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Si emplease la técnica típica de un reseñista debería iniciar el texto informando que Alberto Giordano acaba de publicar Volver a donde nunca estuve (Bulk editores, 2020), un libro que conjuga tres preocupaciones recurrentes del escritor, la cuestión autobiográfica, el diario íntimo y la figura paterna, aunque bien se podría argüir que las últimas dos constituyen un desprendimiento de la primera. En este nuevo volumen, Giordano reúne las entradas en torno de su padre publicadas anteriormente en los diarios El tiempo de la convalecencia (2017) y El tiempo de la improvisación (2019; a los que se suma El tiempo de más, recientemente editado por Iván Rosado), entradas dispuestas de tal forma que generan en el lector una extraña sensación de unidad.
Cabe destacar –siguiendo en modo reseña– que el subtítulo del libro, “Algo sobre mi padre”, había sido utilizado por Giordano en Una posibilidad de vida. Escritura íntimas (2006), para titular un breve ensayo sobre la novela Íntima de Roberto Appratto, dedicada a la tensa relación del autor uruguayo con su padre. Ese texto comienza así: “Una tarde muy triste, para consolarme, y también para distraerme, por haber tenido que dejarlo solo en la clínica en la que estaba internado, traté de recordar y escribir la imagen de papá que me parecía más feliz”.
Quince años después, Giordano reescribe, recorta, pule la frase (y nos ubica): “Una tarde muy triste, para consolarme por haber tenido que dejarlo solo en una clínica de rehabilitación, en las afueras de Córdoba, traté de recordar y escribir la imagen de papá que me parecía más feliz”.

Dejemos constancia de que la última entrada, corregida, aparece primero en un posteo de Facebook del 21 e abril de 2019, luego en la compilación virtual Los domingos del profesor: fragmentos de un diario en Facebook y finalmente llega al lector, en formato papel, incluida en Volver a donde nunca estuve.
El fragmento citado, como tantos otros, se va desplazando de dispositivo en dispositivo, de libro en libro, de tiempo en tiempo, de realidad en realidad, buscando su lugar en el mundo (en el texto), fue parte de una reseña, parte de una entrada de Facebook y ahora es el inicio de una entrada completa en un diario sobre el padre. Estos desplazamientos son propios del modus operandi de Giordano, quien expone lo ya expuesto, reescribe lo ya escrito, republica lo que ya se publicó. En consecuencia, su producción diarística sale a la luz de manera muy diferente a como lo hacían los diarios de escritores hasta mediados del siglo XX, rescatados por azar de algún sótano oscuro. En Giordano lo público es dos veces público, se multiplica, sin escala previa en el ámbito privado, procedimiento que, paradójicamente, refuerza la tensión entre ambos.
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Ricardo Piglia (quien medio en broma, medio en serio alegaba que se construye una obra literaria para justificar luego la publicación del diario personal) dice: “La cuestión siempre central para mí es lo que yo llamo el tono. La relación que el narrador establece con lo que está narrando. Si es una relación de distancia, si es de pasión. Esa relación del narrador con la historia que narra para mí es la clave del asunto. Cuando el narrador se conecta de una manera emocional particular con la historia, eso define el tono. Y para mí la clave está ahí. Si uno no encuentra ese tono, no está escribiendo sino redactando”.

