
I
Las obras de Christian Schad parecen convencionales, rígidas, obvias, pero son simbólicas. Nació en Miesbach en 1894 y murió en Stuttgart en 1982. Tuvo una vida larga e intensa ligada al dadaísmo y al movimiento de la Nueva objetividad.
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La experimentación siempre fue su camino. En 1918 desarrolló su propia versión del fotograma; las llamó “schadografías”. Vivió en Roma, en Nápoles, en Viena, en Berlín.
Hizo del arte algo más que una expresión. Le interesaban los efectos, las interpretaciones, las lecturas. Él mismo lo ha dicho: “Mis obras nunca son ilustrativas, en todo caso son simbólicas”. ¿A qué se refería?
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En Autorretrato, un óleo sobre madera de 1927 que permanece en el Tate Modern de Londres, vemos una escena clásica de la vida cotidiana: un hombre y una mujer sobre la cama.
Es un cuadro ideal para adornan cualquier living, incluso una habitación, pero ¿de sentidos despliega Schad allí?
II
El hombre es él, que mira al espectador con expresión aguda y los labios apretados. A su lado, o detrás, hay una mujer desnuda. Al parecer, ella no es nadie. O es todas.
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Para hacer su rostro se inspiró en una mujer que vio en una papelería vienesa (¿recordó el rostro y lo pintó o la invitó a pasar a su casa para modelar?). En Viena fue concebida esta obra. En la ciudad suiza Schiad vivió entre 1925 y 1927.
Hay un detalle importante en la mujer: en la mejilla izquierda tiene una cicatriz. No la portaba la vienesa. Es, dijo él mismo, algo que vio en Nápoles durante su estadía entre 1923 y 1924. A esas marcas se las conoce como cicatrices de freggio.
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Son los hombres quienes la realizan sobre sus mujeres como signo de posesión y advertencia a los rivales potenciales, contó la curadora Sabine Rewald, especialista en la obra del pintor alemán.
III
¿Qué más vemos en la escena? La camisa que trasluce el cuerpo del artista, una pequeña cinta azul envuelve la muñeca de la mujer y en el extremo del cuadro se percibe el color rojo de una de sus medias. De fondo, una cortina transparente deja ver la gran ciudad de Viena en una noche perfecta.
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“Hay arios elementos simbólicos particularmente relacionados con las nociones de identidad y apariencia”, escribió el crítico de arte Richard Martin,
Y continúa: “Por ejemplo, la flor del narciso, que en la pintura de Schad se inclina de manera perceptible hacia el artista, evoca el mito griego en el que un hombre vanidoso se ahoga después de intentar abrazar su propia imagen en un charco de agua”.
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Para Rewald, este cuadro “no tiene como tema la pasión, sino que hace una alegoría del narcisismo”. Visto con atención, sobre todo al posicionarse en la mirada de Schad, hay una fuerte tensión que busca interpelar al espectador. El mismo artista lo ha dicho: “Nadie está completamente libre de narcisismo”.
¿Será que hay desligarse un poco de ese narcisismo constitutivo de todos los seres humanos para apreciar el simbolismo de esta obra y disfrutar de toda su virtud?
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