Alfredo Alcón despertó admiración y respeto, aún entre quienes no compartían su estética y estilo de actuación. La influencia y el prestigio crecieron a lo largo de su carrera. Obtuvo un reconocimiento por parte de sus colegas y de los exponentes de las nuevas generaciones. Su conducta y coherencia profesional lo convirtieron en un referente ético primordial.
Es considerado una guía, un norte, un faro. “Él quería que fuésemos poetas de la actuación” dijo Joaquín Furriel, su partenaire en Final de partida de Beckett.
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Cada presentación suya se convertía en un acontecimiento o en una lección de teatro insoslayable.” Lo amamos, lo celebramos como el más grande actor de la argentina”, escribió Cristina Banegas.
“¿Alcón? Viene a todas las funciones. Tan persona, tan real, un cacho de pan, de resistencia y esperanza para los actores, de interminable búsqueda; que establece una buena relación y te respeta”, decía Leonardo Sbaraglia, cuando Alfredo lo dirigía en la obra de Koltès En la soledad de los campos de algodón (1996).
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Es destacable el grado de empatía alcanzado por Alfredo Alcón con el público. Resulta que en Enrique IV de Pirandello, el protagonista se retrasa en su aparición, ingresa al transcurrir media hora del primer acto. En la sala del Teatro San Martín se percibía una inquietud, cierto cuchicheo. Los espectadores se impacientaban porque querían ver al actor. Cuando por fin éste aparecía estallaban los aplausos (lo que íntimamente él deploraba) De todos modos, otro tanto ocurrió durante las funciones de Filosofía de vida, de Villorrio, cuando debió actuar en una silla de ruedas. En el momento que se paraba, lo aplaudían. Su monólogo final fue memorable.

Jerarquizó cada entrevista y aparición pública. Fabián Vena lo acompañó en Las Variaciones Goldberg, de Tabori (2003) y recordó que en sus entrevistas Alfredo era un gran generador de titulares inteligentes. “Como buen actor tenía algo espectacular, que era su intento por no repetirse, entonces te entregaba esas frases.”
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Alcón había declarado que el autor de esa farsa trágica, “emplea por momentos un humor muy tonto, propio del chiste barato, como Shakespeare en algunas de sus obras, Me gusta esa mezcla, porque nosotros somos y vivimos así, entre la escatología y el deseo de ser sublimes”.
En esa obra un chiste tiene alcance universal. Un hombre le pregunta a su sastre cómo es posible que tarde siete semanas en confeccionar un traje si Dios fue capaz de crear el mundo en siete días, a lo que el sastre responde: “Tiene razón, pero mire cómo quedó el traje y mire cómo está el mundo”.
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Un actor inolvidable
En su trayectoria hubo hitos memorables, en radio, teatro cine y TV. Hitos y convergencias.
El prestigio de Alcón fue creciente en el campo cultural, constituído por complejos antagonismos. Ese reconocimiento, como consagración artística, es la contracara del mito de la fama y la idolatría. Ajeno a los chismes y los escándalos de la farándula, el exhibicionismo lo reservaba para la escena. Ese tópico lo abordo en el capítulo La vida privada de los famosos. Hay un tipo de fama que han ostentado personalidades mediáticas. A Mirtha Legrand dedico el capítulo El galán y la diva, ya que con ella debutó en el cine en El amor nunca muere (1955). Fue una convergencia de dos trayectorias luego divergentes.
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Poco después, al filmar “El candidato, de Fernando Ayala, el actor tuvo una revelación para su experiencia ante las cámaras. Fue con Olga Zubarry en la escena de la terraza. Se sintió ayudado por una estupenda actriz. Al mirarla, por primera vez dijo una frase en el cine sin pensar que lo estaban fotografiando.
Para el mundo del espectáculo, en la pantalla “cayeron en sus brazos” desde Graciela Borges hasta Thelma Biral, pasando por Analía Gadé, Aurora Bautista, Bárbara Mujica, Martha Gonzalez, Luisina Brando, Cipe Lincovski y otras, Otro tanto ocurrió en las tablas con María Rosa Gallo, Violeta Antier, Elena Tasisto o Norma Aleandro. Sin contar los romances del radioteatro Palmolive del aire, con obras de Alberto Migré y los de los ciclos El teatro de Alfredo Alcón por los canales 9 y 11. La noche de los grandes, emitido por canal 13 en 1975, permitió el trabajo con autores argentinos como Somigliana y Gené.
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Volcado al teatro, su labor descollante en Recordando con ira le permitió acceder al rol cinematográfico de Un guapo del 900. Repercusión y renombre acrecentados por sus personajes en lo que llamé Fábulas de la identidad nacional: las exitosas películas Martín Fierro y El Santo de la espada.
También bajo la dirección de Torre Nilsson, compuso el personaje donjuanesco y enfermizo de Boquitas pintadas, basada en la novela de Manuel Puig. En La Maffia operó la censura sobre una secuencia con Thelma Biral, donde saltaban desnudos en la cama. Caracterizó al sutil diablo gaucho sugerido por Leonardo Favio para Nazareno Cruz y el lobo, rompiendo la taquilla. No faltaron los personajes torturados de Roberto Arlt en Los siete locos y en Saverio el cruel, ésta última dirigida por Ricardo Wullicher. Le apasionaban los climas arltianos, por su parecido a los de Dostoievski.
