
La Biblioteca Popular y Asociación Vecinal de mi barrio, -omito su ubicación-, volvió a convocar a los socios, solicitando breves notas que orienten a la lectura de textos poco hollados. Solicitud ésta propia de la actual época de confinamiento, cuando el lujo de recorrer los estantes de la Biblioteca, está vedado. En esta oportunidad, propuse las pistas bibliográficas en torno a la dualidad del Yo y el Otro Yo en la Antigüedad Clásica, pistas que no abundan, aún para mí, que vengo de rastrearlas. Seleccioné dos: el daimon que albergó Sócrates, y el genius que acompañaba y presidía la vida del varón romano.
En la Apología de Sócrates (Ed. EUDEBA), obra de un Platón juvenil, Sócrates reitera la presencia de un daimon en su vida: “…una cierta voz divina y demoníaca viene a mi…que comenzó desde niño…y cada vez que surge, me disuade de algo que estoy a punto de hacer, jamás me impulsa a algo”. Espigando en otros textos de Platón, es posible configurar de qué se trata, textos en los que Sócrates es personaje central. El daimon es quien le sugirió no ingresar al terreno de la política para preservarse así como filósofo de la vida cotidiana. También es quien le disuade de huír del escenario en donde tiene lugar una polémica en torno a Eros (Fedro): “Siempre me retiene de algo que voy a hacer. Me pareció oír una voz procedente de la señal divina, que me prohibía marcharme antes de haberme purificado de la falta cometida contra la divinidad”, esto es, contra el dios Eros en el discurso que acababa de pronunciar. Asimismo, el daimon le conminó a no sostener una relación amistosa con Alcibíades, quien pretendía ser su amante (Eutifron). Un estudioso afirma que el enigma de las decisiones que toma Sócrates, incluyendo su opción suicida por la cicuta, es el enigma de su daimon, tal la relevancia de este personaje semidivino, personal, pero sin nombre propio.

En cuanto al genius romano, nos remitiremos a un muy difundido ensayo de Giorgio Agamben, que integra su libro Profanaciones (Ed. Anagrama), si bien escaso de fuentes romanas originales, y abundante en elucubraciones filosóficas. El genius era un espíritu protector de cada uno de los niños, y si fallaba en virtud de su condición “vultu mutabilis”, les hacían correr serios peligros. Los genii estaban limitados a los varones, cada uno de los cuales tenía su propio “sanctus et sanctissimus deus”. El día del cumpleaños, era objeto de libaciones y adoración, y solía ser representado por imágenes de serpientes. El carácter protector del genius se manifestaba en la adultez como la capacidad de genitalidad reproductiva. Según Agamben, -aquí vienen las elucubraciones modernas-, el genius es lo que en nosotros predomina sobre el Yo: determina nuestras enfermedades, nos embarga de pánico o de euforia, nos produce celos o confianza. Ratifica que “el hombre no es sólo Yo y conciencia individual…El genius es nuestra vida en tanto no nos pertenece…Es quien destruye la pretensión del Yo de bastarse a sí mismo”. En fin, “que el Yo no es amo en su propia casa”. El individuo intenta encaminarlo según su sano entender, congraciarse con él, con mayor o menor suerte. Dado su predominio, ¿es nuestro verdadero Yo? ¿Es el acúmulo de nuestro historial emotivo, desde el vientre materno hasta nuestra infancia? Vivir en el Yo no es sino una gracia que nos concede el genius, mientras lo admita.
En una hoja de cuaderno, me cito a mí mismo: “Tropiezo con la pata maciza de una mesa, retrocedo y veo el dedo pulgar del pie derecho con una suerte de enrojecimiento. Divago: no es una lastimadura seria, es cuestión de tiempo para que se repare, necesito paciencia. ¿A quién estoy tranquilizando, a quién me estoy anticipando? - A mi otro Yo, quien suele inclinarme a la angustia porque la dolencia no se agotará, porque es sin tiempo ni evolución, y la columna dorsal se deformará para compensar la afectación. ¿Quién es este vocero de la catástrofe? Dónde soy más yo mismo, ¿apostando al tiempo que cura, o condenándome a una pena eterna? Temo a mi otro Yo más que al dolor físico en danza”.

Hemos rastreado antecedentes literarios de la dualidad Yo-Otro Yo en fuentes griegas y romanas de la Antigüedad. Modernamente, mucho tendrá para decir al respecto el Psicoanális de Freud y de Lacan. Este último, en su polémica con los sostenedores del “Yo autónomo” y su unicidad (Heinz Hartmann y otros), dice: “Creer en el Yo, que uno es uno, es una locura harto común” (El Yo en la teoría de Freud). Todavía me resuena la carcajada de una amiga psicoanalista, cuando me jacté de “ser de una sola pieza”. Obvié nada menos que el otro Yo, que nos enferma y que nos sana, que produce la picazón y el incontenible impulso para rascarse que el Yo no puede contener, el que nos inclina hacia el optimismo o al escepticismo, a la alegría o a la pena.
¿Y qué decir del tan aceptado “ángel guardián”, a quien se le canta: “Mi dulce compañía, no me desampares, ni de noche ni de día, no me dejes solo, que me perdería”? Si bien la cultura religiosa lo ha ubicado más bien en la exterioridad del Yo, algún rastro del daimon y del genius alberga. Demostrarlo, queda como deuda.
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