
A Hamlet, no lo atormentaba la duda, lo atormentaba la certeza. Lo mismo que a los protagonistas de estos relatos que escribí en Una chica normal, que se debaten entre seguir las normas sociales establecidas o habitar en la frontera, ese espacio, donde los límites no se ven.
Cuando tenia nueve años, “mi mamá decidió”, que quería cortarme el flequillo, de la misma manera que lo hizo con mi hermana, alumna diez y de pelo lacio; quería “encasillarme” en la niña dulce de flequillo. Yo, como ahora, tengo rulos y no soy, como antes, una chica diez. Pero como uno ve, lo que puede, me convenció. Y yo, a fuerza gastada de hacerle entender que había algo en mí que era diferente, cedí. Y la catástrofe ocurrió, me corto el flequillo. Esa noche, me hizo brushing y me fui a dormir con un flequillo inmaculado. A la mañana siguiente, amaneció invertido, literalmente. Se veía para afuera lo que tenía que quedar para adentro, ese rulo final que suavemente se apoyaba sobre la frente, sobresalía, haciendo una especie de balcón. Entre llantos fui a la escuela así, mi vida y mi reputación estaban arruinadas. Ese mediodía, volviendo a casa, una abeja se posó sobre ese rulito balcón, y mi abuela, la encargada de cuidarnos durante el almuerzo, trato de espantarla a los bolsazos, termine con un ojo morado, y mi abuela indignada de como a mí, que tenía rulos y frente chica, me habían cortado el flequillo. Pero Elda (le decía mi mamá) todas las chicas lo tienen. Y ahí empezó el mito, que con esfuerzo de análisis evito que me devore, de la famosa frase: ¿Gaby, no podés ser una chica normal?, exigida por mi madre entre suspiros. Yo siempre supe que jamás cedería mi vida para que la norma me guíe.
Después que mi mamá murió, me fui un tiempo a vivir a Roma. Me enamoré de todo, de Roma, de los romanos, de la pizza, de la fontana de Trevi y claro, de mi novio siciliano: exacerbaba la italianidad. Se humectaba los labios con aceite de oliva y me gritaba desde la ventana, ¡amore, vieni a mangiare la pasta!, eso tan obvio, me volvía loca.
El momento que más amaba, en Roma, era la noche. La ciudad vacía, descansando del caos que sabe habitar. Andar las calles desiertas, transitar las ruinas, contemplar cómo sobre estas se construye y se construyó infinitas veces. Roma, me dio coraje, yo estaba en ruinas, perdida, sin saber que hacer o como avanzar, caminaba preguntándome, ¿qué es lo que hace que una vida funcione y avance?
Le Breton dice que lo que importa no es el camino, sino lo que el camino te hace. Una noche, andando con Luciano, mi novio siciliano, me encontré con la Fontana de Trevi por primera vez vacía e iluminada. La dolce vita es mi película preferida, la ví desde muy chica, rebobinaba el vhs, solo para ver la escena en que Sylvia se topa con la Fontana di Trevi y excitada, obnubilada, entra, atraviesa las aguas heladas, que le llegan a la rodilla e invita a Marcello a que entre. Los dos en la fuente se miran, él intenta tocar su cara, pero algo lo detiene, ella le dice escucha, y en ese instante, la fuente se detiene y amanece. Para mí, durante muchos años, eso era el amor, que alguien te siga hasta las heladas aguas de la Fontana de Trevi, que la pasión le brote de las entrañas y le de coraje para silenciar el ruido del mundo, ese rumor permanente del presente, que termina siendo un rumor mediático, hueco y publicitario, que nos aleja de nuestra identidad, lejos de la civilización.
Así también, los personajes de los relatos de mi libro intentan buscar un equilibrio entre la norma y el caos interno que los habitan, ellos saben el precio que se paga por ser diferentes y la mismidad se les vuelve insoportable. Perec dice que vivir “es pasar de un espacio a otro haciendo lo posible para no golpearse”, y así es como estos personajes intentan vivir, sin golpearse, sosteniendo una actitud punk ante la vida y en el momento preciso en que vislumbran el caos, entender que el mundo y ellos están muy jodidos.
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