200 años de Dostoievski: apuntes sobre el hombre que llevó la literatura hasta el fondo de las almas

¿Por qué el autor de “Crimen y castigo” y “Los hermanos Karamazov” sigue tan presente entre nosotros? Infobae Cultura habló con Tamara Djermanovic, Guillermo Saccomanno, Laura Estrin y Omar Lobos, lectores minuciosos y especialistas en su obra

Dostoievski, según Vasily Perov (1872)
Dostoievski, según Vasily Perov (1872)

Blanca y bajo cero estaba Moscú la noche que Fiódor Dostoievski llegó al mundo. Su madre lo parió en el Hospital Mariinski; segundo hijo de siete. En ese entonces, un siglo antes de la Revolución Rusa, de la Unión Soviética, de los bolcheviques, de la caída definitiva del zarismo, esa fría y desértica porción del mundo se llama Imperio Ruso y los días no eran nuestros días, eran otros. El calendario juliano marcaba: 30 de octubre de 1821. Mucho tiempo después, incluso después de la muerte de Dostoievski, Rusia pasó al calendario gregoriano: comenzó a regir el 31 de enero de 1918 y el día siguiente fue 14 de febrero. Por este quiebre temporal prácticamente inédito es que el día en que nació el autor de Los hermanos Karamazov y Crimen y castigo ahora es el 11 de noviembre de 1821 y hoy se celebra el bicentenario. Podría decirse, entonces, que Dostoievski es un escritor que nace a destiempo, que su vida ocurre a destiempo y, por consiguiente, también su literatura. Todavía no era mayor de edad cuando quedó huérfano: a los 16 murió su madre de tuberculosis, a los 17 su padre en circunstancias extrañas. Algunos dicen que sus empleados —por entonces siervos, porque no se había realizado aún la Reforma Emancipadora— lo ataron a un árbol y le dieron de beber vodka hasta la muerte. Otros dicen que esa historia la inventó un terrateniente para comprar esas tierras más baratas. La literatura ya estaba en su vida antes de empezar a escribirla.

Lectores cavan pozos en sus almas

Tamara Djermanovic leyó a Dostoievski de chica, pero volvió a leerlo con atención en Barcelona. Ella nació en Belgrado cuando era la capital de Yugoslavia. A principios de la década del noventa se escapó y llegó a España como exiliada. “Estaba en un momento muy delicado donde tenía que hacer reposo y me leí Los demonios por primera vez; luego me llegaron algunas obras suyas y fragmentos donde es muy crítico con Occidente, entonces yo, como alma eslava que vivía en España, experimentaba las mismas exageraciones, incluso falta de objetividad al respecto, y me reía de mí misma. Fue una experiencia catártica”, cuenta del otro lado del teléfono, con su pequeño acento eslavo, esta académica que tiene entre sus especializaciones a la obra de Dostoievski. Escribió libros como Dostoyevski entre Rusia y Occidente y La espiritualidad ortodoxa en la obra de Dostoievski, y este mes llega a las librerías españolas uno nuevo: El universo de Dostoievski, editado por Acantilado. “Quise hacer un ensayo escrito desde mi experiencia, después de muchas lecturas acumuladas sobre su obra, después de muchas clases dadas, pero que pueda leerlo cualquier lector, para aproximarlo y de algún modo, no reducirlo, pero sí resumirlo. Y dejar hablar a Dostoievski desde sus cartas, desde sus obras. Y también cristalizando mi propia opinión, vivencia y visión de él y los mensajes de su obra”, cuenta.

Tenía catorce años Guillermo Saccomanno cuando leyó Crimen y castigo. Desde entonces su mundo cambió. “La experiencia marcó un antes y un después no sólo en mi experiencia de lector sino también de modo existencial. A partir de ese momento creo haber leído, sino toda, al menos gran parte de su obra. No hay año en que no vuelva a su lectura, en especial Los hermanos Karamazov. La pregunta que se formula Ivan, ‘¿si Dios no existe, está todo permitido?’, es tan vigente como su aseveración de que se puede amar el prójimo sólo a distancia”, sostiene el escritor argentino, autor de una veintena de libros, entre los que se pueden mencionar Prohibido escupir sangre, Cámara Gesell, Antonio, Un Maestro y Soy la peste. “Sin duda lo que marca a los lectores en Dostoievski es el ir hasta el fondo de las almas, cavando en los comportamientos y las ideas de cada uno de sus personajes. No hay lector que, al leerlo, no se enganche con alguno de los integrantes de su vasta galería de personajes. Es que en esa galería están representados vicios y virtudes, ascensos y descensos de la naturaleza humana más allá de los condicionamientos de clase, pero también sin rehuir al estudio de estos condicionamientos. Su vigencia está a la vista. A nuestro alrededor. La suya es una literatura que cuestiona y a la vez comprende tanto la abyección, especialmente la abyección, como la pureza”, agrega.

