
Con personajes que todos se apellidan Fernández, el escritor Federico Jeanmaire compone en Fernández mata a Fernández una novela ocurrente estructurada en diálogos que indagan en la trama social urbana: una señora que alimenta a las palomas, una jueza que de objetiva y justa no tiene nada, un portero despechado, un inescrupuloso empresario de medios y un mediocre periodista de policiales.
Aunque su título resuene en esta flamante época electoral, la novela de Jeanmaire (Baradero, 1957), que edita Tusquets, poco tiene que ver con la coyuntura, aunque sí con una lectura del escenario social y político de una ciudad contemporánea.
Lo que su autor -el mismo de Vida interior, Más liviano que el aire y Tacos altos– despliega es una novela sobre el genio argentino porteño, a partir de la investigación de un periodista jubilado que lo lleva al lugar de los hechos para desentrañar un accidente policial en el que se ve involucrado su ex jefe.

-¿Cómo surgió Fernández mata Fernández?
– La escribí entre 2009 y 2010, después de un viaje a China, donde inmediatamente me di cuenta que los "chinos" no son todos iguales, como dice la gente. Quería escribir una novela con un solo apellido, inspirado en eso, y contar cómo veía el estado de la sociedad. Me acuerdo que iba por la página 100 y, escuchando la radio a la mañana mientras tomaba mate, me doy cuenta que se estaba hablando de Cristina Fernández, Alberto Fernández y Aníbal Fernández, así que cambié el apellido de Martínez por Fernández. Resulta que había más Fernández que Martínez.
–En esta novela, cada Fernández defiende su punto de vista, a veces con desencuentros insalvables, una premonición de la famosa "grieta".
–Lo que se llama el "relato" está mal dicho porque el relato es una construcción muy compleja, que implica un cierto orden y yo creo que hay monólogos que se pelean entre sí. Después del 2001 la política había caído tan abajo en el interés social, con tan poco predicamento, que los relatos pertenecen al siglo XX, cuando la gente creía en la política. Ya en el siglo XXI de la Argentina lo que hay son monólogos que se cruzan con otros.
Lo que quise fue cruzar los monólogos y ahí lo que aparece es la grieta: los monólogos no quieren escuchar al otro, quieren imponerse. Me parecía que políticamente eso decía más sobre la Argentina que si yo explicaba todo esto en forma de narrador. La falta de un narrador tiene que ver con la falta de ese relato híper construido.
–Representar lo coloquial es un elemento muy presente en tu obra…
-Es una constante en lo que escribo. De hecho, yo elijo escritores que han escrito a partir de lo coloquial, que en la Argentina son muchos y define el tipo de escritor que sos. Me gusta Sarmiento, Marechal, Di Benedetto, Walsh, Borges.

–¿A qué te referís con una literatura a partir de lo coloquial?
-Hasta la década del 40 en la Argentina hubo una construcción que sostenía que la literatura era algo elevado por sobre el habla de la gente. Se usaban adjetivos raros, se reemplazaba la palabra vidrio por cristal y se escribía con el tú. La lengua de la literatura estaba en grieta con el habla y hubo escritores fundamentales que pelearon contra eso, como Sarmiento, y nos permitieron escribir como escribimos, de mil maneras pero siempre dentro de la lengua argentina.
–¿Cómo lo llevás a tus textos?
– Tengo libros muy distintos y en todos hay un interés por indagar la lengua, que es buena parte de la identidad argentina, es automática, mecánica, como la cultura. Siempre intento desautomatizar el engranaje de la lengua porque se me ocurre que ahí provocás, en la lectura, algo que tiene que ver con la desrealización.
–En relación a la lectura: en esta novela no hay narrador y los diálogos pasan de un personaje al otro sin aclarar quién habla ¿cómo lo trabajaste?
–Creo que la literatura tiene que ver con decir todo lo que se te ocurre decir buscando una forma que se diga sin decir. La elipsis, lo implícito. Tengo una formación renacentista, soy muy cervantino, y tengo esa relación con la literatura de exigirle al lector que signifique. Mis textos preguntan, no resuelven. Si hay algún tipo de resolución la tiene que poner el lector, me gusta la lectura que provoca y significa.
–¿Cómo trabajaste las intervenciones de los personajes, tan ocurrentes?
– En cualquier novela mía cuando hay diálogos no sé lo que va a contestar el otro. Soy el primer sorprendido, no corrijo las ocurrencias, los dejo hablar. Me molestan los diálogos previsibles, algo muy de las películas argentinas hasta hace un tiempo, y que incluso pasa en novelas muy importantes. Cuando leo el Quijote me da la sensación de que Cervantes se reía mucho con lo que se le ocurría contestar al otro. A partir de esas conversaciones se daba un libro que de otra manera no se hubiera dado. Yo intento eso, que sean lo que quieran ser y que terminen donde quieran terminar.
Fuente: Télam
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