
A mediados de noviembre el empresario argentino Eduardo Costantini pagó casi USD 35 millones por Diego y yo, un autorretrato de Frida Kahlo, que fue subastado en Estados Unidos, estableciendo un récord para una obra de un artista latinoamericano y, a su vez, cuadruplicando el anterior máximo histórico de la propia pintora mexicana de USD 8 millones, logrado en 2016.
Desde el Museo de Arte Latinoamericando (Malba) le confirmaron a Infobae Cultura que la pieza, como se esperaba, tendrá su momento de exhibición durante 2022, al mismo tiempo que se presentará una nueva puesta de la Colección que incluirá las obras maestras pertenecientes al acervo del museo; muchas de ellas como el Autorretrato con chango y loro (1942) también de Frida, fueron donadas por Costantini en 2001 para la fundación de Malba.
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La fecha elegida para la presentación en sociedad es septiembre, por lo que habrá que esperar para ver esta pieza de pequeñas dimensiones -30 centímetros de alto y 22,4 de ancho-, que presenta un autorretrato en primer plano de Kahlo pintado en 1949 por la artista mexicana antes de su muerte. En la pintura se puede leer una dedicatoria a unos amigos de ella: “Para Florence y Sam con el cariño de Frida”.
Junto con Diego y yo, considerado el último autorretrato finalizado por la artista antes de su muerte en 1954, se podrá apreciar en la nueva exposición junto a otras obras de gran relevancia de la colección particular de Costantini adquiridas en los últimos años.
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En ese sentido, en agosto, el empresario también había adquirido para su colección importantes dos obras maestras del arte de la región: Omi Obini (1943) del cubano Wifredo Lam por USD $9.6 millones de dólares y Armonía (Autorretrato sugerente) (1956) de la mexicana Remedios Varo por USD $6.2 millones de dólares. Ambas piezas marcaron el precio máximo para cada artista.
En la misma subasta, también compró Autorretrato (1951), de la poeta y pintora surrealista Alice Rahon y Paisaje cubano (1943), de Mario Carreño, figura de la vanguardia cubana junto a Lam, dos artistas que reformularon las innovaciones pictóricas modernas para representar la cultura de su propia tierra.
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Otro conjunto de las adquisiciones recientes está integrado por dos obras centrales de la modernidad brasileña: la pintura Urso (1925) de Vicente do Rego Monteiro y la escultura Tocadora de banjo (1925), de Victor Brecheret. Ambos artistas participaron en la Semana de Arte Moderno, realizada en el Teatro Municipal de São Paulo en febrero de 1922, un momento clave en la renovación del arte de Brasil.
También de Brasil se destacan entre las últimas adquisiciones piezas de Rubens Gerchman, Elevador Social (1966), y de Antonio Dias, Maquete para o meu espelho (1964), que proponen una mirada a los años sesenta en perspectiva latinoamericana, y tres obras del poeta concreto Augusto de Campos: Ojo por ojo, SS y El anti-ruido creadas en 1964 y parte de la serie de los popcretos (1964-65). En este último caso, las obras provienen del acervo del artista.
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Completan el grupo de estas adquisiciones, piezas de Alipio Jaramillo, Carlos Mérida, Rafael Barradas -con la obra Café (1918), que forma parte de la exposición Hombre flecha-, además de obras de los argentinos Aída Carballo, El eros cultural (1980), y Facundo de Zuviría con su icónica Siesta argentina (2001-2003), que también es parte de la Colección de MoMA. Falta definir aún cuáles de estas piezas podrían llegar a presentarse junto a Diego y yo, a modo de préstamo
Diego y yo, vendida por última vez hace tres décadas, simboliza la tumultuosa relación entre Kahlo y Diego Rivera, que aparece dibujado sobre la frente de la mexicana y que a su vez tiene un tercer ojo, un elemento con el que trata de representar la continua presencia de su marido en su mente. A la vez la artista expresa un gesto de sufrimiento con unas lágrima que caen por su cara.
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En el sentido de lo autobiográfico, la obra de 1949 que, según se anunció, el año que viene se expondrá en el Malba, captura un momento especial de la vida de Frida. Fue pintada en la época en la que Rivera tuvo una relación amorosa con la estrella de cine María Félix, que llegó a la primera plana de los periódicos de la época. El rostro de Frida, que mira al espectador, se muestra triste, con lágrimas que caen, mientras su cabellera -un elemento de mucho simbolismo en la obra de la pintora- se enreda en su cuello, y parece ahorcarla
El cuadro ya había hecho historia la última vez que salió a subasta, en 1990, al venderse por 1,4 millones de dólares, lo que supuso la primera vez que se superó en una puja el millón de dólares por una obra de un artista latinoamericano.
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“Frida es una de mis artistas favoritas, lo que me pasa con ella creo que también es algo que sucede universalmente. Crea mucha empatía, mucho amor. Primero por ser una mujer, por su fragilidad, el sufrimiento y cómo ella lo expresó a flor de piel. Además, tuvo la genialidad de hacer de ese sufrimiento algo mágico al crear semejante cuerpo de obra. Fue una innovadora al hacer una autobiografía a través de la imagen, a través de esa sucesión de autorretratos”, explicó Costantini a Infobae Cultura tras la histórica subasta de Diego y yo.
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