Raskólnikov y Marmeládov, personajes de “Crimen y castigo”, ilustrados por Mijaíl Klodt
Raskólnikov y Marmeládov, personajes de “Crimen y castigo”, ilustrados por Mijaíl Klodt

Cómo rusificar el mundo

Omar Lobos —académico, editor y narrador nacido en La Pampa en 1964— hizo las primeras traducciones argentinas directamente del ruso de Crimen y castigo y Los hermanos Karamazov. Eso fue a principios de la década pasada, en simultáneo con la apertura de la cátedra de Literaturas Eslavas de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, dos cuestiones que funcionan como antecedentes de la Sociedad Argentina Dostoievski, creada en 2015, que fundó junto a otros lectores. Pero, ¿qué significa traducir a Dostoievski? “Las traducciones va cambiando con el tiempo: siempre coinciden con un momento de la lengua y de la literatura que se traduce. Fijate que este año salieron dos traducciones argentinas de la Divina Comedia de Dante, ya son como la séptima. Y uno dice: ¿para qué? Si analizás cada una, expresan un momento de la lengua argentina, de la lengua castellana, y el modo en que hoy comprendemos la literatura y el modo en que se escribe. En el caso de la literatura rusa, además de estas cuestiones hay algo: en la tradición traductológica occidental siempre quedó como descuidada. La traducción occidental, como dice alguien por ahí, es fundamentalmente etnocéntrica: se traduce a los propios parámetros, a la propia gramática, al propio horizonte cultural, y es bastante desdeñosa con la cultura que traduce. Es decir: castellanizamos todo lo que se pueda castellanizar como los franceses afrancesan todo lo que se pueda afrancesar”.

“Esto está cambiando —continúa Lobos, profundo y entusiasta, con su voz pegada al teléfono celular— porque hay nuevas miradas traductológicas, hay mucho debate. Esto tiene que ver con la academia, con que el traductor suele tener una pata en la academia, suele ser un especialista; antes no era necesariamente así. De todos modos, es importante eso: cuidado con las traducciones de rigor porque la literatura se puede quedar del otro lado y acá lo que llega es el cadáver. Lo que tiene que venir es el poema, es literatura, tiene que llegar eso. A lo que voy es que la literatura rusa tiene algo muy particular y que las traducciones etnocéntricas occidentales le suavizan: la marca oral. La literatura rusa tiene otra deriva, otro modo de mirar las cosas, la propia gramática rusa tiene otra lógica. Barthes decía sujeto + predicado, la fórmula madre de todo Occidente. Bueno, los rusos no tienen esa lógica, entonces la propia sintaxis se ordena de otra manera. La polifonía de Dostoievski tiene que ver con ese modo no centralizado en la perspectiva que tiene nuestra gramática que se traslada a la propia percepción del mundo. Hay que rusificar más la lengua de las traducciones, hay que dejar que hable Dostoievski con su voz, incluso con sus incorrecciones, con sus tensiones, con todo lo que expresa su estilo”.

Laura Estrin también formó la cátedra de Literaturas Eslavas. Poeta, académica y especialista en literatura rusa, sostiene que “a Dostoievski se llega por la cultura, es decir, por efemérides como esta que ahora nos convoca, por las citas –los clásicos se citan y no se leen–, por la escuela. Dovlátov dice que los autores comienzan cuando termina la escuela”. Lo leyó por primera vez “atendiendo a las referencias que de él hacía Piglia, el gran salteador de los rusos, no me gustó. Un escritor de tesis reverenciaba a otro escritor de tesis. La escritura de ideas como la de imaginación no es lo mío. Pero volví a leerlo por obligación cuando armamos la cátedra de Eslavas por el 2000 y ahí fui directo a su Diario y a sus Memorias de la casa de los muertos y pude encontrar un Dostoievski para mí. Un modo deshilachado, trágico, duro de ver y anotar Rusia”. En la historia de la literatura, “su posición es central”, afirma; “las ideas que en él se eligen apaciguan la tragedia vital que escribe verdaderamente Dostoievski y que se vislumbra si se atiende a su escritura y a la totalidad de sus obras. Pero la comunicación elige lo fácil, que tienta y tapa. Además está todo el ditirambo que lo opone a Tolstoi. Yo prefiero pensarlo en la tradición dramática de la literatura que viene de Gógol y puede seguir en los simbolistas y en Siniarski, como muestra esta traductora ruso-alemana. Por cierto prefiero, como dice Osvaldo Lamborghini, leer todo Crimen y castigo para quedarme con una frasecita”.

