
Mis cuatro vecinos apuran sus cervezas y sus vinos y salen juntos de Les Dauphins. Riéndose. A las carcajadas. Palmeándose las espaldas. Se ve que un par de copas, además de prepararlos para la jornada de trabajo, también los ha unido: ha conseguido hacerlos más compañeros. Algo que aquel día de fines de marzo, arriba de los ML y del HMS Campbeltown, y mientras se acercaban minuto a minuto hacia el punto E, el punto en que la excursión ya no podría retornar sin dar batalla, debe haber sido todavía más importante que la pérdida del miedo.
Debe haber sido fundamental.
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Porque, se me ocurre, el amor es siempre más fácil de contagiar que el odio.
Y tanto el ron como las anfetaminas no podían inventar el odio contra los alemanes, sólo podían paliar el terror a la muerte y, sobre todo, crear un espacio de compañerismo entre ellos, una comunión que los obligara a luchar codo a codo, a luchar junto al otro hasta la muerte, si era necesario.
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La palabra compañerismo, acaba de hacerme acordar de mi padre y de su fallido intento de ir a pelear en Malvinas.
Evidentemente, en el momento que llamó por teléfono a sus antiguos camaradas de armas o cuando después se presentó ante las autoridades militares pidiendo que lo llevaran como voluntario, especificándoles que todavía guardaba para sí el rango de sargento en la reserva, no tenía ningún miedo de morir. Aunque, claro, me parece que ese temor no surge hasta el instante mismo en que ocurre la cercanía de la guerra. La prueba de ello es que, en medio del patio de maniobras escocés, ninguno de los comandos se negó al casi seguro sacrificio de sus vidas que les proponía Newman. Absolutamente ninguno. Y, para aceptar, el teniente coronel no necesitó invitarlos con botellas de ron ni con anfetaminas.
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Pero volvamos a mi padre.
De haber podido marchar a Malvinas y cuando los aviones británicos comenzaron a bombardear las posiciones argentinas en las islas, ¿habría tenido miedo de morir?
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En el libro que escribió Edgardo Esteban acerca de aquella guerra en el Atlántico Sur, se cuenta, por ejemplo, que el coronel Solís arengaba a la tropa al grito de que los soldados británicos eran mucho menos que ellos, una suerte de degenerados que leían revistas pornográficas, que muchos eran homosexuales y que, además, todos consumían drogas.
Resulta doloroso que los coroneles argentinos supieran tanto de dictaduras y campos de concentración y torturas y desapariciones y no supieran nada de guerras. Habían embarcado a un montón de muchachos en una de ellas, contra una de las grandes potencias militares del planeta, y no tenían la menor idea de cómo se preparaban a los guerreros para afrontarlas. No tenían la menor idea de que hasta los vikingos, hacía cientos de años, se drogaban con hongos antes de entrar en batalla. Y, por no saber, el coronel Solís ni siquiera sabía que el sargento que estaba a cargo de la compañía a la que pertenecía Edgardo Esteban era homosexual y, durante esos días y esas noches, entre arenga y arenga, se acostaba con todos los subordinados que podía.
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Así las cosas, creo que fue una suerte que no aceptaran a mi padre.
Le pido otro café a la mujer que atiende la barra. No le pido ron ni le pido anfetaminas. Sólo un café con algo de leche. Otro café que me permita recordar a mi padre valiente. Decidido a dar la vida por su patria. Lo prefiero así. No me gustaría recordarlo tan cobarde como yo. O tan cobarde como el resto de la humanidad que tiene que ir a la guerra sin la ayuda del alcohol ni de otras drogas en el cuerpo.
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