La belleza del día: “La ameya”, de Robert Frederick Blum

En tiempos de incertidumbre y angustia, nada mejor que poder disfrutar de imágenes hermosas

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Detalle de "La ameya" (1893)
Detalle de "La ameya" (1893) de Robert Frederick Blum

I

Robert Frederick Blum tenía 33 años cuando la revista estadounidense Scribner’s lo envió a Japón a realizar una cobertura artística: tenía que ilustrar artículos que escribía Edwin Arnold —periodista inglés que nueve años después escribiría el famoso poema narrativo La luz de Asia— y lo hizo durante los 18 meses que duró su estadía. Corría el año 1890 y el Imperio de Japón estaba viviendo un período novedoso: la Restauración Meiji.

Tras la Guerra Boshin de 1868 donde Saigō Takamori, líder del Dominio de Satsuma, y Kido Takayoshi, líder del dominio Choshu, apoyaron al emperador Sakamoto Ryoma, se restauró el poder imperial con nuevos cambios. Uno de ellos es la abolición del privilegio de los samuráis. Otro es la posibilidad del apellido a toda la población (antes sólo ocurría con la aristocracia; el pueblo adoptaba por apellido su profesión). Se le llamó la Era Miji.

Y ahí estaba Blum, con sus cuadernos, sus lápices, su paleta de pinturas, intentando contar lo que veía, graficar las postales inquietantes que se le presentaban frente a sus ojos. Ya había estado en Venecia, en Toledo, en Madrid, en Ámsterdam. No era un muchacho que el único paisaje que admiraba era el de su barrio. Sin embargo, cuando llegó al Japón la mente se le abrió de par en par. La forma de vida era muy diferente a la que conocía.

II

Nacido en Cincinnati, Ohio, en 1857, Robert Frederick Blum aprendió el oficio en un taller de litografía, primero, y en la McMicken Art School of Design y en la Pennsylvania Academy of Fine Arts, después. Supo amalgamar las dos vertientes necesarias: la obrera y la artística. Sin embargo, era un gran autodidacta. Se instaló en Nueva York en 1879, comenzó a trabajar en revistas, viajó a Europa varias veces, hasta que le llegó una gran oportunidad: Japón.

Además de ilustrar los artículos que Arnold escribía, Blum dibuja todo lo que le rodeaba. Hacía largas caminatas por el barrio y se detenía a observar como si fuese un extraterrestre. En algún punto lo era. Al volver a Nueva York, decidió llevar al lienzo algunos de todos esos bocetos que había traído consigo. Uno de ellos es La ameya, óleo de 63,7 centímetros de alto por 78,9 de ancho que hoy se encuentra en el Museo Metropolitano de Arte (Met).

En la escena se ve a una mujer rodeada de niños. Es una ameya, también conocido como “sopladora de caramelos”. En eso consiste aquella profesión: hacer caramelos y venderlos en la calle. Se logran mediante el antiguo arte amezaiku. Con mizuame natural o teñida y usando las manos se crean esculturas comestibles. En general tienen formas de animales o insectos. Algunos ameyas hacen trucos de magia y cuentan historias mientras hacen caramelos.

III

Concluyó La ameya en 1893 y la presentó en la exposición de la Academia Nacional de Diseño; ese mismo año fue elegido miembro. Un crítico del New York Times elogió las variadas vestimentas “admirablemente pintadas”. Sobre la protagonista de su obra, el propio artista escribió: “Ciertamente los ameyas realizan cosas muy interesantes usando el caramelo como un soplador de vidrio fundido, y produciendo resultados, aunque no tan duraderos, ciertamente muy artísticos”.

Blum murió joven, a los 45 años, producto de una neumonía. Estaba en su casa en la Grove Street de Nueva York. Fue el 8 de junio de 1903. Su mecenas principal, Alfred Corning Clark, heredó gran parte de sus obras. La ameya fue una de ellas. Al año siguiente decidió donarla al Metropolitan Museum, donde hoy se encuentra. Es, sin lugar a dudas, una de las mejores obras que tiene este prestigioso museo neoyorquino.

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