
I
Cuando Francis Picabia vio a Suzy Solidor sobre el escenario abrió bien grandes los ojos, tomó un largo trago de su bebida y no le quitó la mirada de encima hasta que la canción terminó. Luego aplaudió hasta que sintió en las palmas de sus manos un leve hormigueo.
Corría el año 1933, quedaba aún una estela de la Belle Époque y se imponía la cultura de masas. Pronto vendrían los nazis, la terrible ocupación alemana, los prisioneros, los muertos, el exilio. Pero en 1933 las cosas eran todavía mágicas.
Esa noche, Suzy Solidor, que había nacido en diciembre de 1900, tenía 32 años, una larga experiencia de vida —había trabajado como chófer del estado mayor, de ambulancias en el frente de Oise y más tarde en el de Aisne, había sido anticuaria— y estaba emprendiendo una nueva etapa, la que la volvería famosa: cantar en los cabaré como si fuera un ángel que bajó a la tierra para dar emoción.
Ese mismo año abrió La Vie Parisienne, un cabaré a la moda chic et cher en la calle Saint-Anne de París. Ella era la dueña —posiblemente la primera mujer francesa en serlo— y lo sería hasta 1946. La gente hacía cola para escucharla cantar. Esa década, la del treinta, es su década.
II
Francis Picabia, que nació en París, estaba de regreso luego de haber vivido tres años en Nueva York, dos años en Barcelona y otros tantos meses por el mundo.
Ya había trabajado casi todos los estilos contemporáneos —postimpresionismo, cubismo, fauvismo, dadaísmo, surrealismo, arte abstracto, pintura figurativa, dibujo, collage— y hacía rato que era uno de los artistas más vanguardistas y respetados de la capital francesa.
Y ahí estaba este pintor de, en ese entonces, 54 años. Hasta hacía unos minutos creía que nada podía sorprenderlo y sensibilizarlo. Pero se equivocaba.
Una mujer de físico andrógino, cabellos rubios y flequillo cuadrado cantaba con una voz grave las aventuras de su agitada vida sexual y sentimental y el mundo se derretía a su alrededor.
III
Al terminar el espectáculo, Picabia fue al camarín a saludarla. Se presentó. Claro que ella lo conocía, aunque posiblemente fingió no saberlo. Le dijo: “quiero pintarla, señorita”. A los pocos días organizaron la escena. Ella se desvistió, se sentó cómodamente, puso sus rodillas sobre sus pechos y sonrío como sonríen los ángeles.
Retrato de Suzy Solidor es un cuadro de 1933. Está en una colección privada. Allí, Picabia reproduce, mediante su particular estilo, la belleza de esta mujer única: ícono de la chanson, símbolo de la liberación femenina, militante de la diversidad sexual, musa de pintores y modelo de fotógrafos.
Según dicen, es “la mujer más pintada del mundo”. Han capturado su cautivadora imagen alrededor de 225 artistas. Tamara de Lempicka, Jean Cocteau, Francis Bacon y Man Ray, sólo por nombrar algunos.
Tal vez el retrato de Francis Picabia sea el mejor: hay algo angelical, algo provocador, algo sensual, algo tierno, algo frágil, algo fuerte. Todas esas características, que el arte logró capturar en una sola postal, formaban parte de Solidor, que murió en 1983, treinta años después de Picabia.
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