
Me creía incapaz de narrar. Por eso, la poesía (aunque la poesía también narre, claro, y las narraciones poeticen). A su vez, me creía capaz de contar un cuento en voz alta. Y de volverlo a contar, sutilmente cambiado.
Amaba viajar, pero no sabía nada de no hacer nada; es decir, el ocio se me hacía cuesta arriba. Y como el ocio, las vacaciones: la mera idea de estar tumbado a la sombra de una palmera rascándome el ombligo podía sonar tentadora, sí. Ahora bien, si por algún azar llegaba a estar tumbado a la sombra de una palmera, necesitaba hacer algo. Muchas veces, ese algo era leer y anotar con lápiz en las márgenes de lo leído, precioso hontanar.

Cuando viajaba solía leer libros de viaje, qué pleonasmo. Pleonasmo como acá en España, donde resido, se dice “bajar abajo”, “salir fuera”. En aquellos viajes, los viajes leídos –de Nicolas Bouvier a Alexandra David-Néel, de Pigafetta a Lucio V. Mansilla, de Basho a Ibn Battuta– se trenzaban con lo vivido.

Esos textos inolvidables (otro, meridiano: Del caminar sobre hielo, del cineasta alemán Werner Herzog) germinaron en mí la posibilidad de lanzarme a los caminos con algo que hacer. En muchos casos, el motivo era tan simple, y tan complejo, como andar sobre lo andado por otros.

Así llegó la idea de caminar el Tokaido, la más trajinada de las cinco rutas del Japón feudal. Había descubierto los grabados con los que Hiroshige ilustró los 500 kilómetros que separaban a Tokio de Kioto. Pensé: hace mucho que quiero ir a Japón, acabo de encontrar la manera. Aproveché una gira de trabajo por Barcelona y pegué el salto. Lo curioso es que no quedaban trazos del largo sendero, así que lo fui creando a medida que lo recorría. Creando, narrando. Quizá eso sea viajar.

Poco después de la llegada a la luna, un periodista le preguntó a Borges qué opinaba de los viajes espaciales. “¿Viaje espacial? No sabía que hubiera otros”, contestó. Y en el relato Utopía de un hombre cansado, que lleva por acápite dos hermosos versos de Quevedo (“Llamóla Utopía, voz griega cuyo / significado es no hay tal lugar”), se despacha diciendo que todo viaje es espacial, que ir de un planeta a otro es como ir a la granja de enfrente.

Cada cual encuentra el viaje que le cabe. El cuento que le cabe. La ilusión. Con tantos viajes aprendí a dejar de buscar y, no sé muy bien cómo, a narrar. Así fueran mis pasos por un espacio reducido, homenajeando el Viaje alrededor de mi cuarto del francés Xavier de Maistre, o mis pasos en la inmensidad del desierto mexicano. A narrar lo que narran otros, lo que comen otros, lo que ocultan otros.
Fueron cuatro años de viajar –perder países, diría Pessoa– al lado de otros viajes, debajo o encima de lo que diversos trotamundos viajaron antes: palimpsesto, cinta de Moebius, dromomania.

En Buenos Aires a pie, al trote y al galope por manzanas conocidas, aparentemente conocidas; en Estación Catorce, el verdadero caminar alucinado por una carretera casi oasis y luego a dedo hasta encontrar el milagro; en La Habana caminado y caminante, además de apelmazado en almendrones y algún que otro vehículo consular; en Islandia a dos patas y en modesto autito alquilado, nada de botes ni de caballos, tras las huellas de Jorge Luis; en Mallorca por playas y acantilados, un poco bailando y otro poco nadando; en Tánger a puro patear de madrugada en madrugada, muchas veces en círculos, absorbido por el laberinto; en Darjeeling el andar por las colinas empinadas como un fantasma con aspecto de cabra; y en Japón sí, de ida los pasos del peregrino cansino pero jamás cansado, de vuelta en tren bala para compensar.

A algunos lugares volví, a otros no. En muchos caminé, mucho; en algunos me drogué, en algunos me frustré, en algunos me enamoré, en algunos me aquerencié; en uno hice un duelo; en todos me perdí, en pocos me encontré. Las historias que escribí se mezclaron con las historias que ya estaban escritas, y sobre todo con las partecitas de esas historias que más me tocaban: el goce. El goce vital y renovado de circular por ahí “dépaysé”, ese verbo francés que no existe en castellano, pero se traduciría como “despaisado”.

A ese torrente de movimientos lo llamé, usando una frase de J. G. Ballard retocada por una canción de Facundo Cabral, Creo en la historia de mis pasos.
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