La noche final, novela por entregas/7

Día a día, Infobae Cultura reproducirá esta ficción inédita que se desarrolla en el marco de una misteriosa disminución de oxígeno que avanza desde la Patagonia. La obra, que transcurre dentro de un hospital, es una reflexión sobre los conflictos humanos y cómo las personas enfrentan las grandes tragedias

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(Shutterstock.com)
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—Te llamo del celu de Sofi.

—¿Dónde estás?

—En casa.

—¿Llevaste los tubos?

—Sí, acá los tengo.

—Bueno, cerrá bien la puerta con cinta —está explicando Gonza, pero Lucrecia lo interrumpe.

—¡Decime de una vez qué mierda está pasando!

—Después te explico, ahora lo importante es quedarse ahí y no salir por nada del mundo.

—¿Pero cuál es el problema?

—Va a faltar el oxígeno por un tiempo, así que cerrá lo mejor que puedas el ambiente que van a ocupar, abrile un poquito la válvula a un tubo y tratá de mantener el aire respirable, que no suba ni baje mucho el oxígeno.

—¡Qué sé yo cómo se controla el oxígeno!

—Hacé una cosa, andá soltando y si sienten que les falta el aire o se agitan y se marean, abrís otro poco, y así vas regulando

—¿Y si abro de más?

—Andá abriendo de a poco, igual no pasa nada si respiran oxígeno de más por unos minutos. ¿Los chicos, cómo están?

—Mal, pelean, no les puedo hacer entender que se queden quietos.

—¿Tienen algo para jugar?

—¡¿Algo para jugar?!, me hiciste cerrar a las corridas y ahora preguntás si traje algo para jugar. Estamos en la cocina, ¿con qué van a jugar?, hasta el televisor quedó del otro lado.

—Bueno, por las dudas no salgas de nuevo, igual van a estar bien, lo importante es quedarse ahí que tienen tienen agua y baño.

—Me hubieras dicho y buscaba más cosas, hay que pensar antes.

—Bueno, ya está, al menos tienen oxígeno.

—Así que vení rápido a buscarnos, ¿no pensarás dejarnos todo el día acá?

—Ya voy a ver cómo hago, no te preocupes.

—Bueno, pero apurate —dice Lucrecia y corta.

Gonza levanta la vista hacia Victoria.

—Los chicos están bien —le dice.

—Menos mal, a mí no me contesta nadie.

—A mí tampoco, llamo y llamo desde que llegué y en ningún lado atienden, y cada vez tengo menos señal —dice la mujer.

Gonza les recomienda que prueben llamar a otras ciudades o buscar en internet para averiguar, él mientras tanto va a buscar comida y luces de emergencia por si se corta la luz.

—¿Y el generador? —pregunta Victoria.

—Es a gas oil, no creo que dure mucho si se corta la corriente.

—Por las dudas sacá luces de los pasillos y traelas —dice Victoria—. Y traete unos packs de Nutrilón isocalórica.

Entonces Gonza comenta que primero debería ir al depósito a buscar eso y algún tubo portátil, y recién después a los pisos de arriba para ir cerrando las válvulas de oxígeno.

Aunque le parece que no podrá hacer ni la mitad de lo que se propone. Antes de salir se percata de que no aislaron la sala, entonces le pregunta a Victoria si tiene cinta. Ella busca en el cajón del mostrador y saca dos rollos.

Gonza le pide que la acompañe al baño. Sellan la ventana y vuelven a la sala. Gonza acomoda el medidor de gases sobre una mesita, lo enchufa y les pide que no dejen de mirarlo cada tanto, que mantengan el porcentaje de oxígeno cerca de veinte o veintiuno.

Victoria dice que seguirán aislando ellas mientras él sale. Gonza le habla en voz baja:

—Ya vengo Vicky, no salgas por nada del mundo, lo único que te pido; si me siento mal vuelvo enseguida, no te preocupes, confiá en mí y no le hagas caso a esta mina, vigilala nomás, que no se mande ninguna cagada —pide y la abraza.

