Hay una cosa que hay que decir sobre Nuestra bronca, film documental dirigido por Shlomo Shlutzky y Tomer Shlutzky, quienes además son padre e hijo. Ellos viven en el Estado de Israel. Tomer nació allí. Apenas comenzada la dictadura en 1976, Shlomo, que había tenido una militancia de izquierda, tomó el camino del exilio. Fue por décadas corresponsal del diario Clarín en Israel y además dirigió películas sobre diversos temas. El trasfondo de este film es claramente político: ¿por qué no se logra que el Estado de Israel dé la autorización para que un ciudadano argentino buscado por la Interpol, sea llevado a su país para ser indagado por crímenes de lesa humanidad?
La llamada “mayor democracia de Medio Oriente” es huésped de un probable miembro del aparato genocida de la dictadura argentina y pese a las denuncias hechas desde hace una década, la justicia se mantiene firme en brindarle libertad a Aníbal Gauto, tal el nombre del denunciado represor. El tratamiento de la cuestión remite al de un policial negro. Es que también se trata de una historia extraordinaria. Por último, Nuestra bronca es un reducto de la afectividad entre las personas, entre un hijo y un padre que buscan una respuesta, entre un hombre que encuentra a un familiar que desconocía y cómo construyen un vínculo desde la nada. Infobae Cultura conversó con Shlomo Shlutzky, llegado a Buenos Aires para el estreno del film, sobre todos estos temas.

–Shlomo, antes de pasar al eje político central en su documental, ¿considera que está construido con las herramientas del policial negro?
–Creo que desde el punto de vista de Gauto hay una cuestión sobre el crimen perfecto. Él escapó hasta ahora de cuatro alertas rojas de Interpol. ¿Vos te escapaste de alguna alerta roja de interpol?
–No todavía, creo…
–Pero supongamos, si tuvieses una por alguna cosa, ¿te parece que serías capaz de escapar de una? Este se escapó de cuatro. El ministro Martín Soria en agosto se reunió conmigo y dos familiares de desaparecidos y dijo que haría todo lo posible por capturar a esta persona dentro del marco de la ley. En un apartado me dijo: “Pero esta persona que dice que solamente era un empleado y se escapa de cuatro alertas rojas de Interpol no es un perejil”. Yo le respondí que la otra opción es que tenga una cualidad de camaleón y que se vuelva invisible de repente. O que está protegido.

Se trata de Aníbal Gauto. En un desarrollo narrativo ficcional, sería la némesis de Shlutzky, quien busca contra viento y marea que sea juzgado por sus crímenes. En este caso, crímenes de lesa humanidad. Gauto abandonó Argentina antes de ser detenido para ser indagado por su participación en la represión ilegal bajo la última dictadura, que costó 30 mil desaparecidos, El lugar de actuación del ex agente civil de inteligencia del Ejército fue La Cacha, campo de concentración ubicado en La Plata por donde pasaron centenares de desaparecidos y otros tantos detenidos hasta su cierre a fines de 1978. El mismo campo de concentración donde fue desaparecido un primo del padre de Shlomo Shlutzky, Samuel, cuya existencia le había sido desconocida y menos su final atravesado por el plan genocida estatal. Menos sabía Shlomo que Gauto se había mudado (o escapado, lo mismo da) a Kiriat Bialik, una ciudad a cien kilómetros de donde los Shlutzky vivían. Allí, en 2012, descubrieron a su nuevo vecino. Entonces para Shlomo y Tomer, padre e hijo y directores del film, comenzaría una persecución sin pausa.
–Un día me llama una persona, una persona importante, y me dice: “Vos sabés que se está a punto de indagar a los miembros del campo de La Cacha, hay tres prófugos, uno en Panamá, que murió, otro en Estados Unidos y, vos no vas a creer, uno está en Israel”. No le podía creer y me insistió: “En algún momento tuvo cédula de identidad de Israel”. Entonces ya tuve la idea de hacer un poco de investigación. Y enseguida vi que estaba en Kiriat Bialik y desde ese momento me dije que no podía hacer como si nada con este hombre ligado a La Cacha, donde mataron al primo hermano de mi viejo entonces. Está a 100 km de mi casa. Cambió mi vida.

–Usted había sido un militante antes de llegar a Israel.
–Cuando estaba todavía en la dictadura, en Israel yo estaba en grupos de apoyo al pueblo argentino. Cuando fue el Mundial 78 hacíamos una campaña donde decíamos que era como las Olimpíadas de Múnich 1936. Yo trabajaba en una fábrica y cuando jugaba Argentina pedía hacer la guardia de turno, y mis compañeros me preguntaban cómo un argentino no quería escuchar a la selección. Luego como periodista hice películas. Y con este tema me preocupé con mi hijo Tomer de registrar todo esto. Gente de todos los partidos de Israel, de todo tipo, se pronunció y firmó las peticiones para extraditar a Gauto. Voy a terminar pensando que de alguna manera está protegido.
–Pero ¿cómo sería esa protección?
–En la película se muestra cómo Gauto estaba en el Batallón 601 de Inteligencia Militar, que es responsable de la muerte de miles de argentinos. El Batallón estaba en relación con los organismos de seguridad en Israel, con su inteligencia militar. Tenemos un testimonio muy importante en la película que habla sobre intercambio de información sobre la presencia de montoneros argentinos en el Líbano. Quién sabe cuáles fueron los acuerdos por esas cooperaciones de inteligencia bajo la dictadura.

–La película lo lleva a encontrarse con el primo de su padre Samuel y con su hijo, además de hacer esta codirección con su propio hijo Tomer.
–Samuel se había convertido en un silencio. Había estado en Taco Ralo, ese fracaso de guerrilla rural temprana. Luego fue médico. Después de estar en la cárcel, al salir en 1973, se dedicó a su profesión. Pero para la familia parecía ser un cuerpo extraño. Yo sólo sabía que existía, nada más. Ahora tengo un afecto con su hijo por esta investigación. Con Tomer tomamos este tema juntos hace ya una década. Él hace cosas como director de fotografía en otros países, otros ámbitos, y siempre que hubo que sostener la cámara y pensar cómo registrar este documental, Tomer y yo armamos un buen equipo. La lucha por justicia entre un padre y su hijo también vale la pena de ser filmada.
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