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Mientras para Torre Nilsson la mirada de Alcón atraía a la cámara, para Agustín Alezzo su presencia en el escenario atrapaba la mirada del espectador, aunque no fuese el centro de la acción. Esto revela la capacidad de escucha atenta del actor, interactuando con sus partenaires. Luis Agustoni, que trabajó con él en Las brujas de Salem, aseguró que desataba un huracán emocional en el escenario.
A diferencia del cine, en el teatro siempre eligió sus obras. Un suceso fue Israfel, de Abelardo Castillo, con la dirección de Inda Ledesma, en el desaparecido Teatro Argentino de la calle Bartolomé Mitre. Remataba la obra la escena del “delirium tremens” del poeta Poe, electrizando al público.
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Fue destacado su anticipo de Hamlet en televisión, convocado por David Stivel, alcanzando un 60 por ciento de la audiencia. Su paradigmática versión teatral en el Teatro San Martín, en 1981, convocó a un público ávido de verlo y escucharlo decir en el escenario lo que estaba prohibido en la calle. “En este país se puede sonreír siendo un canalla”. El murmullo en la sala se repetía en todas las funciones.
Frecuentó las obras de Arthur Miller, (dos versiones de La Muerte de un viajante) un autor que demuele el mito del “sueño americano”. Lo sentía afín a nuestra forma de ser, por las fantasías e ilusiones de los personajes.
Un actor con compromiso político
En el Teatro Nacional Cervantes estrenó De pies y manos, de Roberto Cossa, e intervino en el Acto en homenaje a las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, junto a Carlos Carella, María Ibarreta y Cristina Banegas. Interpretó Cartas de Miguel Hernández.
El estreno mundial de El Público de García Lorca fue aclamado en Europa. Experiencia consagratoria atestiguada por el director Lluis Pasqual, que lo consideraba un príncipe del arte del actor. Lo ponía ligeramente en peligro, siempre al borde de la navaja. El catalán lo evocó abrazado a Nuria Espert para hacer la más bella escena del bosque de Bodas de Sangre (en Haciendo Lorca), “Tenía una voz con tantos registros que podía expresar una gama de sentimientos inalcanzable para casi todos los intérpretes”.

Deslumbrante su presencia en Los caminos de Federico, con el hallazgo de sus inflexiones en el monólogo de Doña Rosita la soltera, pleno de convicción y patetismo. En 1997 se exhibió en la Explanada de la Biblioteca Nacional, ante 30.000 personas.
En Enrique IV de Pirandello brindó facetas imprevistas de su bagaje creativo. Su despliegue a través del juego y el humor alcanzó un clima dramático final. El actor intimando al espectador, cara a cara, para descubrir el contacto del teatro con la vida. Fue la primera obra con el director Ruben Szuchmacher, la escenografía de Jorge Ferrari y la iluminación de Gonzalo Córdova.
En los abordajes de Shakespeare, sus aportes enriquecieron el vínculo filial paterno. La calidez de Próspero con su hija Miranda en La Tempestad y los sentimientos contradictorios de Lear con su hija Cordelia. Transmitió la conmoción del rey al perderla, alzada entre sus brazos.
Puso al día la escena de la tormenta de Rey Lear, convertida en un mensaje urgente. Alcón a la intemperie, la voz y el cuerpo comprometido que atravesó el escenario. Lamentando a los desgraciados que soportan desnudos la inclemencia. Arrepentido de su propio desdén. Exhorta a los que viven en el lujo, indiferentes. Malabarismo de entonaciones emotivas. ¿Cómo permanecer insensible ante semejante despliegue orgánico interpretativo? Un estremecimiento integral corporeizado en la escena. Se lloraba en el Teatro Apolo.
Final de partida
Final de partida de Beckett fue un ritual de despedida. La obra de arte es quintaesencia de su época, amplía y anticipa la realidad. La dimensión del actor, acotado a su asiento, se agiganta. Los padres del protagonista, Hamm, viven instalados en sendos tachos de basura. Es una despedida distópica del actor de la utopía, pero donde se apela al público. Frente a personajes pasivos, en un mundo y una cultura agonizante, se dirige al público como fuerza activa que exige una decisión. Aparece una crítica a la decadencia civilizatoria, la denuncia del estado de cosas. Vigencia del mensaje postrero de Alfredo Alcón a nuestro público cuando lo interpelaba, con un giro expresivo, un cambio de registro gestual y vocal…
“Pero ustedes saben lo que es la tierra, ahora”.
Y hoy, uno llega a la esquina clausurada del café La Paz y siente arrasados los aledaños del teatro. Como en una guerra. Un paisaje urbano devastado. O un mundo humano que se evapora. Hasta la próxima función. Como en la despedida de Teatro Abierto, Alfredo Alcón se adelanta, salta al proscenio, anuncia:
El espectáculo va a comenzar. Pasen señores, pasen. ¡El espectáculo va a comenzar!
*El autor es periodista cultural, autor del ensayo poético Alfredo Alcón, el actor de la utopía, editado por Editorial Leviatán.
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