Ella dice que tiene miedo.

—Tenemos que resistir, por lo que parece, a los pisos altos no llega, en el edificio de mi señora la gente está bien y en todos los hospitales debe haber un montón de personas como nosotros. Hacé una cosa, sellás las ventanas y después buscá en internet o probá comunicarte con alguien de otro lado para ver si saben qué tenemos que hacer, yo voy y vengo en un toque.

La mujer observa desde el office. Gonza presiente recriminaciones. Pero no, la mujer no reclama ni le dice nada. Tampoco lo cubre de advertencias ni lo acorrala con amenazas y preguntas.

No.

Nada de eso sucede.

A pesar de demorarse unos segundos para salir, ninguna intenta detenerlo ni hablan cuando lo ven salir y la puerta se va cerrando. Tal vez empiecen cuando Gonza se aleje por el pasillo. Quizás a partir de ese momento la mujer lo critique y hable de lo insoportable o despreocupado que es. O trate de convencer a Victoria para irse de la sala también.

Puede ser. Pero Gonza no podrá enterarse, ya se aleja por el pasillo.


Camina hacia la derecha con la mascarilla puesta y el tubo en la mano. Unos metros más adelante, toma el pasillo del sector maternidad. Recorre el servicio y apaga la luz para seguir. Sala de recién nacidos, vacía. Parto y preparto, nadie tampoco. Deja el sector y toma otro pasillo.

Debería conseguir una camilla para cargar cosas. Va mirando las salas, hasta que la encuentra y prosigue tirando de la camilla.

En uno de los últimos consultorios encuentra un tubo portátil como el que está usando. Lo levanta, chequea el manómetro y lo acomoda en la camilla con el otro. Revisa el resto del sector. En ninguna sala hay válvulas abiertas. No quiere perder más tiempo recorriendo, irá directamente al depósito a buscar lo que necesita.

Allá carga dos tubos grandes. Encuentra un anaquel abierto al lado del tanque principal. Guantes, cascos amarillos, trapos, una linterna, herramientas y otro medidor de gases. Uno más nuevo, portátil. Supone que es el que usan mientras manipulan los tubos en el depósito o hacen reparaciones en las cañerías. Lo enciende, la batería está cargada, funciona: 11.2 % lee y otra vez el estómago cae hacia el suelo a la vez que insulta en voz baja.

Agrega el medidor a la camilla y continúa hasta el sector farmacia, carga dos bolsones de pañales pequeños, varios packs de leche para prematuros y sale de nuevo al patio.

Mira el visor del aparato: 10.8 De nuevo la sensación del estómago y el insultó inmediato.

Antes de ingresar al otro lado da un vistazo hacia el portón de las ambulancias. Ninguna persona se mueve. Le parece oír gritos, un eco apagado. Chicos. Chicos encerrados. O lejos. O sin fuerzas. Se concentra en los gritos. No logra captar de dónde provienen. Unos segundos en el lugar, prestando atención. Los gritos parecen acallarse. Demasiado silencio, absoluta calma en el patio. Gonza espera, pero no, nada, ni un sonido, ni un movimiento interrumpe el ardor y la quietud de la tarde.

Una angustia espontánea lo invade. Se siente vacío, sin energía, como paralizado. Quisiera morir en ese instante, cerrar los ojos y que todo termine. No pensar un segundo más ni sentir nada, que se acabe todo ya mismo.

Se le ocurre sentarse en un rincón fresco a esperar. Un rato aunque sea, por las dudas de que vuelva a escuchar los gritos de los chicos. Tal vez estén aproximándose. Los imagina en grupo, caminando despacio, de la mano, una hilera de niños tambaleándose por un túnel oscuro. La imagen se va debilitando. Quedan dos chicos. Sus hijos, lo llaman, insisten desde el encierro.

