
La última vez que florecieron las lilas en el jardín
y la gran estrella cayó temprano en el cielo nocturno del oeste,
lamenté y lamentaré con el eterno regreso de la primavera.
Walt Whitman
Hace unos meses vino a consultarme una mujer mayor. Venía acompañada de un hombre de una edad similar. Se presentó. Me dijo que se llamaba Nélida y que tenía 91 años. Le pregunté qué edad tenía su marido. Me dijo que no era su marido, que era su novio, y que tenía 93 años. Agregó que estaban juntos desde hacía dos años. Bueno, dijo apoyando sus manos sobre el escritorio, como quien quiere cortar la cháchara y disponerse a los temas serios. Nosotros estamos recién llegados a la zona. Venimos de Villa La Angostura. Y como no tenemos neurólogo acá, vinimos a adoptarlo a usted, y que usted nos conozca. Le pregunté si se habían mudado hacía poco. Me dijo que no se habían mudado. Que solamente estarían ahí para pasar el otoño y el invierno.
La vida en todas sus formas acompaña a las variaciones cíclicas que va teniendo nuestro planeta tierra. Muchos de los procesos biológicos conocidos varían cíclicamente acoplados a cambios planetarios básicos, como el de la luz y la oscuridad. En los seres humanos, como en todos los mamíferos, el ciclo sueño-vigilia, está sintonizado a un ciclo de aproximadamente un día, es decir que es circadiano. Otros procesos reciben influencias planetarias de otro tipo, como las variaciones gravitacionales que ejerce la luna. Ejemplo de un ciclo de duración similar al lunar, es el ciclo menstrual. Pero también existen variaciones biológicas endilgadas al ciclo que tarda nuestro planeta en dar toda la vuelta al sol, es decir, 365 días y 6 horas.
El eje por el que la tierra rota sobre sí misma, tiene una inclinación de 23° respecto del plano sobre el que gira alrededor del sol. Eso hace que las radiaciones solares impacten de manera diferente sobre el planeta, de acuerdo a cuál sea su posición dentro de la órbita. En los solsticios, 21 de junio y 21 de diciembre, se da la más amplia diferencia entre la radiación que reciben el hemisferio sur y el norte. En los dos equinoccios, 21 de marzo y 21 de septiembre, esa diferencia está emparejada. La manera en que esa variación impacta en los mamíferos, es a través de las horas de luz y las horas de oscuridad que van teniendo los días. El reloj biológico interpreta el verano, cuando el día tiene 16 horas de luz solar, e interpreta el invierno cuando la luz solar dura unas 8 horas. Cuando mayor sea la latitud, mayor será esa variación. Esta lectura inconsciente, se conoce como estacionalidad, y actualmente se reconocen algunos procesos biológicos que se atienen a ella.

Uno de los procesos que se atiene a la estacionalidad es la fertilidad de los mamíferos, incluidos nosotros. Cuando se miden los embarazos en los distintos meses del año, se encuentra que son máximos al final del verano, en marzo para el hemisferio sur y en septiembre, para el norte. Para evadir el sesgo que podrían tener las influencias culturales en nuestra vida sexual, se midieron también los embarazos múltiples, que son una medida inequívoca de fertilidad, independiente de las influencias culturales. Allí también se encontró que son máximos al final del verano. Es así que se asume que la fertilidad humana tiene variaciones que se atienen cíclicamente a la estacionalidad.
El otro proceso biológico conocido, que regula sus variaciones según la estacionalidad es nuestro estado de ánimo. El síndrome descrito recibe el nombre de trastorno afectivo estacional, aunque bien puede entenderse como una variación anímica, no patológica. El Trastorno Afectivo Estacional sería el equivalente humano de la hibernación que tienen otros mamíferos, como los osos. Ocurre durante la segunda mitad del otoño y durante el invierno. En ese período se reconoce una tendencia anímica más melancólica, y algunas variaciones en nuestros hábitos. Entre ellos, se destaca una tendencia a dormir un poco más. También cambian nuestras preferencias alimentarias. Durante el invierno tenemos mayor preferencia por consumir carbohidratos, con una tendencia a aumentar un poco de peso. Y si se nos mide nuestro tiempo de actividad y de reposo, se reconoce que hay más tendencia por el reposo durante ese período.

Reconocer esas variaciones anímicas y de hábitos, puede ser de utilidad hacer algunos cambios de vida que acompañen esas variaciones cíclicas, en lugar de padecerlas. Nélida y su flamante novio, tomaron la decisión de vivir en un lugar con clima más amigable durante el otoño y el invierno, tratando de no exponerse a una posible depresión estacional. Después de atender a Nélida y a su novio, les pregunté hasta cuándo se quedarían por la zona. La depresión del invierno no nos conviene a esta edad, dijo Nélida, porque ya estamos grandes, y no tenemos tiempo para deprimirnos. Me dijeron que cuando arrancara la primavera volverían a su casa, en la Patagonia. Me contaron que con el deshielo los ríos se volvían caudalosos, que los verdes se intensificaban, que los animales se volvían a mostrar. Que la atmósfera se llenaba de vida, y que no querían perderse ese espectáculo, que querían tratar de aprovecharlo, porque eso les daba la impresión de que les inyectaba vida, también a ellos.
Reconocer las variaciones biológicas que acompañan a los ciclos planetarios, puede servirnos para aumentar la comprensión de nuestros propios estados de ánimo, y sobre todo cómo estos toman dinamismo. Así podemos desmitificar algunos bajones y, como hicieron Nélida y su novio, tomar cartas en el asunto.
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