La paciencia y el arrebato

A destiempo con el mundo, Dostoievski —su figura, su fantasma— todavía nos habla. Esa literatura densa e intensa interpela a nuestra liviana y profana época. Con descripciones extensas se opone a la frase corta, con largos y múltiples capítulos le hacen sombra a la nouvelle, con decenas de personajes dramáticos enfrenta las narraciones autorreferenciales ensimismadas. “Y además Dostoievski está en tensión aún con su propia época”, señala Omar Lobos. “La novela decimonónica —continúa la idea— es la novela extensa, morosa, lineal temporalmente. Ahora estoy releyendo a Balzac y me asombro. Una novela del siglo XIX: la manera del discurrir, las disgresiones, el realismo. Los procedimientos de Dostoievski son de una novedad enorme. Después los ingleses se apropiaron, sí, Virginia Woolf, James Joyce, monólogo interior, fluir de la conciencia, ¡ero ya lo habían inventado los rusos! Ya lo había hecho Tolstoi en los Relatos de Sebastopol. En Dostoievski son todos monólogos interiores y fluir de la conciencia: va y viene, no termina la frase, vuelve para atrás, cavila, piensa, se embrolla. Y esta concepción del tiempo no coincide con los tiempos decimonónicos donde el tiempo parece ser algo que alcanza para todo. Todavía no estamos en la época del boeing, del jet, de los cohetes, sin embargo sus personajes parecen vivir en esa época”.

“Los hermanos Karamazov” y “Crimen y castigo”, traducidas por Omar Lobos para Ediciones Colihue
“Los hermanos Karamazov” y “Crimen y castigo”, traducidas por Omar Lobos para Ediciones Colihue

Omar Lobos cita al crítico marxista Anatoli Lunacharski, comisario del Pueblo de Educación en la primera etapa de la Unión Soviética: “Si Dostoievski hubiera tenido tiempo no hubiera corregido sus obras“, dice. “Sus obras son una vivencia de él mismo, es lo que él está atravesando en ese momento puesto en acto en una obra. No podía limarlas, corregirlas y transformarlas en una estatuilla: la obra se hubiera perdido. Dostoievski es eso que está ahí: incorrecto, saturado, crispado, jadeante, esos párrafos interminables llenos de aclaraciones dentro de aclaraciones dentro de aclaraciones porque Dostoievski quiere atrapar ese instante y contártelo todo y de todos lados: lo que hizo, lo que pensó, lo que fue a pensar pero no llegó a terminar de pensar mientras hacía este gesto con la mano y miraba a la vez al otro que lo miraba de tal forma. Todo eso te lo pone en el lenguaje, y el lenguaje no puede dar cuenta de todo eso junto, salvo a este precio tremendo que es la prosa dostoievskiana. Algunos abren el libro y dice: ¡Dios mío!, ¿qué es ésto? Esos novelones transcurren plazos tremendamente concentrados. Crimen y castigo, ese libraco de 800 páginas, es una semana. Los hermanos Karamazov, mil páginas, ¡tres días! Son tres días donde la vivencia está tan estrechada, apretada en su multiplicidad, que ahí tenemos tres días, sí, pero en tres días pasan tantas cosas, tantos encuentros, tantas cavilaciones. Son siempre tres días de cosas tremendas”.

Otro crítico marxista: Mijaíl Bajtín escribió en 1963 su famoso Problemas de la poética de Dostoievski. Ahí toma un concepto de la música y lo introduce en la literatura generando una nueva perspectiva: la polifonía. Bajtín encuentra en la literatura dostoievskiana un género nuevo, el de la novela polifónica, donde conviven diferentes voces en una armonía grupal que escapa del monólogo habitual para volverse “un último dialogismo, el de la totalidad”. “Ahí Bajtín dice también —sostiene Lobos— que sus novelas se desarollan más en el espacio que en el tiempo, que tienen dimensión espacial porque Dostoievski es teatral. Sí, está bien. Yo no le voy a discutir a Bajtín, pero el tiempo es muy importante en Dostoiesvki. Los personajes están acuciados por el tiempo. El suspenso de sus intrigas no tienen tiempo, tienen que resolver esto para dentro de una hora porque dentro de una hora o cuando llegue la medianoche o cuando pase tal cosa... Entonces todos se apuran, todos corren, hay un frenesí porque tienen que resolver, se está como ante las puertas del apocalipsis, viene el fin de los tiempos y nosotros tenemos que resolver esto. Entonces, de allí viene toda esta cosa que empezás a leerla y no podés parar. Es cierto que en la lógica del folletín la intriga era muy importante pero Dostoievski explota muy bien eso y mantiene en vilo, un vilo insoportable, durante 800 o mil páginas al lector”.

