
El francés Louis Marie de Schryver (1862-1942) no es un clásico artista que se pueda apreciar en museos, de hecho la mayoría de su obra se encuentra en colecciones privadas, como es el caso de La vendedora de flores en la Avenue de l’Opéra.
Hijo de un reputado periodista, de Schryver nació en París y desde la adolescencia comenzó a exponer bodegones. Ante su interés y talento, estudió por algún tiempo con Philippe Rousseau, pero ya a los 17 años se convirtió en un artista independiente tras obtener una medalla de bronce en la Feria Internacional de Sydney.
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Si bien sus primeras obras se centraban en bodegones fue en las calles de París donde encontró su mayor inspiración, sobre todo en el mundo alrededor de las flores. París había cambiado desde que el barón Georges Eugène Hausmann comenzó a modernizar la ciudad por pedido de Napoleón III y los impresionistas ya habían dejado su huella buscando en esa nueva ciudad inspiración para sus lienzos.
Jean Béraud fue el artista que eternizó esa renovación de una manera oficial, retratando la vida que permitía esos nuevos espacios, desde los amplios bulevares a las reuniones de la alta sociedad, pero a de Schryver le interasaba otra cosa: el corazón plebeyo de París, no el oficial, pero no por eso menos bello.
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Para 1886 su obra pasaba por dos ejes: la cotideaneidad de París y los encargos de retratos de familias de la alta sociedad francesa, de algo había que vivir. Su serie El primer día de primavera, donde recrea la venta ambulante de flores le concedió un premio en el Salón de París, pero también un éxito inesperado.
De Schryver recreó aquellos encuentros entre la clases acomodadas y las humildes con cierto romantisismo, generado una armonía estética entre unas y otras, pero sin dejar de mostrar al detalle las diferencias entre ambas a partir de las vestimentas y peinados.
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Sus cuadros son, en ese sentido, un perfecto manual de historia de la moda francesa de fines del siglo XIX, con la silueta de las damas de los últimos años de la moda del polisón, la ‘reloj de arena’ y el inicio de la ‘sylphide’, ya en el siglo XX. No dejó ningún detalle sin marcar, como accesorios y tocados, los guantes y parasoles.

Sin embargo, no todas sus obras poseen ese aura de glamour. La más potente de sus pinturas y una de las pocas que se encuentra en un museo (en Cambrai) es El comerciante de las 4 estaciones, una pieza en la que documenta a un hombre y a su hija en la faena de comercializar vegetales y frutas por la calle.
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El mira al espectador y en su rostro puede verse el esfuerzo, mientras que la menor aparece distraída observando algo más allá del marco. Las ropas aquí revelan la carencia, con sus colores opacos en contraste con la ciudad en el fondo, donde el dorado de los carteles en los majestuosos edificios, los carruajes y, más pérdidas detrás pero presentes, las personas de las clases acomodadas caminando por allí.
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