
Alfredo Andersen (1860-1935) nació en Noruega hace exactamente 130 años, murió en Dinamarca, pero gran parte de su obra vive en Brasil, país al que llegó por esas casualidades del destino y de la que se enamoró.
También escultor, decorador, escenógrafo y profesor, trajo la estética del romanticismo, el realismo e impresionismo a un rincón del mundo donde el arte pictórico era una rareza y por eso se lo considera el “padre de la pintura del Paraná”.
Por su padre, un capitán de la Marina Mercante, estuvo relacionado con los mares desde pequeño. Por eso, luego de estudiar en la Academia de Bellas Artes de Christiania (actual Oslo) con Wilhelm Krogh y, posteriormente, convertirse en alumno y profesor de la Real Academia de Bellas Artes de Copenhague, Dinamarca, a nadie sorprendió cuando a bordo de un velero comenzó a navegar por los trópicos.
Así llegó a la costa brasileña y realizó su primera obra sudamericana, en el puerto de Cabedelo, en Paraíba. Regresó a su país con el deseo de seguir explorando. Había decidido conocer Buenos Aires, pero problemas en el motor del barco lo obligaron a descender en Paranaguá, para encontrar su lugar en el mundo.
Allí se casó con una lugareña y tuvo hijos. Luego, en 1902, se mudó a Curitiba, donde abrió una escuela taller en su residencia, que en la actualidad es la Museo Casa Alfredo Andersen (MCAA) y es donde puede apreciarse Lavanderas.
En la carrera de Andersen hay tres etapas bien marcadas: período noruego (1873-1892), período costero (1892-1902) y período Curitiba (1902-1935), en los que realizó retratos, paisajes y escenas de género.
Esta pieza corresponde a período costero, que está marcado por escenas marinas (mayoritariamente costeras), retratos por encargo y escenas de género ambientadas en un espacio exterior. En los trabajos de esta fase, hay una mejor exploración de las posibilidades de composición del espacio, una mayor liberación en el tratamiento pictórico y el uso de tonalidades más claras en la exploración de los efectos naturales de la luz, explican en el sitio del MCAA.
“El artista practicó todos los géneros, destacándose como paisajista, intérprete sensible y personal de la naturaleza de Paraná, y como pintor de figuras. En su juventud, tocado por el Simbolismo, que motivaría algunas de sus mejores composiciones, Andersen abandonó gradualmente su orientación original, cambiándola por un agudo sentido de la observación y un marcado amor por la realidad. Espontáneo y vigoroso en su pincelada, colorista sensible, su obra es un caso único de aclimatación cultural de un artista escandinavo en suelo brasileño”, escribió e historiador del arte José Roberto Teixeira Leite.
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