La clave está ahí. Giordano no redacta, Giordano escribe y para él encontrar-construir el tono supone el arte esencial de estos ejercicios, y el tono de Giordano (el tono Giordano) es un tono íntimo, intimista, con un ritmo acompasado y un estilo de “moralista francés” contemporáneo, es el tono de alguien que sabe que entendió algo fundamental de la existencia, pero sin saber realmente qué. En este sentido, en el corazón de la prosa de Giordano late la trama ironía-autoironía, una dupla por momentos descarnada, que le impide inscribirse en el selecto club las buenas causas: “Como impugna y no contesta, la ironía no sería crítica, pero la crítica solo es tal –apreciación de qué pueden los estilos de vida contemporáneos– cuando toma una forma irónica, es decir, cuando asumo los riesgos del error y el malentendido. Lo demás, la crítica como ejercicio biempensante, la que obedece a los valores de la moral progresista, no sería más que un pedagogismo impotente (sólo persuade a quienes ya están persuadidos)”.
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“La lectura [escribe Giordano] puede volver la vida más rica e interesante, no más culta o mejor educada”; la lectura como un trabajo, una obstinación, un deseo que no nos convierte en mejores personas (candorosa fantasía progresista), pero sí guarda la potencia de convertirnos en seres más complejos, o como diría un casi olvidado Camilo José Cela, en seres poliédricos. Justamente, si algo les debo a los libros de Giordano es (quizás sea solo una ilusión) haber ganado un poco de espesura, de complejidad; les debo la posibilidad de examinar mis contradicciones, mis dobleces, mis mezquindades, sin intentar suprimirlas, como quien pretende desinfectarse una herida.
Pero para ser justos, a Giordano le debo también la apertura de ciertos mundos, tierras incógnitas que con el correr del tiempo se volvieron pasión (y obsesión); me refiero al subgénero literario hijos escribiendo sobre sus padres (ajustando cuentas, pagando deudas, buscando una reconciliación imposible; desde Aram Saroyam hasta Federico Jeanmaire, desde Philip Roth hasta Mauro Libertella) o al género diario (he leído decenas, aunque uno en particular continúa pendiente, son los tres tomos de Iñaki Uriarte tan recomendados por Giordano, que conseguí en Barcelona y por los cuales pagué, a ciegas, una fortuna), del cual yo mismo me he vuelto un productor.

En relación a la experiencia de llevar un diario, escribe Giordano en el prólogo a Tres años con Derrida, de Benoît Peeters: “No se vive de la misma manera si se cuenta o no con la ocasión de poner diariamente a salvo del olvido y de examinarlo en su devenir”. Tal cual. No se vive de la misma manera. Porque si el diario se transforma en una manía (única forma que conozco de sostener la escritura diaria), uno vive para el diario, igual que el adicto perdido vive para la droga, por la droga y contra la droga. Pero no resulta menos atrayente la idea de poner a salvo y examinar. Que el presente perviva, se archive (con los problemas inherentes a cualquier archivo) para estar disponible. Esto demuestra la combinación temporal que encierra un diario íntimo: pasado, presente y futuro palpitando en el aquí y ahora de una obra.
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La referencia borgeana incluida en el título (Vuelvo a Junín, donde no estuve nunca), promete al lector una mirada hacia el pasado (en el caso de Borges hacia su abuelo coronel), y así podría ser entendida en el libro de Giordano, la promesa de un repaso por ciertos sucesos relacionados con su padre, quien sobrevive gracias a la escritura de su hijo (el hijo escribe al padre); sin embargo, la evidente torsión hacia atrás no nos impide cambiar el eje y enfocar la mirada hacia adelante, “creo que la presencia recurrente de la posibilidad de morir a lo largo de mi diario tiene que ver con algo que Alejandra Pizarnik anotó en el suyo: ‘La muerte de mi padre hizo más real mi muerte’. Cuando murió papá, sentí que lo que había desaparecido era nada menos que la figura que mediaba entre la muerte y yo, que el próximo turno era el mío”. El próximo turno, la próxima estación, el horizonte que nos espera, el futuro inevitable, sin desánimo, con fervor, ese es el lugar en donde uno nunca estuvo ni podrá estar, volver (como quien vuelve al futuro) a donde nunca estuve representa un intento de Giordano por adelantarse a los acontecimientos.

Y entonces el sentido del libro se desvía (ya no es de mano única), y en lugar de ser (solo) un compilado de recuerdos cuyo centro ocupa la figura paterna, el volumen convierte al padre de Giordano en el personaje destinado a entregar una posta al hijo, para que pueda dejar él mismo una herencia, un legado, por ese motivo, probablemente la entrada determinante del Volver a donde nunca estuve no refiera al pasado, sino al futuro, el futuro de su hija, Emilia: “De verdad espero que, dentro de treinta o cuarenta años, cuando le toque pasar a ella por el trance de conmemorar al padre muerto, mis diarios le sirvan para aligerar el trámite”.
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