
Cuneo, Cuneo Perinetti o Perinetti. A lo largo de su carrera el pintor José Cuneo Perinetti (1887-1977) firmó sus obras de distinta manera, quizá como una manera para diferenciar las etapas que atravesó como artista, aunque si hay una por las que se ha destacado es su serie bucólica, tal como sucede en Luna y enramada.
Cuneo Perinetti, de quien hoy se cumple 44 años de su fallecimiento, nació en Montevideo y allí se formó durante sus primeros años, aunque con el tiempo comenzó a tener experiencias formativas que afectarían su obra por venir, tanto en Turín como en París.
En sus inicios se caracterizaba por un paisajismo, aunque tras sus viajes se inclinó por una obra planista, modalidad de la pintura oriental entre 1920 y 1930, que tuvo entre otros referentes a Carmelo de Arzadun, Humberto Causa, César Pesce Castro, Alfredo de Simone y Domingo Bazzurro. El planismo se caracterizó por el uso de planos de color cuyos bordes interactúan a partir de lo que se desarrolla una pieza sin volúmen en un dibujo austero en detalles, con cierta geometrización y figuras recortadas.
Se relacionó también con el expresionismo, de donde tomó el uso de la diagonal, con el impresionismo y el posimpresionismo, pero sobre todo con el cubismo y el fauvismo.
A partir de 1930 se radicó en el interior del Uruguay, en las ciudades de Florida y de Melo, donde realizó su serie más famosa, la que estuvo centrada en el campo, con ranchos, lunas y animales. Unos años después las series de Ranchos y Lunas presentan la influencia del expresionismo, donde revela una realidad expresivamente deformada en base a diagonales, dejando de lado las composiciones de verticales y horizontales.
Luna y enramada, un óleo sobre tela de 1940 que se encuentra en el Museo de Arte Latinoamericano de Buenos Aires, se aleja del naturalismo clásico y se centra en su búsqueda de un nuevo lenguaje, inspirado en las propuestas de Paul Cézanne.
“Aquí la luna se vuelve protagonista mágica, misteriosa y sobrenatural de un cielo amenazante con un espeso marco de nubes que, a su vez, determina el carácter dramático del paisaje en el que la enramada que cobija a los caballos parece quedar subordinada a un segundo plano, gracias a que el asunto se vuelve una excusa para convertir a los cielos en materia y, sobre todo, en un hecho plástico”, explica Mónica Farkas, en la descripción de la obra del museo.
En los 50 incorpora el abstraccionismo a su obra, sin abandonar sus series anteriores. Es una etapa de paleta baja y formas enroscadas en las que agrega la materia. A su regreso, adopta en su firma el apellido materno —Perinetti— como señal de su cambio de estilo.
El reconocimiento internacional le llega en los ‘60, con su primera retrospectiva, el premio de Bienal de San Pablo en 1969 y, en 1974, el Premio Nacional de Pintura de Cagnes su Mer. En 1976 viajó nuevamente a Europa, donde falleció un año después, en Bonn.
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