Un silencioso pacto literario

¿Qué tiene Dostoievski que lo vuelve tan original y a la vez tan universal, para que se siga leyendo 140 años después de su muerte? “Gustan las ideas, las tesis, los mundos que nos organizan, como los mitos y las utopías”, responde Laura Estrin, y completa: “Los manuales gustan y muchos creen que les gusta la literatura pero les gusta otra cosa –eso decía Leónidas Lamborghini repitiendo a Yeats. Y a los profesores y a los críticos les gusta la sociología o los estudios culturales y la literatura es otra cosa. Pero acabo de leer un hermoso libro de Svetlana Geier, Una vida entre lenguas y allí volví a encontrarme en mis charlas con Irina Bogdaschevski sobre Dostoievski. Ella siempre me decía que a Dostoievski se lo enderezaba mientras que sus frases asmáticas tenían algo que atraía, que atrapaba. Y Geier dice que ya desde Apuntes del subsuelo, la obra de Dostoievski, giró en confusiones. La traductora registra que Dostoievski utiliza más de tres mil veces la expresión mne kazhetsia, ‘parece’ o ‘me parece’, sobre todo en El jugador, pero también en sus artículos y cartas y que allí puede estar la clave lingüística de algunas de sus pasiones. La apariencia tapa de algún modo la esencia y Geier se pregunta qué significa que a alguien, continuamente, algo ‘le parezca’… Pues que ve la apariencia y no la realidad. Y agrega: ‘Al final todas las utopías caen presa de las apariencias. También el socialismo científico es, por supuesto, una utopía’”.

Dostoievski, según Konstantin Trutowski (1847)
Dostoievski, según Konstantin Trutowski (1847)

Tamara Djermanovic destaca que “la fricción de ‘no nos valoréis por lo que somos, sino por lo que nos gustaría ser’ también es algo que muchos podemos compartir, tanto al nivel de un pueblo como también personal. Me gusta la ironía de Dostoievski porque cuando el camino de la vida me llevó otra vez a la literatura decidí ir a buscar mis orígenes, orígenes de una cultura eslava, y no la serbia o la yugoslava, sino la rusa que era más grande. Con lo cual, creo que cuando vives fuera de tu país de origen, conectar tu cultura con la que continúas tu vida tiene mucho sentido, y de algún modo te enriquece, incluso te proporciona esta experiencia catártica: sana la nostalgia o la vuelve más saludable”. Además, asegura que Dostoievski “se aproximó como nadie, ni antes ni después, a lo más recóndito y oculto de nuestra alma. Él utilizaba estos términos: ‘profundidades abismales, infernales y celestiales’, poniéndose como espejo ante el ser humano y haciendo que indaguemos junto con él los abismos ocultos. Creo que la manera en que lo hizo, las palabras que utilizó, las descripciones que hallamos en sus novelas como Crimen y castigo, Los hermanos Karamazov, El idiota, que es una especie de Quijote ruso, hace que no haya nadie al que se le puede comparar. Y por otro lado, la vertiente tan actual de su obra: la denuncia de la voluntad del poder, su abuso, el problema de la libertad humana y la visión de nuestro carácter como algo que marca nuestro destino”.

Como si esto fuera una conversación cara a cara, todos alrededor de una mesa redonda, Laura Estrin retoma lo que dice Djermanovic y asegura que “con Dostoievski la pregunta por el arte se responde con las ideas, es decir, con el poder. Todo lo contrario de la serie o tradición Gógol de la literatura rusa donde la literatura está cerca de la verdad o de la mediocridad que nos rodea y no del poder. Alrededor de Dostoievski planean todos los Soloviov porque se supone que Dostoievski era un gran psicólogo, criminólogo, profesor de religión, el portavoz de los humillados y los ofendidos, pero un estilista apresurado y negligente –dice Geier. Por eso Dostoievski fue motivo de una amplia recepción utilitaria, incluso moral”. Y como de apropiaciones e interpretaciones está hecho el mundo, y sobre todo la literatura, son y serán los lectores —los atentos, por supuesto— los que quizás tengan la última palabra, como si se tratase de un pacto oculto, silencioso, indestructible con el gran autor ruso que hoy, acá, en estas páginas, nos convoca. Algo de esto decía Mijail Bajtin en el citado libro: “Es por eso que este diálogo, a la vez ruso y universal, que suena en las obras de Dostoievski, entre las ideas ya vivas y las que están por nacer, inconclusas y preñadas de nuevas posibilidades, ahora logra involucrar en su juego sublime y trágico las mentes y las voces de sus lectores”.


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