural. Las postales abundan en las artes plásticas. Cada artista le dio su toque estético y social.
“Una boda en el fotógrafo” (1879), de Pascal Dagnan-Bouveret
La foto que inmortalice el amor de los novios, ese primer día, el que salen de la iglesia, el que se dirigen a la fiesta, ese momento no siempre existió. El daguerrotipo —primer procedimiento fotográfico— fue difundido oficialmente en el año 1839. Cuando la fotografía surgió el mundo tuvo un gran cambio. No era solo tecnológico, también cultural. Y fue el pintor Pascal Dagnan-Bouveret quien lo supo capturar muy bien.
La obra Una boda en el fotógrafo es de 1879. Fue presentada en el Salón de París del mismo año. Allí vemos a un joven matrimonio posando en el estudio de un fotógrafo encargado de retratarlos, rodeado de sus amigos y familiares. La escena toma referencia al emblemático estudio de Avenue des Termes, París, pero él lo sitúa en Vesoul, donde tenía su taller en aquel momento. La pieza está llena de detalles: desborda elegancia y una emoción inquietante.

“El contrato matrimonial” (1743), de William Hogarth
En 1743 William Hogarth pintó el primer cuadro de una serie satírica titulada Matrimonio a la moda. Son seis obras —pintadas entre 1743 y 1745, todos se conservan en la National Gallery de Londres— que ofrecen una crítica social al matrimonio como institución burguesa. El primero es El contrato matrimonial y ofrece una postal típica: la pareja concertada entre el hijo de un conde en bancarrota y la hija de un comerciante rico pero avaro.
En la pieza se ve a través de la ventana la construcción parada de la nueva mansión del conde y a un usurero que negocia el pago para continuarla. El viejo conde señala un cuadro del árbol genealógico de su familia, mientras que el hijo se mira en el espejo, y la novia es consolada por el abogado. Dos perros encadenados entre sí en una esquina reflejan la situación de la pareja. (Spoiler: el matrimonio no funciona y en el sexto cuadro de la serie ambos mueren.)

“La boda” (1920) de William Roberts
Un cubista inglés. Así se definió William Roberts cuando le preguntaron por su estilo. Es cierto: no hace cubismo estricto porque sus obras evitan las líneas rectas, los movimientos cúbicos y el juego de mostrar varias caras del objeto retratado, sin embargo da cuenta de una enorme complejidad con movimientos simples. Un buen ejemplo es su obra La boda, pintada en 1920 y que hoy se encuentra en el acervo del MoMA de Nueva York.
Cuando la pinto, tenía 25 años, estaba en pareja con Sarah Kramer y tenían un niño recién nacido. Se casaron en 1922, sin embargo este cuadro es previo. ¿Qué representa? Vemos a una pareja tomada de la mano con varias personas detrás, posiblemente amigos y familiares. Los protagonistas están serios, no así el resto: lucen espantados. ¿Acaso se casaron en secreto y ahora quieren separarlos? Lo cierto es que la pareja se toma fuerte de la mano. Lo demás: interpretación.

“Casamiento en el campo” (1944) de Cândido Portinari
Cândido Portinari nació en Brodowski, Estado de São Paulo, Brasil, el 29 de diciembre de 1903 en el seno de una familia pobre y trabajadora. Las festividades populares y familiares eran todo un acontecimiento. Eso lo reflejó en su obra. Hizo muchas de matrimonios. A varias tituló igual: Casamento na Roça (o “Casamiento en el campo” o “Boda rural”, en castellano). La única distinción, más allá de la pintura, claro, es el año de producción y su destino final.
En Casamiento en el campo, de 1944, un óleo sobre tela de 98 x 79 cm, que pertenece a una colección privada, se ve muy de cerca a una pareja de novios tomada de la mano, en un paisaje árido, sobre un fondo casi desértico. A la izquierda, se encuentra la novia, de pie, mirando de frente, con la cabeza inclinada hacia la derecha, donde se encuentra su flamante esposo. Ambos tienen sus rasgos definidos: cara redonda, ojos grandes, nariz triangular, labios gruesos.
En el suelo hay algunos guijarros esparcidos y, un poco más atrás y a la derecha, se dibujan dos niños. Pese a esto, lo que se puede observar es que, a diferencia de otras bodas rurales pintadas por él, los novios están solos, en un momento de afectuosa intimidad, tal vez descansando de los invitados. Los niños que aparecen en la imagen están lejos, disfrutando, ellos a su vez, de su momento de regocijo.