Gonza intenta pensar en otra cosa para no afligirse más, pero no lo consigue, la angustia y las imágenes no desaparecen; entonces decide volver a Neonatología lo más pronto posible.

Antes de ingresar permanece en el umbral unos segundos. Pero no, nada, de los chicos, ni siquiera un sonido, sólo el silbido del oxígeno colmando la mascarilla. Entonces cierra y regresa al pasillo.

Primera habitación, mira desde la puerta. Una nena con la madre, abrazadas. Sigue. A los pocos metros, otra vez sus hijos. Y Lucrecia. Y sus padres. Y el Pelado.

Tiene que llamarlos, apenas llegue llama a todos. Lo primero que hará cuando entre. Cómo no lo intentó todavía, se pregunta y se dice que es un tarado. Dobla, se acerca a Neo por el otro lado, la salita, la doctora en el piso, el viejo de la silla. Queda poco, últimos metros, un pequeño mareo, la camilla pesa cada vez más, se esfuerza, le cuesta avanzar, pero entra, se quita la mascarilla y pregunta si pudieron sellar las ventanas.

—Sí, alcanzó con la cinta que teníamos, ya cerramos casi todo, falta la puerta grande nada más.

Gonza pregunta cuánto marca el oxímetro. Victoria se acerca y dice que dieciocho dos. Gonza le pide que abra un poco más alguna de oxígeno para que no baje tanto. Victoria le hace un gesto interrogatorio con la mano, entonces él le aclara la duda, le pide que abra la válvula de la diez que está en el medio de la sala. Victoria mira la incubadora. Está Marcos en la misma posición, como si durmiera. Caminan juntos hacia allá y se detienen frente a la cuna.

—Habría que llevarlo —dice Gonza.

Victoria le quita la bigotera, le suelta el sensor del saturómetro y retira la vía. Lo envuelve prolijamente con la sábana, lo levanta despacio y se lo entrega a Gonza, que gira lentamente y se dirige callado hacia la puerta. Lo lleva con el brazo derecho, intenta ponerse la mascarilla con la mano libre. Victoria le ayuda pasándole el elástico por la nuca y Gonza sale hacia atrás, empujando la puerta con la espalda. El tubo en la izquierda, el bebé contra el pecho. Dos minutos después, regresa, deja el tubo al lado de la puerta y transita despacio mirando el piso. Va hasta el office para ubicarse en una de las sillas, con la vista hacia abajo y las manos sobre las rodillas. Permanece inmóvil, en silencio, contando los cerámicos, repitiendo una y otra vez el mismo cálculo. Como cuando era chico y contaba los cerámicos del baño. Cada día la misma cuenta. Como si no recordara el resultado del día anterior o pudiera faltar o sobrar alguno.

Victoria se aproxima y le cuenta que mientras él no estaba habló con las chicas del último, estaban con Saer, el neumonólogo, pero ahora están preocupadas porque el médico había bajado a terapia intermedia y no había vuelto a subir. Gonza deja de contar los cerámicos mientras la escucha e interrumpe a Victoria para preguntarle si habrá algo fresco para tomar.

Victoria contesta con un gesto afirmativo a la vez que señala la heladera. Gonza se sirve un vaso de agua, lo bebe y se vuelve a servir.

—Hay que hidratarse, un calor tremendo afuera —comenta después del segundo vaso. Llena otro, se lo acerca a Victoria y le lleva uno la mujer, que también bebe, pero deja la mitad, dice que no le pasa nada por la garganta, no puede ni tragar, en cualquier momento vomita de lo mal que se siente. Gonza le pide que tome asiento y respire tranquila, le explica que es normal, a él también le pasa, el organismo demora en adaptarse, debe estar generando más glóbulos rojos, por eso uno se nota débil. Gonza se dirige a la sala de la derecha y se ubica en el piso, con la espalda apoyada en el panel y las piernas estiradas.

