Ya todos lo saben: ha muerto Raffaella. Raffaella Carrà. The one and only. Desde que la diva, actriz y cantante italiana, diera su último suspiro este 5 de julio no dejaron de sonar en las radios, en la televisión, en los celulares sus canciones y sus bailes, ese legado que dejó Carrá en forma audiovisual. Sin embargo, llega a las salas de cine argentinas (bueno, a una sala por ahora) la exquisita comedia musical Explota, explota, un film feliz que tiene su centralidad en las canciones de Raffaella y que culminados los títulos del final dejan a los espectadores tarareando las canciones, quizás haciendo un pasito aún en plena calle, con una sonrisa pegada en los labios hasta cerrar los ojos y dormir. Claro, soñando con Raffaella.
La comedia musical es un género amado y odiado. Hay quienes despotrican porque de repente los actores y actrices realizan sus diálogos cantando y bailando como si la gente del mundo de pronto cesara el ritmo natural de las relaciones sociales y empezara a cantar. Imagínense a una mujer en sus veintipico, treinta, luciendo el atuendo de un vestido de bodas con una campera sobre el mismo, que llega al aeropuerto y pide un pasaje para Madrid, España, y que ya en su asiento solloza sus lágrimas. Una azafata se le acerca y le dice: “Disculpe, ¿se siente bien?”, y la ¿novia? comienza a llorar. De pronto azafatas y los demás pasajeros empiezan a entonar “Adiós, amigo”, uno de los éxitos de Raffaella, y se unen en una coreografía en pleno vuelo que al llanto lo combate con felicidad. Claro, para los detractores de la comedia musical el recurso no va, tajantemente. Para quienes piensan que el cine es también una fábrica de felicidad, mueven los piecitos en la butaca y sonríen ya que ha empezado el show.

María (Ingrid García Johnson) es la chica del vestido de bodas que regresa a Madrid después de decidir abandonar el altar antes de dar el sí a su prometido italiano en Roma. Sin lugar donde regresar, conoce a Amparo (Verónica Echegui), una azafata de aeropuerto que se acerca a ella sobre todo por ver de cerca un vestido de bodas de Valentino pero con quien comienza una gran amistad, le consigue trabajo en el aeropuerto de Barajas y viven juntas, a la vez que son fanáticas del programa de Rosa (Natalia Millán), que nutre su programa de televisión con canciones y coreografías que las nuevas amigas repiten. Un accidente de esos que suceden con el equipaje en los vuelos provocan que María se acerque a devolver a Pablo (Fernando Guallar) su valija perdida, sin saber que Pablo trabaja en la Televisión Española y menos que es hijo del censor franquista. Sucede que es 1973 en España y en la televisión la censura indica, por ejemplo: “Prohibido los bailes en los que se no despegan los pies del suelo, por que de esa manera se pierde la cualidad gimnástica para ganar la erótica”.
De casualidad en casualidad, María conoce al director del programa de Rosa, le ofrece ser parte del equipo de bailarinas del show y que luego debe lidiar entre la incipiente relación con Pablo, ascendido a censor, y su infinito amor por el baile. Todo regado con hits que todos conocemos.
Así se desarrollan casi dos horas de película que -como Mamma mía, que se nutría de las canciones de ABBA- guían la narración a través de las canciones de Raffaella Carrà.

Hay un Lucas, claro, del que Amparo queda prendida, pero como Raffaella dice que era “un chico de cabellos de oro, yo le quería casi con locura, le fui tan fiel como a nadie he sido, pero jamás supe qué le ha sucedido, porque una tarde desde mi ventana, lo vi abrazado a un desconocido, no sé quién era, tal vez un viejo amigo, desde ese día nunca más le he vuelto a ver”. Lucas, Lucas, qué te ha sucedido, canta Amparo, y es tan lindo todo que, como dicen algunos cantitos de cancha, “el que no vino a morirse de alegría con las canciones de Raffaella, para qué cangrejos vino”. (Bueno, no dice cangrejos el cantito en realidad, pero Infobae es un medio culto, respetuoso y del lado del lector).
Raffaella Carrà sufrió la censura en la Italia tan cosmopolita luego del fascismo debido a su canción “Tuca Tuca”, que cuando la presentó con el ombligo al aire causó un escándalo que llegó hasta las suites papales en el Vaticano. En España, lo mismo. ¡En Argentina, lo mismo! La dictadura videlista impuso a Raffaella, que se había convertido en una ídola de niñas, adolescentes y jóvenes de todos los géneros posibles, que cambiara la canción “Para hacer bien el amor” con la letra; “para enamorarse bien hay que venir al sur”. Cuando la canción decía: “lo importante es que lo hagas con quien quieras tú” se impuso el cambio por “es que tú vayas cuando quieras tú”. Oh, tiempos. Sin embargo, el furor Raffaella se puede comprobar en el video que circuló tanto tras su muerte donde se ve a argentinos y argentinas de todas las clases sociales cantando un popurrí de sus canciones en plenos años oscuros de nuestra historia.

Nacho Álvarez es el director uruguayo de la película, donde también Raffaella causó conmoción, y radicado desde hace tres años en Madrid logró fundir un vestuario setentista, una iconografía escenográfica de época y una película encantadora. También logró que Raffaella hiciera un pequeño cameo de sí, tal vez la última imagen cinematográfica de la diva. Ese breve momento de nostalgia no opaca la felicidad de la película.
* El film “Explota, explota” se exhibe desde hoy en Cinemark Palermo.
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