“Novias de junio” (2012) de Gayle Kabaker
Si bien las relaciones homosexuales existieron desde siempre, en las últimas décadas se sancionaron leyes que brindaron derechosfundamentales. En Estados Unidos, hubo un caso paradigmático. Edith Windsor y Thea Spyer, ambas neoyorquinas, se casaron en Canadá en 2007 y el estado de Nueva York reconoció su matrimonio. Pero cuando Spyer murió en 2009, dejando su herencia a su esposa, la Justicia no lo permitió.
En 2010 Windsor presentó una demanda contra el Estado argumentando que la Justicia discriminaba a las parejas del mismo sexo. Durante esos años recibió mucho apoyo. Finalmente el 6 de junio de 2012 la jueza Barbara S. Jones dictaminó que era inconstitucional lo que se le estaba haciendo a esta mujer. La artista Gayle Kabaker realizó una obra titulada Novias de junio celebrando el matrimonio gay: fue portada de The New Yorker pocos días después.

“Baile de casamiento” (1566) de Pieter Bruegel el Viejo
Si hay algo que determina la gran mayoría de bodas del mundo es la celebración, el festejo. Casi cinco siglos atrás, Pieter Bruegel —conocido también como “el Viejo”— pintó ese momento. Fue una serie de tres cuadros: Baile nupcial y La boda campesina, terminados en 1567, y Baile de casamiento, en 1569. El último, que se encuentra en el Instituto de Artes de Detroit, representa a 125 invitados a la boda divirtiéndose en su ritual romántico.
Como era costumbre en el Renacimiento, las novias vestían de negro y los hombres llevaban bacalao. Esto marca una clave del cuadro: no es una boda individual, sino varias, muchos, que se unen y se conmemoran. Para esa época, la Iglesia y las autoridades no aprobaba el baile. Para los historiadores del arte, esta pintura es una crítica social al poder pero también una representación cómica, hedonista y sexuada de la clase campesina.
“El ojo de Brueghel —escribió Juan Gabriel Batalla— se centró en lo humano, en transpolar esas pequeñeces que hacen a lo cotidiano, de la risa a la tristeza, los oficios necesarios para sobrevivir, el miedo, el amor, la sorpresa. Fue un hombre obsesionado por capturar el corazón de una época más allá del canón del arte. Y un documentalista profundo, amplio y con una gran capacidad narrativa”.

“Una boda interrumpida” (1895), de Eugenio Oliva y Rodrigo
No todo es amor eterno. Mejor dicho: no siempre dura para siempre. De hecho, hay ocasiones que el amor, una vez consumado el matrimonio, duro lo que un suspiro. ¿No es acaso una postal que todos imaginamos la de la (o el) amante que ingresa en el momento justo en que el sacerdote los vas a declarar marido y mujer y provoca una explosión? Bueno, eso es justo lo que pintó Eugenio Oliva y Rodrigo en su cuadro Una boda interrumpida de 1895.
Este óleo sobre lienzo de dos metros de largo se encuentra en el Museo del Prado. Los colores, la composición, las indumentarias, los personajes, todos es muy de época. Es puro dramatismo. Una mujer toma del saco al novio, arrodillado frente a la novia. Junto a ella hay una niña (presumiblemente la hija ilegítima) y un señor mayor (¿el abuelo materno de la niña?). Las testigos acuden a la novia, la abanican, que está con los párpados caídos, seguramente recién desmayada.

“Casamiento con el arte” (2013) de Marta Minujín
Para Marta Minuijín, su verdadero amor siempre fue el arte. Por eso, el 30 de enero de 2013, el mismo día en que cumplió 70 años, durante una celebración en el Malba, decidió casarse con el arte. La artista plástica argentina llegó al museo en carruaje y luciendo un vestido de novia. En la vereda de la Avenida Alcorta arrojó varios ramos de flores para las personas que estaban esperándola. Hubo aplausos, fotos y serpentinas.
En una crónica de Infobae se lee: “La torta tampoco fue simple, no sólo porque tenía su imagen en ella, sino porque contaba con las típicas cintas que se suelen tirar en las bodas”. Fiel a su estilo, convirtió un evento en una performance, en un happening. Según el curador Rodrigo Alonso, “desde temprano, Minujín comprendió que la obra artística no podía quedar reducida a un objeto, y que la actividad del espectador tampoco podía limitarse a la mera contemplación”.
En pocos días cumplirá 80 y ya anticipó una nueva boda. Cuenta el periodista Juan Gabriel Batalla que “su Casamiento con la eternidad se celebrará en el Malba, en una especie de revival a su Casamiento con el arte de 2013. Pero no asistirá vestida como novia, de punta en blanco, sino con ese colorido característico que ya es todo un trademark inconfundible y es, como dijo a Infobae Cultura, en una muestra pasada: ‘El flúo es el color de mi alma’”.
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