
En el siglo XIX, la tuberculosis, tisis o consunción era vista como una enfermedad elegante, ya que quien la padecía moría de manera beatífica, casi sin síntomas y joven. Durante su convalecencia, la propia Charlotte Brontë escribió: “Soy consciente de que la consunción es una enfermedad halagadora”.
Alejandro Dumas, con su Margarita Gautier de La dama de las camelias, y Giussepe Verdi, con su Violetta Valéry de La Traviata, establecieron el canon de la dulce enferma de tisis que se va consumiendo de manera lenta y lánguida. Y el personaje de Lucy Westenra en Drácula, de Bram Stoker, con su pálida tez, su dificultad respiratoria y un hilillo de sangre en los labios, sería uno más de la larga lista de tuberculosos de la ficción… si no fuera porque la causa de su mal era la mordedura de un vampiro:
17 agosto: No comprendo cómo Lucy se está apagando como lo hace. Come bien y duerme bien, y goza del aire fresco; pero todo el tiempo las rosas en sus mejillas están marchitándose y día a día se vuelve más débil y más lánguida; por las noches la escucho boqueando como si le faltara el aire.
La tragedia de la familia Brown

Al parecer, Stoker se inspiró en la historia de Mercy Brown para diseñar el personaje de Lucy. Los Brown eran una familia de cinco miembros que vivían en Rhode Island. La madre y la hija mayor enfermaron de tuberculosis y murieron. Al poco el hijo también enfermó, por lo que el padre tomó la decisión de enviarle a Colorado Springs, confiando en que el clima de dicha población mejoraría su salud. Pero entonces su hermana Mercy enfermó y murió. El hijo regresó a su hogar, aunque su salud empeoraba día a día. Desesperado, su padre decidió aplicar un ritual que venía realizándose en Nueva Inglaterra desde finales del siglo XVIII.
Según el folclore popular de dicha zona, los que sufrían consunción la padecían porque los parientes que habían fallecido de dicho mal robaban la fuerza vital a los que habían sobrevivido. Así que el padre pidió ayuda a un doctor y junto con algunos vecinos exhumaron los féretros de la madre y las dos hermanas. Al abrirlos encontraron que los cuerpos de la mujer y de la hija mayor estaban completamente descompuestos, pero el cuerpo de Mercy no, a pesar de haber transcurrido nueve semanas desde su muerte. El doctor examinó los órganos de Mercy y encontró que tanto el corazón como el hígado parecían contener sangre líquida. Así que fueron extraídos e incinerados antes de volver a enterrarla.
Todo el ritual supersticioso no sirvió de nada ya que el hijo murió dos meses después.

En la época en la que Stoker escribía Drácula, estaba concluyendo uno de los debates científicos más importantes del siglo XIX. La hipótesis de que los microorganismos eran los causantes de las enfermedades infecciosas como la tuberculosis había sido comprobada experimentalmente gracias a los experimentos de Koch. En consecuencia, la teoría de que esas enfermedades eran causadas por aire putrefacto o miasmas había quedado refutada.
Probablemente Stoker no era ajeno a dicho debate, si consideramos que dos de sus hermanos y su tío eran famosos médicos. En la novela, el vampirismo es una enfermedad contagiosa, ya que la mordedura de Drácula transforma a Lucy en un vampiro. Además, Van Helsing intenta aplicar una medida profiláctica al llenar la habitación de Lucy de ajos. Sin embargo, es la madre de Lucy la que condena a su hija al retirar los ajos y permitir que entre el aire fresco abriendo las ventanas. Lo malo es que no solo entró el aire por ellas.
La sexualidad de los vampiros

También se ha sugerido que el vampirismo descrito por Stoker es en realidad una metáfora de la sífilis, ya que el contagio se produce por un contacto íntimo entre el vampiro y la víctima mediante un intercambio de fluidos. Es precisamente ese aspecto tan erótico el que más se ha resaltado en las obras cinematográficas derivadas a partir de la novela de Stoker. El pálido, calvo y deforme conde Orlock interpretado por Max Schreck en el Nosferatu de F.W. Murnau parece un afectado de sífilis congénita y es vencido tras pasar toda la noche bebiendo la sangre de la bella Ellen. Y los Drácula interpretados por Bela Lugosi y Christopher Lee son unos seductores incansables que siempre están acompañados por vampiresas despampanantes.
En 1992, el maestro Francis Ford Coppola estrenó la adaptación más fiel, pero también la más explícita y sensual de todas. En su Bram Stoker’s Dracula, la voluble y caprichosa Lucy es atacada por el vampiro y sufre un asalto sexual tras el cual se transforma en una mujer lasciva. Posteriormente la vemos yacente y debilitada por la pérdida de sangre, pero sus inspiraciones para tomar aire son convertidas en una sucesión de placenteros gemidos. Además, el personaje de Van Helsing es introducido mientras imparte una clase sobre enfermedades de la sangre, entre las que menciona las enfermedades venéreas y resalta la sífilis, aunque si tenemos en cuenta que la película fue rodada en los años ‘90s, es claramente una forma de referirse al sida.

Cabe apuntar cómo la obra de Coppola recoge el espíritu del “cambio de era” mediante el choque entre un mundo antiguo, lleno de magia y seres oscuros, y uno nuevo con avances tecnológicos como el fonógrafo, el cinematógrafo, el microscopio y, por supuesto, las transfusiones de sangre.
Coppola además realizó un cambio sustancial en el protagonista. Mientras que en la novela y en la mayor parte de las películas previas, el vampiro representa el mal absoluto, en Bram Stoker’s Dracula pasa a ser un antihéroe romántico. Como señala Joel Griswell, lo que más destaca de la película de Coppola es que la sangre se convierte en un símbolo sexual. Una auténtica provocación en los noventa, cuando la epidemia de VIH parecía imparable. La secuencia en la que Mina bebe la sangre del pecho de Drácula representa el dolor, el horror y el amor de dicha historia.
Resulta paradójico que un ser mítico que representa la oscuridad y que está asociado a patologías tan terribles y mortales como la tuberculosis o el sida goce de tan buena salud en el aspecto cultural. Probablemente porque nuestro miedo a la enfermedad es la sangre que lo hace inmortal.
Publicado originalmente en The Conversation.
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