
Me gusta escribir en los bares. Como las plazas, representan para mí una suerte de paréntesis en medio del rumor incesante de la ciudad, con una virtud: no me aíslan. Aun apartado, soy partícipe de la vida que late alrededor, caótica e imprevisible. Esto, además de conciliar intimidad con comunidad, me deja en una condición ideal para escribir: puedo mirar, alternativamente, hacia adentro y hacia afuera. Alimento lo que escribo con imágenes nacidas de la imaginación o del recuerdo del recuerdo, pero también, eventualmente, con escenas y percepciones que me ofrece el entorno.
Escribí buena parte de La mano de un dios distante en El Galeón, una confitería ubicada en Santa Fe al 4000, frente al Botánico. Todos los sábados a la tarde, durante tres horas, esperaba allí a que mi hija menor terminara su ensayo en la Orquesta de Cámara Juvenil de Buenos Aires. Y escribía. Muchas veces, en semanas en que el periodismo me absorbía por completo, era mi oportunidad de reencontrarme con la escena que había dejado inconclusa el sábado anterior.
Una tarde en que el tiempo pasaba sin mucho provecho, el azar vino en mi ayuda. No muy lejos mío, una mujer se acercó apurada a la mesa en la que la esperaba una amiga, que se levantó para recibirla. En medio de los saludos, el collar de la recién llegada se desprendió y decenas de perlas rodaron por el piso en todas direcciones. El ruido de las perlas al rebotar en una superficie dura atrajo las miradas. Mientras algunos acudían en ayuda de la mujer, yo supe que había dado con la escena en que se conocerían Jano y Cecilia, dos de los tres protagonistas de la novela. No sospechaba todavía que esas perlas que yo introduciría en mi historia jugarían un papel todavía más importante en la trama. Eso lo descubriría después, durante el proceso de escritura. Benditos los bares.
La narrativa de ficción se nutre de muchas fuentes. Se escribe con la vida (la propia experiencia, la de los otros, lo que uno vio y escuchó), la biblioteca (lo que uno leyó, que también puede ser considerado experiencia) y, sobre todo, la imaginación, que es lo que separa el periodismo de la ficción. En una historia de ficción, el único límite que ha de respetar la imaginación es el condicionamiento que suponen los párrafos que llevamos escritos.
El origen de La mano de un dios distante es un dilema que tuve en mi juventud. Tras cumplir veinte años me debatía entre una vida viajera y otra sedentaria. Durante algunos viajes largos conocí gente entregada al nomadismo perpetuo. Me decía que yo podía pertenecer a esa tribu dispersa por el mundo, pero me tiraban mi tierra, mi familia, la idea de fundar una propia. Cuando estaba acá, sin embargo, pensaba en volver a salir de viaje. Asumido desde hace décadas como sedentario, se me ocurrió desdoblar estos modos de vida a priori antitéticos en dos personajes.
Jano, el nómade, representaría la intuición, la entrega al presente, la libertad. Santiago, el sedentario, sería la razón, la construcción del futuro, la seguridad. Pero me vi en la obligación de conocer a los personajes, de entender por qué y cómo habían llegado al presente de crisis en el que se debatían. Solo así podría saber hacia dónde se encaminarían sus vidas. Decidí que la de Santiago iría del orden al caos. La de Jano, lo contrario. Solemos desear lo que nos falta. Pude verlos al fin en su complejidad y en sus propias contradicciones, y así la premisa inicial de contrastar el espíritu nómade con el sedentario quedó en parte eclipsada por temas y conflictos más amplios.

Cada personaje debía tener su voz. Supe desde el principio que se trataba de un intercambio de largos mails entre estos dos viejos amigos a los 40 años, después de mucho tiempo sin verse. Jano, desde su deriva sin rumbo en Centroamérica; Santiago, desde su presente de trabajo y familia. Escriben para comunicarse, pero más todavía para entenderse a sí mismos, para darle sentido a las trayectorias de sus vidas. Hay un poder curativo en el acto de narrar. La narración crea significado y esas voces buscan ese significado mientras se narran.
En ese diálogo a distancia irrumpe una tercera voz, la de Cecilia, la mujer de Santiago, a quien ambos amigos conocieron en su adolescencia. Ella descubre por accidente ese intercambio de emails, no le gusta lo que lee y le escribe a Jano, impulsada por la necesidad de dar su propia versión del pasado que compartieron los tres y de entender los cambios que sobrevienen. Intenté reflejar en esos mensajes que van y vienen el modo en que la memoria teje sus propios mitos, así como el papel que juega en la construcción de una identidad y un destino.
A la vida hay que entenderla hacia atrás, escribió Kierkegaard, el filósofo danés del siglo XIX. Sin embargo, agregó, “olvidamos la segunda proposición: que hay que vivirla hacia adelante”. Esto explica las equivocaciones que cometen los protagonistas de la novela en medio de su búsqueda incierta. También, claro, las que puede cometer cualquiera de nosotros en cualquier momento.
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