—Me voy a quedar un rato acá que está fresco, me cansé esta vez —dice y saca el teléfono.

Prueba un par de veces al número de sus padres. No lo atienden, entonces toca el del Pelado, va contando los sonidos mientras espera, dos, tres:

—¡Pelado! —exclama antes del cuarto—. ¿Dónde estás? Ah, menos mal que se avivaron, yo también, acá en el hospital, en Neo. Sí, parece que por ahí viene la mano, a doce ya bajó acá. ¿Cuántos son ustedes? Ah, una banda. No, nosotros tampoco, nada todavía, ni idea qué mierda hacer. Tres y los bebés, pero hay más gente, recién recorrí. No, salí con un tubo chico. En el depto, con Lucre, tienen dos tubos grandes así que están bien, ¿y la flaca? Ah, cierto que me habías dicho que viajó, ¿y no la llamaste? Capaz que las líneas andan mal por allá. Sí, andá a saber. No, Lucre buscó dos tubos de diez mil en otro piso, así que administrándolos bien le va a alcanzar. Supongo que este quilombo no va a durar mucho, si es lo que pienso pronto debería mejorar. Acá sellamos todo con cinta y vamos manteniendo con las válvulas del panel. Menos mal, menos mal que ustedes también se avivaron. Che, escuchame, ¿se les cortó la luz a ustedes ahí? No, acá tampoco, pero capaz que se corte, por eso te preguntaba. Bueno, bueno, calmate que no ganamos nada si nos desesperamos. No, no seas boludo, no van a salir que les puede hacer mal. No importa, Pelado, no importa, por las dudas no salgan si ahí están bien, haceme caso alguna vez. Hagamos una cosa, mantengámonos en contacto, cualquier novedad nos comunicamos enseguida, yo apenas sepa algo más, te llamo. Okey Pelado, un abrazo, nos hablamos. Sí, sí, apenas sepa algo más, te aviso, no te preocupes, pero quédense ahí por las dudas.

Corta y cierra los ojos. Se siente mal por su amigo, lo notó demasiado agitado al hablar; quizá no debería haberle insistido para que se quedara en el quirófano. Visualiza la Clínica San Lucas, la ubicación de los diferentes servicios, el pasillo hacia quirófanos. Podría llamarlo de nuevo y sugerirle que busque un tubo en el cuarto de pediatría, para poder ir hasta la neonatología de allá, pero si no hallara ninguno quizá no alcance a regresar y sería peor. O llega a Neo y está repleto de gente.

Victoria conversa por teléfono en el mostrador, Gonza mira a la mujer que le acaba de preguntar dónde están esas personas.

—En el San Lucas, se avivaron y se metieron en un quirófano –dice Gonza.

—¿Cuántos son? —pregunta Victoria apenas corta.

—Quince —dice Gonza.

—¡Quince en ese quirófano! —exclama Victoria.

—Y bueno, pero están bien, peor si no hubiera ninguno —responde Gonza cortante y anuncia que tomará otro vaso de agua antes de recorrer de nuevo. Se pone de pie y pregunta si averiguaron algo cuando él no estuvo.

—Nada, en la radio música nada más y no puedo abrir el google ni nada en mi celular. Recién llamé otra vez a Caro, dice que les saltó una válvula y se les rompió un vidrio, estaban tratando de arreglarlo con una radiografía, pero la noté super agitada, así que no sé, me parece que se va a poner cada vez peor esto… —dice Victoria con temblor en la voz.

—Bueno bueno, si puedo les voy a dar una mano —suelta velozmente él y mira a la mujer para preguntarle si sabe manejar la notebook. Ella contesta que sí. Entonces le sugiere que busque en Internet y trate de averiguar cómo tienen que hacer. Él debería salir otra vez a cerrar válvulas; si cierra todas, el tubo principal va a durar muchísimo más.


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